martes, 17 de febrero de 2026

DE REVELATIONE, VOLUMEN II. De GARRIGOU-LAGRANGE

 SECTIO V - LIBRI I 

De valore motivoruiu credibilitatis 

C. XVII. De valore motivorum nobis intemorum. 

Art. únicus. 

C. XVIII. De valore motivorum extemorum, religioni intrinsecorum. 

Art. unicus. 

C. XIX. De valore miraculi. 

Art.-1, de notione miraculi. 

Art. 2. de posibilítate miraculi, 

Art. 3. de discernibilitate miraculi!. 

Art. 4. de vi pobativa miraculi. 

C. XX. De valore prophetiae. 

Art.. 1. de notione prophetiae. 

Art. a. de posibilítate prophetiae. 

Art. 3. de discemibilitate prophetiae. 

Art. 4. de vi probativa prophetiae



C A P U T XVII. DE VALORE MOTIVORUM NOBIS INTERNORÜM

Articulus UNICUS. 

I. Motivis intcrnis non roete utuntur íautores methodi tmmanetrtiae. 

II. Motiva interna indi vid na lia per se et ordinario aflemnt probabi lítateos, non vero ccrtitndinem de credibilitntc mystenornm íidei. 

III. Motiva interna uní versaba simul snmpta praebere possuut quamdam certitiKlincm moralem tic facto revclnlionis; et con inneto cunt correladvis motivis externis, rcligioui intrinsecis, constituunt argnmentum irrcfragabile.


§ I. Motivis internis non recte utuntur fautores methodi i namanentiae. — Hi novi apologetae, ut dicitur in Encyclica Pascendi (Denz. 2103), nimiam atfinitatom habent cum seminaturalismo protestantium liberalium et modemistarum, qui ad ipsum naturalismum tendunt.


§ 1. Los defensores del método inmanente no utilizan correctamente los motivos internos. Estos nuevos apologistas, como se afirma en la encíclica Pascendi (Denz. 2103), tienen demasiada afinidad con el seminaturalismo de los protestantes liberales y modernos, que tienden hacia el naturalismo mismo.


d. Algunos racionalistas utilizan motivos internos para demostrar que la ética cristiana se corresponde con nuestras aspiraciones; sin embargo, no admiten el origen sobrenatural del cristianismo; de hecho, al igual que Kant y Hegel, rechazan todas las doctrinas sobrenaturales o las interpretan como símbolos de verdades naturales.


B. Tanto los protestantes liberales como los modernistas recurren, casi por igual, a motivos internos derivados de nuestras aspiraciones religiosas; demuestran que la plenitud de estas aspiraciones solo se encuentra en el cristianismo. Pero esto no prueba que el cristianismo fuera revelado por Dios y, por lo tanto, infaliblemente verdadero e inmutable en todas sus doctrinas y preceptos; más bien, los modernistas consideran que el cristianismo es solo una forma superior de evolución religiosa y, por consiguiente, esencialmente mutable. Así pues, como afirman, el catolicismo, como religión fundada en la autoridad, debe ceder ante el cristianismo liberal o la religión del espíritu, en la que los dogmas son meros símbolos expresivos de la evolución del sentido religioso (et. Erevel. Fascendi, Pius X. Denz. 21-2).


Los modernistas, en efecto, también utilizan el método histórico, pero solo para establecer en la historia de la vida milagrosa de la Iglesia algo desconocido y oculto, como si se tratara de un misterio natural de la evolución, pues este misterio se encuentra en la aparición de la vida vegetativa, sensitiva e intelectual, y con mayor razón en la evolución del sentido religioso; no, en efecto, para probar el origen sobrenatural del catolicismo. Une sel. Pascenuli Fenz. 2ro1;.

C. LOS DEFENSORES DEL MÉTODO DE LA INMANENCIA ENTRE LOS CATÓLICOS, como Blondel y Laberthon-nière, sostienen efectivamente por fe que el catolicismo es una religión velada sobrenaturalmente por Dios, pero en apologética utilizan especialmente el método de la inmanencia y defienden su primacía.


Pues argumentan principalmente desde el deseo o la necesidad de religión, y pretenden demostrar que este deseo solo puede satisfacerse en el cristianismo, concretamente solo en el catolicismo; de lo cual se deduce la necesidad práctica de abrazar el catolicismo para vivir rectamente. Así argumenta Blondel: El hombre quiere vivir plenamente. Pero el hombre encuentra en la religión católica, y de hecho solo en ella, el pleno desarrollo de su vida. Por lo tanto, el hombre necesita la religión católica; que, por consiguiente, es verdadera y, en efecto, la única verdadera. Estos nuevos apologistas pretenden conducir a los hombres a la verdadera religión analizando los postulados naturales de la acción humana e intentan demostrar que hay algo en la naturaleza misma de esta acción que requiere lo sobrenatural*.


No rechazan por completo el valor de los milagros, pero, debido a sus prejuicios agnósticos, no les atribuyen valor ontológico, sino solo simbólico. Un milagro, según afirman, no es una derogación de las leyes de la naturaleza tal como existen en sí mismas, sino tal como las concebimos (pues las leyes de la naturaleza no son fijas en sí mismas, como en nuestra concepción estática).


Por lo tanto, un milagro no puede conocerse con certeza como un hecho producido por la intervención especial de Dios, como una señal certera del origen divino de nuestra religión, sino que es un símbolo extraordinariamente sensible que obliga al incrédulo a considerar la religión católica misma y, especialmente, su conformidad con las aspiraciones y exigencias de nuestra naturaleza.


De este modo se conserva la primacía del método inmanente. Pues, según ellos, este método goza no solo de la prioridad temporal, en cuanto que dispone al sujeto aún no creyente al examen de la religión, sino también de la prioridad valiosa, en cuanto que, sin él, otros motivos, como los milagros, carecen de fuerza probatoria.


CRÍTICA: Contra este método, hemos explicado anteriormente (Prolegómenos: sobre el método) lo que suelen enseñar los teólogos contemporáneos; ahora, en particular, hay que decir tres cosas:


1° Este nuevo método de inmanencia disminuye seriamente o anula la fuerza probatoria de los milagros, debido a prejuicios agnósticos. Pues procede del agnosticismo, al menos parcialmente respecto a la razón especulativa, y no está filosóficamente claro cómo puede llegar a una verdadera certeza sobre la realidad extramental.


2° Exagera nuestro deseo natural de vida sobrenatural, y ahí radica el peligro del bainianismo y el inmanentismo. Por eso, la encíclica Pascendi dice (Denz. 2103): «No es deseable entre los católicos que, aun rechazando la doctrina de la inmanencia como doctrina, la utilicen como apologética; y lo hagan con tanta ligereza que parecen admitir no solo la capacidad y la conveniencia de la concordia sobrenatural en la naturaleza humana, que, en efecto, los apologistas católicos siempre han demostrado aplicando las debidas moderaciones, sino también la genuina y verdadera exigencia del nombre».


3. Este método no prueba la credibilidad ni el origen divino del cristianismo y, por lo tanto, se acerca al fideísmo. En cierto modo, demuestra que el cristianismo es una religión bella y atractiva, digna de experiencia religiosa e incluso moralmente necesaria hoy para vivir rectamente; pero esto no prueba que la religión católica deba ser abrazada firme e irrevocablemente por la fe divina en todos sus dogmas y preceptos, ni que jamás habrá una religión más perfecta que el cristianismo. Esta prueba resulta ineficaz por dos razones: debido a los prejuicios agnósticos y porque se basa casi exclusivamente en motivos internos.


Tampoco se observa suficientemente la noción católica de credibilidad, pues la fe divina, en esta apologética, se identifica más o menos con la experiencia religiosa, presente en todas las religiones. Sin embargo, Blondel propone argumentos ad hominem válidos a lo largo de todo el texto, que pueden, por supuesto, predisponer al agnóstico al examen de la verdadera religión y sus características. En consecuencia, este método, en relación con los agnósticos, puede considerarse anterior en el tiempo, pero de ello no se deduce que sea simplemente anterior en prioridad de valor para probar la credibilidad.


§ II. Los motivos internos individuales aportan probabilidad, pero no certeza, sobre la credibilidad. Estos motivos internos se derivan de la maravillosa realización de las más altas aspiraciones que uno experimenta al leer el Evangelio o al escuchar la predicación de la fe. Así, los discípulos que iban a Emaús dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras él hablaba en el camino?» (Lucas 24:32).


Estos motivos aportan probabilidad, pero por sí solos y por lo general no confieren certeza. Pues la credibilidad de los misterios de la fe se manifiesta en la medida en que estos misterios parecen a nuestra razón haber sido revelados por Dios. Pero los motivos internos individuales pueden manifestar, probablemente, aunque no con certeza, al menos por lo general, que alguna religión ha sido revelada por Dios. Por lo tanto.


La premisa mayor se obtiene de la tesis anterior sobre la noción y la necesidad de credibilidad. La premisa menor se demuestra por partes:


a) Este motivo da lugar a la probabilidad. — Para un hombre que aún no cree, al leer el Evangelio o escuchar la predicación de la fe, a veces experimenta una paz interior tan profunda que le parece provenir de Dios mismo bajo la influencia de la gracia actual. Lee, por ejemplo, en el Evangelio: «La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy» (Juan 14:7), y se regocija en esta paz interior, que nadie puede dar, que sobrepasa las capacidades de nuestra naturaleza. Así se manifiesta, en cierto modo, que la doctrina del Evangelio ha sido revelada por Dios, no precisamente porque se ajuste a nuestras aspiraciones naturales (si tan solo fuera excelentemente natural), sino porque se ajusta tan profundamente a aspiraciones superiores, y al mismo tiempo se ofrece con tanta facilidad, que parece provenir solo de Dios, pues solo Él puede conocer y conmover tan profundamente el corazón humano. pues solo él puede unir íntimamente estos extremos: la máxima inconformidad de la naturaleza y la máxima gratuidad.


Muchos de los que escucharon el sermón de Jesús en la montaña pudieron experimentar esto antes de que se realizaran los milagros; por eso se dice en Mateo 7:28: «Cuando Jesús hubo terminado de decir estas cosas, la multitud quedó maravillada de su enseñanza». De ahí que Santo Tomás diga, en Quodl. II:6: «Si Cristo no hubiera realizado milagros visibles, aún habrían quedado otras maneras de atraer a la gente a la fe, a las que se habrían visto obligados a someterse. Pues tenían miedo de creer al autor de la ley y de los profetas. También se habían visto obligados a no resistir la llamada interior».


Este conocimiento, puesto a prueba en los justos creyentes, confirma la fe y procede de los dones del Espíritu Santo, que presuponen amor y caridad; así se verifica la palabra del Salmo 33:9: «Gustad y ved que el Señor es vuestro», y la de san Pablo, Romanos 16:8: «Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios».


En aquellos que, bajo la influencia de la gracia actual, se acercan a la fe, algo similar, aunque menos seguro, lo posee el instinto interior de Dios que invita.


Estos motivos internos revelan, en cierto modo, la credibilidad de los misterios de la fe y, con frecuencia, ayudan enormemente a la hora de considerar los motivos externos con los que coinciden.


b) Por sí solos, la euforia y la normalidad no son suficientes para probar la credibilidad, porque solo se sabe conjeturalmente a través de la experiencia interna que este efecto interno de paz y alegría es sobrenatural y no natural; pues cierta paz interior y la realización de las aspiraciones naturales ya se encontrarían en el cristianismo, si este fuera solo una excelente forma de desarrollo religioso, o una religión meramente natural, y cierta paz se encuentra en una religión no divina, como en el protestantismo y el budismo.


Por lo tanto, en las anotaciones del Esquema Prosinodal del Concilio Vaticano, leemos, en contra de los protestantes liberales, que utilizan casi exclusivamente motivos internos: que el sentido según la providencia ordinaria no está sujeto a experiencias bajo razones normales, en cuanto que es sobrenatural, y si se separa de criterios extrínsecos, es susceptible a las más graves ilusiones. De ahí que veamos también a personas que recurren a la experiencia y al sentido interno, que atribuyen al Espíritu Santo, para justificar falsas religiones y errores manifiestos. Con esta confianza en el sentido interno y el rechazo de los motivos de credibilidad, se extiende también un error muy extendido entre muchos en nuestra época, por el cual se atreven a afirmar que a veces es permisible apartarse de la religión católica para adoptar otra, si se constata que la experiencia interna y el sentido religioso no satisfacen.


Asimismo, Santo Tomás I.a II.se 112, 5, muestra que, sin revelación especial, nadie puede juzgar con igual certeza si posee la gracia, según 1 Corintios 4: «Pero yo no me juzgo a mí mismo; quien me juzga es el Señor». Sin embargo, añade el Santo Doctor, conjeturalmente, mediante algunas señales, alguien puede saber que posee la gracia en la medida en que percibe que se deleita en Dios y desprecia las cosas mundanas, y en la medida en que no es consciente de ningún pecado mortal en sí mismo.


Por lo tanto, esta satisfacción individual de las aspiraciones de nuestro corazón no es en sí misma un motivo suficiente para la credibilidad, pues se requieren tres cosas para que un hecho sea un motivo suficiente para la credibilidad: 1. que sea cierto en sí mismo, 2. que provenga ciertamente de la intervención especial de Dios, y 3. que su significado sea lo suficientemente certero como para confirmar la revelación.


De manera fortuita y extraordinaria, los motivos internos individuales bastan sin necesidad de otros. Entonces, la gracia extraordinaria provee motivos externos, como en el caso del profeta cuando recibe revelación directa de Dios bajo la luz profética, igualmente en las revelaciones privadas, o en ciertas conversiones milagrosas, como la de San Pablo.


Por eso, Santo Tomás dice, Quodl. II, a. 6, adr: "Entre las obras que Cristo realizó en los hombres, también debe contarse la vocación interior por la cual atrajo a algunos; como dice Gregorio en cierta homilía, que Cristo por misericordia atrajo a Magdalena interiormente, quien también por clemencia la recibió exteriormente."


Asimismo, leemos en Mateo 9:9: «Cuando Jesús pasó por allí, vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Mateo se levantó y lo siguió». Y en Hechos 16:14, el Señor abrió el corazón de Lidia para que prestara atención a las palabras de Pablo.


Estas motivaciones internas individuales solo son válidas para los individuos que las experimentan internamente.


§ III. Los motivos internos universales, considerados en su conjunto, pueden brindar cierta certeza moral sobre la credibilidad. — De hecho, junto con los motivos externos correlativos, intrínsecos a la religión, constituyen un argumento irrefutable.


Estos motivos internos universales se derivan de la maravillosa realización de todas las aspiraciones morales y religiosas de la humanidad. Se denominan universales en la medida en que estas aspiraciones se encuentran, al menos de forma confusa, en todos los hombres, y en la medida en que esta maravillosa realización es coherente no solo con la experiencia individual, sino también con la experiencia común de la sociedad renovada por el cristianismo. Además, no se trata de una realización cualquiera, sino de una excepcional y maravillosa.


A estos motivos internos universales corresponden objetivamente motivos externos extraídos de la sublimidad de la doctrina y de la maravillosa vida de la religión.


A. Estos motivos internos y universales, tomados en conjunto, proporcionaban certeza moral en sí mismos con respecto al hecho de la revelación.


Pues si en algunas religiones todas las aspiraciones legítimas de nuestra naturaleza, incluso las más elevadas, se ven maravillosamente satisfechas, e incluso superadas, esto es señal del origen divino de dicha religión; ya que los hombres no podrían haber alcanzado tal conformidad y paz interior solo por fuerzas naturales, como resulta especialmente evidente de lo dicho anteriormente sobre la necesidad de la revelación moral de las más elevadas verdades naturales de la religión. Porque, como se mencionó antes, los hombres no pueden, moralmente, llegar fácilmente a un conocimiento firme y sin error de todas las verdades naturales de la religión. Por lo tanto, si en alguna religión todas las cuestiones esenciales sobre Dios y el alma se resuelven armoniosamente, y todas las aspiraciones de nuestra naturaleza se ven maravillosamente satisfechas y superadas, es moralmente seguro que esta religión proviene de Dios; especialmente si en otras religiones y sistemas filosóficos alguna aspiración legítima siempre se ve frustrada, o al menos si no todas se satisfacen.


Así pues, existe cierta certeza moral sobre la credibilidad, que excluye, para los sabios, toda duda prudente. Digo: para los sabios; pues no todos pueden juzgar con claridad el valor de este motivo. (Respecto a la noción de certeza moral, véase más adelante, cap. XIX, a. 3, sobre la discernibilidad de los milagros).


Además, para que este argumento proporcione esta certeza moral sobre el hecho de la revelación, se requieren tres cosas:


1. Frente a los agnósticos, es necesario presuponer el valor ontológico de los primeros principios de la razón, especialmente los principios de causalidad y finalidad, de hecho, la certeza natural sobre la existencia de Dios, certeza que pertenece al sentido común y es defendida por la razón filosófica.


2 Es necesario argumentar no solo a partir de la conformidad de la religión propuesta con nuestras aspiraciones y necesidades, sino a partir de una conformidad tan grande y maravillosa, que parece provenir únicamente de Dios, puesto que esta maravillosa conformidad y plenitud excede la fuerza humana y los requisitos naturales, y constituye una especie de milagro moral, como se dijo anteriormente. Por lo tanto, «maravillosa» no se usa aquí de forma retórica, sino teológica, porque contiene un medio probatorio.


3. Finalmente, es preciso argumentar, considerando todas las aspiraciones en su conjunto, tanto desde una perspectiva negativa como positiva, que solo Dios puede conocer y satisfacer las profundidades del corazón humano.


Estas aspiraciones son en nosotros la semilla de las virtudes naturales, tanto para el fin último como para los medios. En cuanto al fin, aspiramos a conocer a Dios, a esperar en él, a amarlo sobre todas las cosas y a rendirle culto interno y externo. Asimismo, en cuanto a los medios, nos inclinamos a la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Pero debemos insistir especialmente en el deseo de la felicidad eterna y en el deseo condicional e ineficaz de ver a Dios en su esencia, del que hablamos anteriormente al tratar la facultad de obediencia (vol. I, cap. XII, § IV).


Por lo tanto, si todas estas aspiraciones, sin ningún daño, se satisfacen milagrosamente, e incluso se superan en alguna religión, como se dirá más adelante al examinar las virtudes cristianas y las bienaventuranzas evangélicas, esto es señal del origen divino de esa religión.









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