lunes, 1 de junio de 2026

¿Por qué es imposible que David, Salomón, Josué y Moisés no hayan existido?

 

 Hasta el siglo XVIII, los libros que conforman el Antiguo Testamento eran los más antiguos que se conocían en Occidente. El Pentateuco (los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se atribuían tradicionalmente a Moisés, el caudillo que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto; y solía considerarse que vivió en el siglo XVI a.C., más o menos.

 Se desconocía quiénes eran los autores de los libros de Josué y Jueces, pero de todos modos narraban eventos que iban del siglo XVI a.C. al siglo XI a.C., y narraban la conquista de Canaán por los israelitas bajo la conducción de Josué, como también el periodo de los Jueces que vivió Israel antes de la instauración de la monarquía.

Los libros de Samuel I y II, y Reyes I y II nos transmiten la historia de la monarquía judía, que va desde Saul en el siglo XI a.C., pasando por David y Salomón, hasta la división de la monarquía entre Judá e Israel y la caída de ambos reinos ante los asirios y los babilónicos en el siglo VI a.C.

Fuera de estos libros, la literatura más antigua que se conocía eran la Ilíada y la Odisea, atribuidos tradicionalmente a Homero, que vivió más o menos en el siglo IX a.C. Junto a él, estaban las obras de Hesíodo, que vivió entre el siglo VIII a.C. y el siglo VII a.C.

Pero para encontrar otra obra histórica recién deberemos remontarnos al siglo V a.C., cuando Heródoto escribió su "Historias".

En definitiva, fuera de la Biblia, en el siglo XVIII europeo solo se conocían de la Antiguedad las obras de los escritores grecolatinos, que eran de siglos posteriores a los libros más antiguos del Antiguo Testamento.


Esto creaba un enorme velo de incertidumbre en algunos escépticos, que no tenían forma de verificar las historias narradas en el Antiguo Testamento porque no tenían otras fuentes disponibles, excepto aquellas griegas y latinas que confirmaban algunos que otros eventos en los que coincidían con la Sagrada Escritura. Pero, en definitiva, no había más. No había ni fuentes persas, babilónicas, asirias, egipcias, filisteas, arameas, hititas, fenicias ni absolutamente nada.

En realidad sí conocían algunas fuentes, como las egipcias, inscritas en piedra para la posteridad, y que se conocían por algunos viajeros. Pero existía un problema: no habían descifrado la antigua lengua de los egipcios. Era un enigma sin resolver, por lo cual era como no tener nada.


Sin embargo, el siglo XIX representó una gran revolución. Se empezaron a realizar a Oriente una multitud de expediciones con interés científico y arqueológico, que dieron grandes descubrimientos para conocer mucho de lo que faltaba sobre la Historia Antigua.


En 1822 y 1823 Jean François Champollion y Thomas Young lograron descifrar los jeroglíficos egipcios, con lo que se abrió todo un enorme campo de investigación para la egiptología.

En 1838 Henry Rawlinson descifró la escritura cuneiforme.

En 1845-1851 fueron excavada las ciudad asiria de Nimrud y Nínive, en las que se encontraron el palacio de Senaquirib de y la biblioteca de Asurbanipal. Se encontraron, de repente, 20.000 tablillas de arcilla con escritura cuneiforme en los idiomas acadio y sumerio.

Esto continuó en el siglo XX, con otras excavaciones y descubrimientos, tanto de asirios como sumerios, hititas, egipcios y demás pueblos.


Se encontraron restos de varias civilizaciones, y nombres de muchísimos gobernantes y nobles. Incluso se encontraron nombres de personas mencionadas en la Biblia. Por ejemplo, Ahab, rey de Israel, es mencionado en el monolito de Kush de Salmanasar III, descubierto en 1861; Ahaz, rey de Judá, es mencionado en la Tableta Nimrud K.3751 descubierta en 1873; Omri, rey de Israel, aparece en la estela de Mesha descubierta en 1868-1870; Pekah, rey de Israel, es mencionado en los anales de Tiglat-Pileser III descubiertos en 18; Hazael, rey de Aram-Damasco, aparece en una placa de bronce descubierta en 1984, y en una inscripción en marfil de Arslan Tash descubierto en 1928.

Si vamos a descubrimientos más modernos


Sin embargo, no se han encontrado restos que hablen de David, Salomón, Josué o Moisés. Esto lleva a muchos a dudar de la existencia histórica de tales personajes.


Pero considero que esta es una posición apresurada, y explicaré el por qué.

Nosotros conocemos una Lista de reyes sumerios, que conservamos en fuentes como el prisma de Weld-Blundell, fechado en el 1800 a.C. Pero esta lista nos menciona a reyes que vivieron varios siglos antes:

Enmebaragesi (c. 2750 a.C.)

Aga de Kish (c. 2700 a.C.)

Gilgamesh (c. 2900 - 2700 a.C.)

Mesannepada (c. 2550 - 2525 a.C.)

Meskiagnun (c. 2485 - 2450 a.C.)

Enshakushanna (c. 2350 a.C.)

Lugal-kinishe-dudu (c. 2400 a.C.)

Lugal-Anne-Mundu (c. 2500 a.C.)

Lugal-zage-si (c. 2358 - 2334 a. C.)

Ur-ningin (c.  2091 - 2061 a.C.)

Ur-Namma (Ur-Nammu) (c. 2047–2030 a. C)

Shulgi (2029–1982 a. C.)


Todos estos gobernantes fueron confirmados como históricamente existentes a través de otras fuentes. Sin embargo, la brecha entre la Lista de reyes sumerios (c. 1800 a.C., como dijimos) y estos gobernantes llega a ser de 100, 300, 600 y hasta 1000 años.


Volviendo con los personajes bíblicos en cuestión, David y Salomón aparecen como reyes en I y II Samuel, y en I Reyes; además de que éste último junto con II Reyes nos dan los reinados de los reyes de Judá e Israel.
 Los libros de Samuel se suelen datar en el 630-540 a.C. Es decir, unos 400-500 años después del reinado de David.
 Los libros de Reyes se suelen datar en el c. 550-500 a.C.

Ahora bien, tal como la existencia de reyes y hechos señalados en la Lista de reyes sumerios han sido confirmados, del mismo modo ocurre con personajes y hechos narrados en los libros de Reyes.
 
De los más antiguos de estos, están la campaña de Shoshenq I en Canaán, c. 930 a.C.; y Hazael como rey de Aram-Damasco, c. 840-800 a.C.
La brecha entre estos eventos y el libro de los Reyes es de 380-430 para el primero y 250-300 para el segundo.

Incluso varios de los reyes señalados en el libro de Reyes han sido confirmados por otras fuentes, como ya hemos mencionado más al inicio.
Por lo cual es imposible que David y Salomón no existieran, porque formaban parte de una lista de reyes y eran conocidos como fueron conocidos los demás: a través de registros públicos que se conservaban de sus reinados.


Si alguien aún no está convencido, igualmente hay una evidencia que quise dejar para el final, que es la estela de Tell-Dan; Es una estela descubierta en 1993-1994, datada en el siglo IX a.C. (900-801 a.C., y fechado más o menos en 840 a.C.) que menciona a un rey "de la casa de David". La estela está rota, pero se interpreta que se refiere a Ocozías de Judá; y se considera que la misma fue mandada a hacer por Hazael. Sí, el rey de Aram que acabamos de mencionar.
La estela señala que Hazael mató a Joram, rey de Israel, y a Ocozías, de la casa de Judá. Esto coincide con lo que narran II Reyes 9:14-27 y 12:17-18, en el que Joram y Ocozías se alían contra Hazael y terminan derrotados.

Así que ya la brecha entre David y su mención más temprana se reduce a 160 años, porque en el 840 a.C. sus descendientes se identificaban como "de la casa de David".

Varios reyes han sido confirmados:

En la imagen, los reyes de Judá e Israel (que sucedieron a David y Salomón); los que están resaltados en amarillo, han sido confirmados por fuentes extrabíblicas.

Si varios de los reyes de esta lista han sido confirmados como históricamente reales, no tenemos motivos para pensar que los demás de estas mismas listas sean inventos.


De allí que hay que concluir que hay que tener mucha fe y un escepticismo que roce lo irracional y prejuicioso para considerar que David haya sido un ancestro mitológico.


Una monarquía implica una corte que es sostenida por el rey; y en esta, el rey mantiene a músicos, cocineros, consejeros, ministros, escribas e incluso cronistas. 
Los cronistas tenían la función de consignar los hechos relevantes de los reinados de los reyes, y posteriormente confeccionar crónicas o anales para transmitir las historias de estos reinados.

Esto hace que sea imposible que David y Salomón no existieran, porque ellos tenían cronistas que consignaron sus reinados, y sus sucesores a su vez tenían cronistas que hicieron lo mismo. Y así el conocimiento de los reinados se fue transmitiendo de generación y generación, por estar consignados en registros públicos en el archivo real.

Es por esto que los mesopotámicos o los mismos hebreos podían componer listas de sus reyes aunque hubieran vivido hacia 300 años.


Y esto mismo ha de decirse de Moisés y Josué. Porque uno fue el iniciador de la religión judía, que liberó al pueblo y lo condujo a la tierra prometida (c. 1530-1490 a.C.), y el otro fue el que efectivamente realizó la conquista (c. 1490 a.C.).
Es, de vuelta, imposible que los judíos hubieran olvidado completamente los nombres de sus iniciadores y tuvieran que inventárselos.

El libro de Oseas, del siglo VIII, da por sentado que Dios sacó a Israel de Egipto (Os 12:13).
El libro de Jeremías, del siglo VII, menciona a Moisés junto con Samuel (Jr 15:1).
También lo menciona el libro de Isaías, del siglo VIII, también lo menciona (Is 63:11-12).

Además de que hay multitud de indicios a lo largo del Pentateuco que señalan una tradición antigua.
Por ejemplo, las menciones a los hititas. Los hititas fueron un pueblo que formaron un gran reino en Anatolia que se derrumbó en el c. 1178 a.C., y que fue sucedido por los reinos neohititas. 
Sin embargo, son mencionados en los libros de Génesis y Éxodo. 
Mientras más reciente en el tiempo avanzamos, menos aparecen las referencias a los hititas.

Número de referencias a los hititas:
Génesis: 7
Éxodo: 7
Josué: 1
1 Samuel: 1
2 Samuel: 8
1 Reyes: 1
1 Crónicas: 1

2 Samuel, 1 Reyes y 1 Crónicas hacen referencia a "Urías el hitita", que vivió en tiempos del rey David (c. 1057-1017 a.C.), cuando el reino hitita ya había colapsado hacia como 120 años. 
Sin embargo, Génesis, Éxodo y Josué hablan de los hititas cuando cronológicamente el reino hitita existía. Especialmente en Éxodo y Josué, Dios promete a los israelitas ir delante de ellos y entregar en sus manos "la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que mana leche y miel'" (Ex 3:17). Esta fórmula se repite varias veces con algunas variaciones.

Los hititas no son mencionados en fuentes asirias o egipcias posteriores al colapso de su reino, y terminaron cayendo en el olvido hasta que fueron redescubiertos en el siglo XX.
Sin embargo, son mencionados en la Biblia especialmente en los relatos en los que cronológicamente existían los hititas.

Como es imposible que un autor del VIII o VII tuviera conocimiento de los hititas porque estos ya no existían, por necesidad hay que decir que Génesis y Éxodo, por lo menos en este punto, se remontan a una tradición que viene de siglos anteriores, por lo menos a antes del 1200 a.C.

Pero resulta que estas mencionas a los hititas están indefectiblemente unidas a Moisés.

La primera de Éxodo, está insertada en las palabras que Dios dirige a Moisés desde la zarza ardiente (Éx 3:17).
La segunda, en las palabras que Dios dirige a Moisés sobre la consagración de los primogénitos (Éx 13:5).
La tercera y la cuarta, en las palabras que Dios dirige a Moisés cuando le señala que será guiado por el ángel (Éx 23:23.28).
La quinta, en las palabras que Dios dirige a Moisés cuando promete estar con Israel luego de que adoraron al becerro de oro (Éx 33:2).
La sexta, en las palabras que Dios dirige a Moisés al renovarse el pacto (Éx 34:11).

Y esto que se aplica sobre los hititas, aplica igualmente a los amorreos.
Sus referencias abundan en Génesis, Éxodo, Números, Deuteronomio Josué y Jueces, que narran Historia cuando los amorreos existieron. Sin embargo, las referencias a los amorreos en los libros desaparecen, y solo repiten las palabras expresadas en los libros anteriores, coincidiendo en el reemplazo de los amorreos por los arameos.

Es necesario afirmar, entonces, que hay un sustrato histórico en el Pentateuco y en Josué-Jueces que precede al 1200 a.C.
Y entre esto está la existencia histórica de Moisés y Josué.