martes, 30 de junio de 2026

Lutero. Adversus execrabilem Antichristi Bullam

 Ha llegado por fin a mis manos, lector cristiano, una cierta bula contra mí, difundida casi por toda la tierra antes de venir a mí, contra quien únicamente se enfurece y a quien, sobre todo, debía ser presentada. Quizá porque, siendo hija de la noche y de las tinieblas, temía la luz de mi rostro. Finalmente me fue dado contemplar esta misma lechuza, gracias apenas al gran auxilio de muchos amigos, en su propia imagen.

La causa de esto es que hasta ahora me veo obligado a permanecer en la incertidumbre, sin saber si los papistas se burlan de mí mediante algún libelo infamante y anónimo, o si verdaderamente en Roma se ha llegado a semejante locura. Pues ni el estilo (como suele decirse), ni el procedimiento de la Curia Romana han sido observados aquí; sobre todo porque condena e impone como tales diversos artículos que son manifiesta y claramente cristianísimos. De modo que todo esto me hace pensar con mucha verosimilitud que esta obra es descendencia de aquel monstruo, Juan Eck, hombre tejido y entremezclado de mentiras, simulaciones, errores y herejías.

Aumenta esta sospecha el hecho de que el mismo Eck dice haber sido el apóstol romano de semejante bula. Y ningún apóstol habría sido más digno de tal apostolado que él.

Además, días atrás había oído que en la ciudad se estaba gestando una bula contra mí, terrible y feroz, confeccionada por el mismo artífice Eck, como lo indican su estilo y su saliva; pero que allí disgustaba profundamente a algunos hombres buenos y doctos, y que por ello se retrasaba, e incluso se suprimía.

Pero, sea como fuere, nada de esto me parece increíble. Allí donde el apóstol Eck es escuchado y tiene autoridad, allí está ciertamente el reino del Anticristo, y los hombres se atreven a cometer toda clase de locuras.

Entretanto, sin embargo, prefiero no creer que León X, obispo de Roma, junto con sus doctísimos cardenales, sean los autores de semejantes desvaríos. Y no lo hago tanto por preservar el honor del nombre romano, cuanto para que mi orgullo no se hinche excesivamente y yo no parezca digno de sufrir por la verdad de Dios una causa tan gloriosa.

Porque, si realmente el obispo de Roma hubiese enloquecido hasta ese punto contra mí, ¿quién sería delante de Dios más feliz que Lutero, al ser condenado desde una tan alta dignidad por una verdad tan manifiesta? ¿Qué podría yo desear más que ser ahora absuelto, reconciliado y admitido en comunión con ese Anticristo ignorantísimo, impiísimo y furiosísimo?

¡Feliz aquel día! ¡Feliz aquella muerte, digna de ser recordada ante Dios con gozo y suma gratitud, si alguna vez aconteciera que él me apresara y me hiciera perecer por esta causa!

Pero otro es quien busca para sí el honor de este nombre y el mártir digno de semejante causa. Yo, por mis pecados, he merecido otra suerte.

Sea cual fuere la opinión que cada uno tenga acerca de los romanos, yo, quienquiera que haya sido el autor de esta bula, lo tengo por Anticristo; y contra el Anticristo escribo estas cosas, dispuesto, en cuanto de mí dependa, a rescatar la verdad de Cristo, que él procura extinguir.

Y, ante todo, para que nada consiga de cuanto pretende mediante esa bula, protesto delante de Dios, de nuestro Señor Jesucristo, de sus santos ángeles y de todo el mundo, que disiento de todo corazón de la condenación contenida en esta bula, y que la maldigo y execró como enemiga sacrílega y blasfema de Cristo, Hijo de Dios y Señor nuestro. Amén.

Después afirmo, y exhorto al lector con toda la fuerza de mi espíritu, que los artículos condenados por ella deben ser considerados por todos los cristianos como artículos que han de sostenerse, bajo pena de eterna maldición; y que cuantos consientan con esa bula deben ser tenidos por anticristos. A éstos, juntamente con todos los que conocen y veneran sinceramente a Cristo, los considero gentiles y los evito, conforme al mandato del mismo Señor Jesucristo. Amén.

Ésta es mi retractación respecto de la bula, verdadera hija de las bulas.


Hecha esta confesión o protesta, de la cual quiero que sean testigos todos los que lean estas páginas, antes de pasar a defender y explicar los artículos, me ha parecido conveniente comenzar refutando la propia bula mediante algunos argumentos.

El primero nace de la ignorancia de este Anticristo.

En efecto, el apóstol Pedro manda que estemos preparados para dar razón de la fe y de la esperanza que hay en nosotros. Y Pablo ordena que el obispo sea capaz de exhortar con sana doctrina y de refutar a los que contradicen.

Éstas eran precisamente las cosas que yo había reclamado y esperado durante todo un año de Roma y de aquellos que siguen el parecer de Roma.

Y leemos que esto mismo observaron con sumo cuidado los antiguos Padres siempre que condenaban alguna herejía. Ni siquiera los apóstoles establecieron nada en sus concilios sin haber alegado antes el testimonio de la Sagrada Escritura.

Así también yo esperaba que ellos produjeran uvas, es decir, que me instruyeran mediante testimonios de la Escritura.

Pero he aquí que produjeron espinas, condenándome con palabras desnudas, mientras yo me había fortificado con tantas Escrituras.

Te pregunto, ignorantísimo Anticristo: ¿hasta tal punto te ha cegado la suma ignorancia unida a la suma temeridad, que hayas presumido que todos los hombres están sumidos en estupor y creerán que tus desnudas palabras triunfan contra una Escritura armada hasta los dientes?

¿O acaso aprendiste este modo de condenar en las facultades de Colonia y Lovaina?

Si esto es condenar eclesiásticamente los errores, basta entonces con decir: «No me agrada», «Lo niego», «No lo quiero».

¿Qué necio, qué asno, qué topo, qué tronco sería incapaz de condenar de esa manera?

¿No se avergüenza tu frente de meretriz de atreverte, en un juicio eclesiástico público, a oponer el humo vacío e inerme de tus palabras a los rayos fulminantes de las palabras celestiales?

¡Verdaderamente una condenación vergonzosa y digna del Anticristo, la cual, teniendo contra sí tantas Escrituras, no posee siquiera una sola con que responder, sino que acude únicamente a esta palabra: «Yo condeno»!

¿Por qué, entonces, no creemos al turco? ¿Por qué no admitimos a los judíos? ¿Por qué no honramos a los herejes?

Ellos también nos condenan. Si bastara condenar...

Pero nosotros no cedemos ante ellos porque no nos condenan sin Escrituras y sin razones.

Vosotros, en cambio, habéis introducido una costumbre nueva: condenáis sin Escrituras y sin razones.

¿Qué otra causa podría yo imaginar para que esta bula condenatoria avance tan vacía, tan inerme y tan verdaderamente hinchada como una bula, sino una insigne ignorancia?

Puesto que veían que mis doctrinas eran verdaderas, y no querían soportarlas ni podían refutarlas, intentaron atemorizarme con el vano espantajo de un pedazo de papel perdido.

Pero Lutero, acostumbrado a las guerras, no se espanta de las bulas, y ha aprendido a distinguir entre un papel vacío y la omnipotente palabra de Dios.

También es prueba de esa misma ignorancia que, acusados por su propia conciencia, no se atrevieron a clasificar nominalmente los artículos según sus respectivas categorías.

Temían, en efecto, afirmar que alguno era herético y luego no poder demostrar que tal vez ni siquiera era erróneo o escandaloso.

Por eso inventaron el adverbio «respectivamente», y después de enumerar los artículos dicen que unos son, respectivamente, heréticos; otros, erróneos; otros, escandalosos.

Lo cual equivale a decir:

«Nosotros pensamos que algunos son heréticos, otros erróneos y otros escandalosos; pero no sabemos cuáles, ni de qué clase, ni cuántos.»

¡Oh peligrosísima ignorancia! ¡Qué resbaladiza y fugitiva eres! ¡Cómo odias la luz! ¡Cómo retuerces y vuelves a retorcer todas las cosas para que no seas atrapada, como un nuevo Proteo! Pero no escaparás mediante tus ficciones; antes bien, precisamente por tu astucia quedarás más fácilmente descubierta y derrotada.

Sal, pues, ignorantísimo Anticristo; enséñanos tu sabiduría. Distribuye tú mismo tus propias palabras. Di si tú mismo sabes lo que has dicho. Muestra quién es el herético; quién verdaderamente el erróneo; quién el escandaloso; y quién es cada uno de ellos.

Pues conviene que un condenador tan magnífico conozca aquello que condena.

Es vergonzosísimo condenar un artículo como herético y no poder siquiera señalar cuál es.

No quiero que se me enseñe sólo respectivamente, sino de manera absoluta y cierta.

Porque soy de la escuela de Occam, cuyos seguidores desprecian las relaciones y consideran todas las cosas de manera absoluta; así quiero también ser instruido en esta locura.

Mira, pues, lector mío, la insigne ignorancia anticristiana, que con tan miserable engaño pretendió ocultarse bajo el adverbio «respectivamente».

Pues no sólo no enseña la verdad ni la causa de la condenación, sino que ni siquiera se atreve a mostrar el error, ni aun a indicar qué es exactamente lo que condena y por qué lo condena.

¿No es ésta una condenación refinadísima: condenar y no saber qué se condena?

¿No es también una elocuencia extraordinaria: hablar y no saber lo que se dice?


Más aún: desearía para estos bufones coronados con bulas toda una provisión de eléboro. Así deben saber y actuar todos los adversarios de la verdad. Pero sé qué dolor oprime a este Junón. Sin duda, mi Eck, recordando cómo quedó avergonzado en Leipzig, cuando, con labios espumantes y con voz frenética, clamaba trescientas veces ante su teatro que yo era hereje por los artículos de Hus, y después no pudo demostrarlo; cuando la condenación de Constanza, presentada por mí contra toda esperanza de Eck, no había señalado como herético ningún artículo determinado, sino que, semejante a esta nueva bula, por su propia ignorancia había dicho que unos eran heréticos, otros erróneos y otros ofensivos; al oír esto Eck, confundido por su vergonzosísima temeridad, y sintiendo falsa y mentirosamente que había proclamado mi herejía, quiso en Roma remediar aquella herida suya y consolidar con una mentira la temeridad de su mentira.

Pero no lo conseguirá, porque Cristo impedirá que ese sofista mentiroso triunfe.

Pues todavía les exijo que, absolutamente, no respectivamente; distintamente, no confusamente; con certeza, no con fingimiento; claramente, no oscuramente; individualmente, no en general, digan quién es y quién no es hereje.

¿Pero cuándo harán eso? ¿Cuándo concordarán Cristo y Belial? ¿O cuándo se asociarán la luz y las tinieblas?

¿Qué haré yo, entretanto?

En primer lugar, despreciaré a estos papistas, tan miedosos como ignorantes, apóstoles del Anticristo; me burlaré de ellos junto con Elías y les diré:

«Si Baal es dios, que responda. Quizá está ebrio, o de viaje. Gritad con voz más fuerte, pues es un dios; tal vez os oiga.»

Pues ¿qué otra cosa merecen estos asnos bulados, que condenan aquello que ignoran y confiesan ignorar?

Después permaneceré tranquilo, sin admitir que deba ser tenido por hereje, erróneo o escandaloso, mientras no se me demuestre, sencilla y claramente, con palabras desnudas, que en tal artículo soy realmente tal.

Ya no exijo a mis papistas, a estos troncos, que lo prueben; les pido solamente que muestren el error; es decir, que al menos manifiesten si saben ellos mismos de qué hablan, y si sienten siquiera el sabor de su propia saliva.

Mientras no designen cuál es el artículo herético, me es perfectamente lícito negar que cualquiera de los artículos presentados sea herético y afirmar que todos son católicos.

¿Y quién no favorecería, además, a este impiísimo y rudísimo Anticristo, viendo semejante rusticidad, casi más rústica que la de un asno?

¡Qué admirable discernimiento el de estos hombres, que distinguen a los herejes de los erróneos, y a éstos de los ofensivos, y a éstos de los escandalosos!

De esta agudísima distinción de hombres agudísimos concluimos que un error no es una herejía.

Pero aquello que no es herejía, ¿qué tiene que ver con los jueces eclesiásticos, cuya función consiste únicamente en condenar las herejías?

Porque lo que no es herético es católico, según dice Cristo:

«Quien no está contra vosotros, está por vosotros.»

Más aún: quisiera que estos magníficos varones me mostraran un solo artículo erróneo dentro de la Iglesia que no fuese también herético.

Porque, si es erróneo, en nada difiere del herético, excepto por la obstinación de quien lo sostiene.

Pues todas las cosas son igualmente verdaderas o falsas, aunque el grado de adhesión a una verdad o a una falsedad pueda ser mayor en uno y menor en otro.

Ves, pues, nuevamente, que mis hombres de la bula no pueden mostrarme un artículo que sea erróneo y no herético; y vuelven a delirar como locos que no saben lo que dicen, condenando una imaginaria categoría de «erróneo pero no herético», cosa imposible tanto en las realidades como en las palabras, de las cuales están compuestos los artículos.

También pertenece a la sabiduría descubrir qué puede ser un artículo escandaloso que no sea ni herético ni erróneo.

Que se me presente, lo ruego, uno solo, no ya entre mis escritos, sino entre todas las palabras y escritos de todos los hombres desde el principio del mundo hasta su fin.

¿Qué otra cosa pudo obligar a mis papistas a imaginar semejantes monstruos sino una ignorancia furiosa?

A no ser que llamen escandalosos precisamente a aquellos artículos que son verdaderos y católicos.

Pues nada hay más escandaloso que la verdad.

Más aún: sólo la verdad resulta escandalosa para los soberbios y los insensatos.

Así ocurre con Cristo.

Dice San Pablo en la primera carta a los Corintios:

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos y necedad para los gentiles.»

Y San Lucas:

«Éste está puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel.»

Por consiguiente, puesto que mis papistas distinguen los artículos escandalosos de los heréticos y erróneos, y aquello que no es herético ni erróneo es ciertamente católico y verdadero, se sigue que entienden y condenan como escandalosos precisamente los artículos católicos y verdaderos.

¡Oh condenación digna de los papistas!

Mira, lector mío, hasta dónde se precipita lentamente la impiedad ciega, cómo se burla de sí misma y se engaña, cuán fácilmente queda atrapada por sus propias palabras, cuán imprudente y necia es en todos sus esfuerzos.

No sólo deja de demostrar el error y el escándalo, sino que, aun para limitarse simplemente a señalarlos, dice cosas imposibles y absolutamente contradictorias consigo misma.

¿Dónde está ahora, desdichadísima bula, tu infeliz «respectivamente»?

Sin duda ha caído en el abismo de tu impiedad y de tu ignorancia.

Lo mismo debe decirse de los artículos ofensivos.

Porque tampoco éstos deben ser ni escandalosos, ni erróneos, ni heréticos, puesto que así los distinguen los mismos papistas.

¿Qué ingenios de los papistas pudieron imaginar y descubrir que dentro de la Iglesia pueda existir algo ofensivo que no sea falso, ni herético, ni escandaloso, sino verdadero, católico y edificante, y que precisamente eso sea condenado?

¿Y quién no desearía ser condenado por estos locos, cuya propia condenación demuestra que ellos condenan lo que debe aprobarse y aprueban lo que debe condenarse?

Con ello manifiestan públicamente, con suma ignominia para sí mismos, que son jueces de troncos y de piedras.

Id, pues, papistas impíos e insensatos, y escribid cuando estéis sobrios, si queréis seguir escribiendo.

Porque esta bula parece haber sido vomitada durante un banquete nocturno, o compuesta en medio de los delirios de la canícula.

Ni siquiera los bufones desvariarían con semejante retórica o semejante imprudencia del Anticristo.

Volvámosles, pues, sus propias palabras contra ellos mismos, y juzguémoslos y condenémoslos por sus propios discursos, para que aprendan en adelante a mentir con mayor astucia y mejor memoria.

Porque el mentiroso debe tener buena memoria, según el proverbio.

Si unos artículos son ofensivos y otros heréticos, y tú condenas uno que no es herético, y por ello mismo es verdadero y católico, aunque sea ofensivo seiscientas veces, ¿no te condenas impúdicamente a ti mismo?

¿No demuestras que eres no sólo herético, sino culpable de la más extrema impiedad y blasfemia contra la majestad divina, al combatir la verdad?

¿No eres tú aquel hombre de pecado e hijo de perdición que niega a Dios, su Redentor, y aparta a los hombres del amor de la verdad para que sean entregados a la eficacia del error y crean la mentira, como lo predijo San Pablo?

Porque, si un artículo no es herético, tampoco puede ser ofensivo ni escandaloso, salvo para los herejes, los anticristos y los satanes de la impiedad.

Mira, pues, cuán hermosamente esta impudentísima bula, mientras condena en mí una cosa como herética y otra como ofensiva, declara públicamente que sus propios autores son verdaderos herejes y adversarios de Dios.

Tan cierto es que no hay sabiduría ni consejo contra el Señor; tan cierto es que la impiedad ciega queda presa por las palabras de su propia boca; tan verdadero es el proverbio:

«Quien arroja una piedra hacia lo alto, sobre su propia cabeza caerá.»

Y lo más admirable de todo es que, mediante esta impía contradicción consigo misma, revela los pensamientos de su corazón y pone al descubierto precisamente la maldad que con mayor empeño quería ocultar, con una imprudencia increíble.

Es evidente que están dispuestos a condenar de una sola vez toda la verdad. Pues, cuando afirman que hay herejes, no pueden mostrar ni nombrar quiénes son esos herejes; ni lo saben ni se atreven a decirlo.

¿Qué otra cosa hemos de entender de esto sino que son de todo corazón enemigos de Cristo? Quieren condenar toda la verdad y, sin embargo, mediante una desgraciada hipocresía, fingen que sólo condenan herejías.

Aprended, pues, vosotros, asnos de las bulas, qué significa que Cristo sea «signo de contradicción» y «piedra de escándalo».

¡Con cuánta rapidez y facilidad ha quedado al descubierto toda vuestra impiedad interior y vuestra vergüenza, precisamente por las mismas palabras con las que en vano os esforzabais por ocultarlas!

Tenemos, pues, con este primer y evidente argumento, que esta bula no es sino obra del Anticristo, supremo enemigo de Dios y de la verdadera piedad.

Reconózcalo, si se atreve, ya sea Eck, ya sea el Papa, y sabrá con qué nombre y bajo qué concepto debe ser tenido entre nosotros.

Porque en un solo montón se han reunido aquí todos los peores males:

impiedad, blasfemia, ignorancia, imprudencia, hipocresía y mentira.

En una palabra: el mismo Satanás junto con su Anticristo.

No menos revela esta impiedad su propia naturaleza por lo que ahora voy a decir.

Pues esta excelentísima bula decreta, con palabras llenas de inaudita insolencia, que deben ser quemados incluso aquellos libros míos en los cuales no hay errores, para borrar por completo mi memoria.

¿Puedes ahora, lector cristiano, dudar de que el dragón infernal habla por medio de esta bula?

El vulgo suele decir que el asno canta mal porque rebuzna demasiado alto; también esta bula habría cantado con mayor fortuna si no hubiera levantado su blasfemia hasta el cielo, con una impiedad más descarada y más diabólica todavía, condenando incluso la verdad confesada y demostrada.

Hasta ahora Satanás, cuando ha logrado oprimir la verdad, la ha combatido bajo apariencia de verdad.

Pero aquí el hombre de pecado, el adversario que se levanta sobre Dios, dejando ya toda apariencia, con el rostro descubierto, sentado en la Iglesia de Dios y sin el menor temor, condena y manda quemar la verdad cristiana conocida, demostrada y confesada por él mismo y por todos.

¿Qué sería si esto sucediera en Turquía?

¿En qué lugar sería digna de resonar semejante voz, sino más bien en el mismo Tártaro?

¿Y no teméis vosotros, Anticristos de las bulas, que hasta las piedras y los leños suden sangre ante este horrendísimo espectáculo de vuestra impiedad y vuestra blasfemia?

¿Dónde estás ahora, excelentísimo emperador Carlos?

¿Y dónde estáis, reyes y príncipes cristianos?

Habéis recibido el nombre de Cristo en el bautismo, ¿y podéis soportar estas voces infernales del Anticristo?

¿Dónde están los doctores? ¿Dónde todos los que confesáis a Cristo?

¿Cómo podéis callar ante estos horribles monstruos de los papistas?

¡Desdichada Iglesia de Dios, convertida en juguete de Satanás!

¡Desdichados todos los que viven en estos tiempos!

Ha venido, ha venido hasta el extremo la ira de Dios sobre los papistas, enemigos de la cruz de Cristo y de la verdad de Dios, porque resisten la verdad e impiden que sea predicada y enseñada a todos los hombres, tal como dice Pablo de los judíos.

Supongamos, sin embargo, que yo fuera realmente tal como aquella maldita y maldiciente bula pretende hacerme aparecer: hereje, erróneo, cismático, blasfemo, ofensivo y escandaloso en algunos de mis libros.

¿Qué culpa habrían cometido los otros libros, católicos, cristianos, verdaderos, edificantes y pacíficos?

¿Dónde aprendisteis esta religión, malditos papistas, según la cual, por causa de un hombre malo, condenáis y quemáis la santa y castísima verdad de Dios?

No podéis perder a los hombres sin perder también la verdad.

Vosotros arrancáis el trigo junto con la cizaña; dispersáis el grano juntamente con la paja.

¿Por qué conserváis los escritos de Orígenes que son católicos y no los destruís por completo?

Más aún: ¿por qué no condenáis al menos en parte al impiísimo Aristóteles, en quien no se enseñan sino errores?

¿Por qué no quemáis las impías, bárbaras, ignorantes y heréticas Decretales del Papa?

¿Por qué, pregunto, no hacéis esto, sino porque no sois otra cosa que aquello que ocupa el lugar santo, para ser la abominación predicha por Daniel, que condena la verdad, establece la mentira y la eficacia del error?

Porque ninguna otra cosa conviene a la sede del Anticristo.

A ti, León X, y a vosotros, señores cardenales de Roma, y a todos los que gobernáis en Roma, os exhorto y os hablo libremente cara a cara.

Si esta bula ha salido en vuestro nombre, con vuestro conocimiento y aprobación, entonces yo también usaré la autoridad que es mía por el bautismo, mediante el cual he sido hecho hijo de Dios y coheredero de Cristo, fundado sobre la roca firme, a la cual no temen ni las puertas del infierno, ni el cielo, ni la tierra.

Y os digo, os amonesto y os exhorto en el Señor a que volváis en vosotros mismos, pongáis fin cuanto antes a estas blasfemias diabólicas y a estas impiedades de inaudita audacia.

Y si no lo hacéis, sabed que yo, juntamente con todos los que honran a Cristo, tendré vuestra sede por poseída y oprimida por el mismo Satanás; la tendré por la condenada sede del Anticristo, a la cual no sólo no quiero obedecer ni pertenecer como súbdito y miembro, sino que detestamos y execramos como al principal y supremo enemigo de Cristo.

Y estamos dispuestos, por sostener este juicio, no sólo a soportar con alegría vuestras necias censuras, sino incluso a rogaros que jamás nos absolvéis ni nos contéis entre los vuestros; antes bien, a que llevéis vuestra sangrienta tiranía hasta el extremo, pues nosotros mismos nos ofrecemos espontáneamente a la muerte.


Con la fuerza del Espíritu de Cristo y el ímpetu de nuestra fe, declaramos por estos escritos que, si de verdad perseveráis en ese furor, os condenamos a vosotros y, juntamente con esta bula, os entregamos con todos los Decretales a Satanás, para destrucción de la carne, a fin de que vuestro espíritu sea salvado con nosotros en el día del Señor. En el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, a quien perseguís. Amén.

Pues Él vive todavía, reina todavía, y no dudo de que nuestro Señor Jesucristo vendrá pronto y matará con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su venida a este hombre de pecado e hijo de perdición.

En efecto, no puedo negar que, si el Papa es el autor de estos monstruos, él mismo es verdaderamente aquel Anticristo final, el peor y más célebre, que trastorna al mundo entero mediante la eficacia de su error, tal como vemos cumplirse por todas partes.

Sin embargo, el ardor de mi fe me arrebata. Todavía no estoy plenamente persuadido de que esta bula sea obra del Papa; más bien pienso que es obra de su apóstol de la impiedad, Eck.

Ese Eck, junto con sus compañeros, con la boca abierta como un monstruo furioso, se apresura a devorarme, cantando:

«Traguémoslo vivo, como el infierno, entero, como a quien desciende al abismo.»

A ese hombre furioso le parece incluso una ganancia, o más bien un triunfo, extinguir la verdad de Dios y consumar la impiedad y el fratricidio que ha concebido.

¡Oh Iglesia de Eck en nuestros días, digna de lágrimas de sangre!

¿Pero quién escucha nuestros gemidos? ¿Quién consuela a los que lloran?

Inexorable es la ira del Señor contra nosotros.


Añaden también esos hombres, tan ingeniosos y agradables como son, una ocurrencia ridícula con la que, según su prudencia, mezclan la broma con los asuntos serios.

Escriben que me han ofrecido inmensas muestras de benevolencia y que incluso han destinado dinero para mi viaje a Roma.

¡He aquí la nueva caridad de Roma!

Roma, que ha vaciado al mundo de sus riquezas y lo ha devastado con su intolerable tiranía, ¡ahora me ofrece dinero a mí solo!

Pero conozco muy bien el autor de esta ilustre mentira.

Es el cardenal Cayetano, hombre formado y preparado para fabricar mentiras, ahora tranquilo en Roma después del felicísimo éxito de su legación.

Él imagina que realmente se me prometió dinero, cuando en Augsburgo se encontraba en una penuria tan miserable y vergonzosa que cualquiera habría creído que toda su casa iba a perecer de hambre.

Pero una bula debe ser una bula: vacía de verdad, de sabiduría y de contenido.

Y esos condenadores quieren imponernos que los tengamos por veraces simplemente porque mienten, por católicos mientras enseñan herejías y por cristianos mientras establecen al Anticristo, apoyándose en aquella distribución universal:

«Todo lo que atares...»

Como allí nada queda exceptuado, creen que todo les está permitido en todas las cosas.

Y, como si no bastara con haber concebido semejantes cosas del diablo, no sólo mienten manifiestamente, sino que superan toda desvergüenza adornando con la misma mentira el aplauso popular contra mí, fingiendo además, mediante otra mentira, que me han mostrado caridad.

Si en esos tiranos romanos quedara todavía algún resto de verdad, de piedad o de gravedad, habrían debido procurar con todo empeño que todas estas cosas se dijeran y se hicieran públicamente y a plena luz, de modo que ni siquiera un adversario pudiera sacar de ellas sospecha alguna de mala fe.

Pero ahora, aun cuando no existiera ninguna otra razón para desacreditar esta bula, esta mentira tan grosera y ridícula basta para demostrar que es ligera, vana y falsa.

¿Roma iba a ofrecerme dinero?

De allí procede, por el contrario, lo que tengo por cierto.

Es decir, que por medio de esos banqueros (a quienes llaman Banco) fueron destinados en Alemania varios centenares de escudos de oro para unos sicarios que asesinaran a Lutero.

Con tales razones y con tales escritos combate hoy, reina y triunfa aquella santa Sede Apostólica, maestra de la fe y madre de las Iglesias.

Ella, que desde hace mucho tiempo ha sido convencida de ser anticristiana y dos veces siete veces herética.

Porque, si hubiera combatido con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios —cosa que bien sabe que no puede hacer—, precisamente por eso, para no verse jamás obligada a ello, se enfurece por todo el mundo cristiano, promoviendo guerras, matanzas, derramamientos de sangre, muertes y devastaciones, trastornándolo y destruyéndolo todo.

Y, sin embargo, siguen siendo llamados santísimos padres en el Señor, vicarios de Cristo y pastores de las ovejas.


Pero, en fin, juguemos también yo a este juego.

Que me envíen todavía ese dinero, la garantía de mi seguridad y un salvoconducto.

Para no parecerles demasiado gravoso, renuncio de buen grado a todo lo demás, pues no tengo necesidad de ello, con tal de que el dinero sea suficiente.

Sólo espero que la suma alcance para equiparme con cien mil soldados de infantería y veinte mil de caballería, a fin de poder ir con seguridad hasta Roma.

De esa manera me procuraré bastante confianza.

Y esto por causa de Roma, Roma, esa ciudad que devora a sus propios habitantes, que no guarda ni la fe ni los pactos; donde los santísimos padres matan a sus hijos más queridos por amor de Dios; donde los hermanos entregan a sus hermanos en nombre del servicio de Cristo, conforme a la costumbre y al estilo romano.

Entretanto, al menos quedaré libre de la citación de esta venerabilísima bula.

¡Oh infelices miserables, que estáis tan confundidos por la verdad y por vuestra propia conciencia que ya ni siquiera sois capaces de mentir con prudencia, ni os atrevéis a decir la verdad, ni podéis descansar en medio de vuestra inmensa ignominia!


La bula introduce también una novedad en el uso del latín.

Pues como yo había dicho con san Agustín que no habría creído en el Evangelio si no me hubiese movido a ello la autoridad de la Iglesia, inmediatamente esta ilustre bula hace consistir esa Iglesia católica en ciertos reverendísimos hermanos: cardenales, priores de órdenes religiosas, maestros en Teología y doctores en Derecho, de cuyo consejo se gloría el Senado; como si éstos fueran la nueva descendencia de la Iglesia universal.

¡Feliz, por cierto, alumbramiento de esa nueva Iglesia católica, desconocida hasta ahora!

Y si Agustín, tan ardiente perseguidor de las sectas, la viera, no dudaría en llamarla sinagoga de Satanás.

Mira, pues, la locura de los papistas.

La Iglesia universal viene a ser unos pocos cardenales, priores y doctores, acaso apenas veinte hombres, cuando perfectamente puede suceder que ninguno de ellos sea siquiera miembro digno de una sola capilla o de un solo altar.

Ahora bien, si la Iglesia es la comunión de los santos, como confesamos en el Símbolo cuando decimos «la comunión de los santos», es decir, la Iglesia universal, entonces habrá que excluir de ella a todos cuantos no pertenezcan al número de esos veinte hombres.

De donde se sigue que todo cuanto piensen esos santos varones lo piensa inmediatamente la Iglesia universal, aunque sean mentirosos, herejes y anticristos, y no conciban sino abominaciones.

¿Quién habría podido creer jamás que Roma llegaría a semejante demencia?

¿Les queda todavía algo de cerebro o de corazón?

Agustín habla de la Iglesia difundida por todo el mundo, de la concorde aceptación del Evangelio.

Porque Dios no quiso que ningún otro libro fuese recibido con tan universal acuerdo como la Sagrada Escritura (como él mismo dice en las Confesiones), para que no surgieran cismas por la continua admisión de otros escritos.

Y, sin embargo, precisamente eso fue lo que hizo la impía sede romana con sus decretos durante muchos siglos y, ¡ay!, en gran parte lo consiguió.

Pero la Iglesia universal nunca le ha dado su consentimiento.

Hay cristianos en Oriente, en el Norte y en el Sur que se contentan con el Evangelio y no se preocupan en absoluto de que Roma pretenda convertir su propia Iglesia particular en la Iglesia universal y acusar de cismáticas a las demás, cuando ella misma fue la primera en separarse de las otras y en intentar inútilmente atraerlo todo hacia sí, convirtiéndose así, por su tiranía, en el principio y la fuente de todos los cismas.

Nadie espere, por tanto, encontrar la Iglesia católica allí donde esta impía bula delira.

Ni siquiera la verdadera Iglesia de Roma piensa de ese modo.

Ni todo cuanto sea romano ha de tenerse inmediatamente por católico.

Ningún libro, como ya dije, llegará jamás a ser católico por esa razón, como tampoco lo fue ninguno fuera de la Sagrada Escritura.

A la Iglesia romana le basta, y le sobra para su gloria, con ser una pequeña parte de la Iglesia universal, aunque con sus propios decretos se atormente a sí misma.

Esta bula pertenece más bien a la Curia romana.

Tal sabiduría y tal religión convienen a esa sede de Satanás.

Ella es la que pretende ser tenida por la Iglesia universal y, con la máxima arrogancia —aunque con la máxima vanidad—, impone a todo el mundo sus necias e impías bulas como si fueran dogmas católicos.

Su soberbia y temeridad han crecido hasta el punto de jactarse únicamente de su poder, sin doctrina alguna ni santidad de vida, queriendo establecer leyes para todos los hombres con palabras y hechos, como si únicamente por el poder o por la dignidad del cargo fuera la morada y la Iglesia de Cristo.

Con ese mismo razonamiento también Satanás, por ser príncipe de este mundo, o el Turco, podrían llamarse Iglesia de Cristo.

Pero ni siquiera entre los gentiles soportan los pueblos un poder desprovisto de sabiduría y bondad.

Cuánto menos en la Iglesia, donde el hombre espiritual lo juzga todo y él no es juzgado por nadie, como dice san Pablo en 1 Corintios 2.

No basta, pues, que el Papa o la Curia romana existan, si no son espirituales.

Ahora bien, frente a toda su temeridad opongo la sentencia incontestable de san Pablo en 1 Corintios 14:

«Si a otro que está sentado le fuere revelado algo, calle el primero.»

Aquí tienes claramente que el Papa, o cualquier otro superior, debe callar cuando a otro inferior en la Iglesia le ha sido revelado algo.

Apoyado en esta autoridad, y despreciando la temeridad de la bula, emprendo con confianza la defensa de estos artículos, sin conceder valor alguno a una mera condena desnuda, aunque procediera del Papa con toda su Iglesia, mientras no me instruyan mediante las Escrituras.


EL PRIMERO DE ELLOS ES

«Es herética la opinión, aunque común, según la cual los sacramentos de la Nueva Ley confieren la gracia a quienes no ponen obstáculo.»

Reconozco ese artículo y os pregunto a vosotros, ilustres respectivistas, que decretasteis que unos artículos son respectivamente heréticos, otros erróneos y otros escandalosos:

¿A cuál de esas categorías corresponde éste?

¿Lo considerasteis herético, erróneo o escandaloso?

¿Y respecto de qué lo juzgasteis?

¿Respecto de la Sagrada Escritura?

¿De los santos Padres?

¿De la fe?

¿De la Iglesia?

¿Por qué no lo decís?

Todavía no os molesto exigiéndoos que lo demostréis; por ahora sólo reclamo la explicación que me es debida, para saber qué defecto encontráis en mí.

¿Queréis tratarme como a un niño?

Pues bien, hablaré yo.

Digo, por tanto, que este artículo tiene dos relaciones.

Una se refiere a los papistas que lo condenan, entre los cuales veo que, respectivamente, unos son mulos y otros caballos, animales sin entendimiento, pues absolutamente nada comprenden y, sin embargo, lo condenan todo.

La otra se refiere a la Sagrada Escritura, que enseña en Romanos:

«Todo lo que no procede de la fe es pecado.»

De ahí se sigue que los sacramentos de la Nueva Ley no confieren la gracia a los incrédulos, pues la incredulidad es el mayor de los pecados y el obstáculo más enorme, sino únicamente a quienes creen.

Sólo la fe no pone obstáculo.

Todo lo demás constituye un obstáculo, aunque no se trate de aquel obstáculo que los sofistas imaginan cuando hablan del propósito actual de cometer un pecado externo.

Confieso, pues, que este artículo no es sólo mío, sino de la verdad católica y cristiana.

En cambio, la bula que lo condena es doblemente herética, impía y blasfema, juntamente con todos los que la siguen, pues, olvidando el inmenso obstáculo de la incredulidad, deliran diciendo que el obstáculo queda eliminado si el hombre deja de pecar, aunque, permaneciendo incrédulo, no piense absolutamente nada bueno.

Pero esto lo he demostrado más ampliamente en mis escritos y volveré a demostrarlo, si esos charlatanes romanos se atreven a probar algo con lo que pretendan refutarme.


SEGUNDO

«Negar que en el niño permanezca el pecado después del bautismo es pisotear juntamente a Pablo y a Cristo.»

También aquí exigiría que demostraran que este artículo ha sido justamente condenado, si mis señores no estuvieran tan cegados por sus famosos «respectos» que ni siquiera advierten esto, y, sin embargo, quieren que se tenga por condenado.

No sé si lo consideran herético o erróneo; y lo más admirable es que ni siquiera sus condenadores lo saben.

Presento, pues, este artículo apoyándome en el Apóstol, Romanos 7:

«Yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado.»

Aquí el mismo Apóstol confiesa claramente de sí mismo que en la carne peca, es decir, que sirve al pecado.

Y en 1 Corintios 1:

«Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justicia, santificación y redención.»

¿Y cómo santifica a los ya santificados, sino porque, según el Apocalipsis:

«El que es santo, santifíquese todavía más.»

Ahora bien, santificarse es ser purificado de los pecados.

Pero ¿qué es Pablo para esos papistas bullados y «respectivistas»?

Ellos son toda la Iglesia universal, por cuya autoridad Pablo permanece o cae, siendo él únicamente un miembro y una parte de la Iglesia.

¡Que el Señor reprenda a Satanás y a estos papistas satánicos tuyos!


TERCERO

«La concupiscencia del pecado, aunque no vaya acompañada de ningún pecado actual, detiene al alma cuando sale del cuerpo e impide su entrada en el cielo.»

Sobre esta cuestión, ciertamente, hasta ahora no he definido nada; sólo he discutido el asunto con bastante amplitud y de manera probable, y todavía hoy no estoy seguro de qué sucede con tal alma.

Pero nuestros topos papales, aun cuando todavía no ven bajo qué denominación merece este artículo ser condenado, se atreven incluso a afirmar como cierto aquello que toda la Iglesia universal ignora.

Yo, despreciando esta frívola y necia condena, sigo sosteniendo que este artículo es probablemente verdadero.

Pues, siendo la concupiscencia verdadero pecado, como he demostrado por Romanos 7 y Gálatas 5, y no pudiendo entrar el pecado en el cielo, según está escrito:

«Nada impuro entrará en él.»

pienso que la concupiscencia del pecado retrasa la entrada en el cielo.

No hago absolutamente ningún caso de esos sueños con los que atenúan el pecado de la concupiscencia, llamándolo solamente pena del pecado o defecto, contra las claras Escrituras, que lo llaman pecado y enseñan que es sanado por la gracia, la cual es remedio del verdadero pecado y no de un pecado ficticio.


CUARTO

«La caridad imperfecta que posee quien está muriendo lleva consigo necesariamente un gran temor, el cual por sí solo basta para producir la pena del purgatorio e impide la entrada en el Reino.»

Este artículo se sigue del anterior, aunque yo no lo había afirmado expresamente.

Sin embargo, continúo sosteniéndolo como probablemente verdadero, reservándome antes la debida libertad para emitir mi propio juicio, aun contra la voluntad de la bula.

Porque ésta no puede aducir otra prueba sino la siguiente:

«Nosotros somos los más elevados tiranos de la Iglesia; más aún, nosotros somos la misma Iglesia; por tanto somos sapientísimos y santísimos, llenos del Espíritu Santo e incapaces de errar, aunque toda la inmundicia de todos los crímenes y toda la ignorancia del mundo entero hirvieran en nosotros como en una gran caldera.»

Pero semejantes argumentos no tienen para mí absolutamente ningún peso.

En cambio, tienen mucho valor para aquellos que temen que, si prevalece mi opinión, el purgatorio se les escape de las manos; y entonces cesen aquellos lucrativísimos oficios destinados a atormentar —o, mejor dicho, a «redimir»— a los difuntos, con gran pérdida para ellos, reduciendo a sacerdotes y religiosos al hambre.

Era preciso, por tanto, que aquí velara la avaricia y no permitiera que sus frívolas opiniones, tan extraordinariamente lucrativas, fueran destruidas por el triunfo de la verdad.


QUINTO

«Que haya tres partes de la penitencia: contrición, confesión y satisfacción, no está fundado ni en la Sagrada Escritura ni en los antiguos y santos doctores cristianos.»

Comprendo perfectamente bajo qué «respecto» ha sido condenado este artículo.

Porque es respectivo respecto de la avaricia.

Y también conozco la prueba «respectiva» de ellos, que es la siguiente:

Si este artículo fuera verdadero, entonces los hombres ya no darían nada por las satisfacciones ni por las indulgencias.

Ya no podríamos seguir atormentándolos con las confesiones, con los casos reservados, restringidos o ampliados, para obtener provecho.

Y así nos volveríamos pobres, y disminuiría el culto de Dios en vigilias y misas.

Pero disminuir el culto de Dios es una impiedad.

Luego Lutero es hereje.

He aquí la consecuencia, según la bula; es decir, respecto de los papistas y a la inversa.

Te ruego por Jesucristo, si algún lector grave y erudito lee estas páginas, que me perdones esta ligereza y, por decirlo así, esta puerilidad.

Pues ya ves con qué clase de hombres tengo que tratar: hombres que son como niños y que, sin embargo, se jactan de ser héroes entre los tuyos.

Además, si no tuviera plenamente comprobado que los mayores y más ilustres jefes de esos pueblos se han dejado mover a condenar mis libros por este razonamiento —que acabo de exponer— más de siete veces necio y ridículo, no podría comprender entre lágrimas la ira de Dios que pesa sobre nosotros, al habernos sometido a hombres tan afeminados y pueriles, los más indignos que jamás haya producido la tierra.

Mi opinión ha sido y sigue siendo ésta:

Que la satisfacción que las llaves de la Iglesia pueden remitir no pertenece al derecho divino; y que, si no pertenece al derecho divino, tampoco puede ser establecida o suprimida por las llaves.

Si estos fabricantes de bulas me atribuyen en este artículo alguna otra doctrina, hacen lo que acostumbran.

Porque, ¿qué importa si el Anticristo miente?

SEXTO

«La contrición que se obtiene mediante el examen, la recopilación y la detestación de los pecados, por la cual uno recuerda sus años con amargura de alma, ponderando la gravedad, la multitud y la fealdad de sus pecados, la pérdida de la bienaventuranza eterna y la adquisición de la condenación eterna, hace de un hombre un hipócrita, e incluso un pecador aún mayor.»

Respecto de este artículo, es increíble la ceguera y la ignorancia de esos fabricantes de bulas.

Este artículo es ciertamente mío, y es plenamente cristiano; y no permitiré que me lo arrebaten innumerables papas y papistas.

Pues siempre he enseñado que la penitencia no vale absolutamente nada si no se realiza en la fe y en la caridad; cosa que ellos mismos enseñan, salvo que no saben ni enseñan qué sea la fe ni qué sea la caridad.

Por eso, al condenar mi doctrina, por una contradicción nacida de su propia imprudencia, se condenan a sí mismos.

Digo, pues, que quien enseña la penitencia de tal manera que presta mayor atención a esa carnicería espiritual que a la promesa de la misericordia de Dios y a la fe en ella, enseña la penitencia de Judas Iscariote; es una peste, un demonio de las almas y un verdugo de las conciencias.

Leed los libros de esos sofistas sobre la penitencia y veréis que no hacen la menor mención ni de la promesa divina ni de la fe.

Omiten esas partes vivas de la penitencia y sólo atormentan a los hombres con contriciones muertas.

Pero de esto ya he tratado con mayor amplitud en otro lugar.


¿Para qué he de volver a demostrar uno por uno todos los artículos, cuando ya existen mis libros, donde he dado ampliamente razón de todos ellos, y estoy dispuesto a dar todavía más, si los adversarios hubieran sacado también a la luz sus propios argumentos?

¿Qué necedad es ésta?

Pretenden responderme únicamente diciendo que todas mis doctrinas les parecen condenables, cuando precisamente escribí mis libros para que reconocieran los errores con los que hasta ahora han extraviado al pueblo de Dios.

No esperaba ser condenado; pues, sabiendo perfectamente que ellos ya habían condenado desde antiguo todas estas doctrinas, publiqué mis escritos precisamente para justificar, mediante las Escrituras y la razón, aquello que ellos condenaban.

Tampoco quise saber qué pensaban ellos.

Eso ya lo sabía.

Lo que quería averiguar era si pensaban rectamente; eso era lo que les pedía que me enseñaran.

Y, sin embargo, nadie se atreve a presentarse.

Por eso veo que estos asnos no sólo no entienden mis doctrinas, sino que tampoco comprenden las suyas propias y, por su extraordinaria torpeza, ni siquiera han advertido cuál era el propósito de mis libros.

Se imaginan que yo discutía con hombres en quienes reside la verdad, cuando jamás sospeché tal cosa de ellos.

Como desde hacía tiempo sabía que todas estas doctrinas estaban condenadas por ellos, no comparecí para ser condenado, sino como quien ya estaba condenado de antemano, con el propósito de desenmascarar su condena como impía, herética y blasfema, y de acusarlos públicamente de error y herejía si no demostraban mediante razones que su doctrina era correcta.

Pero ellos, como un ridículo citarista que siempre desafina en la misma cuerda, incurriendo continuamente en petición de principio, no responden otra cosa sino:

«Condenamos lo que ya hemos condenado.»

¡Nueva dialéctica, que prueba una condena por medio de la misma condena!

¡Oh condenadores neciísimos y completamente insulsos!

¿Dónde ha quedado aquello de san Pedro?

«Estad siempre preparados para dar razón de la esperanza que hay en vosotros.»

Así pues, como estos ignorantísimos papistas y bullistas se hallan tan confundidos y aterrorizados ante la manifiesta verdad que ni siquiera se atreven a abrir la boca en defensa de su doctrina, y apenas han logrado balbucear esta timidísima bula, yo, fortalecido por la huida de mis enemigos, recibo esta tímida condena como si fuera la aprobación más sólida y vuelvo contra ellos su propia condena.

Pues ¿de qué manera podrían condenarse más claramente a sí mismos que demostrando, por el terror que sienten de verse acusados de error y herejía si tuvieran que dar razón de su doctrina, que han caído miserablemente en el último e inútil refugio de cerrar los ojos y los oídos para decir:

«No quiero. Condeno. No escucho. No admito.»

Si yo hubiera enloquecido de ese modo, ¡cuánta gloria obtendrían triunfando sobre mí!

Como dice el poeta:

«El miedo delata las almas degeneradas.»

Por tanto, para no fatigar al lector con un discurso demasiado largo siguiendo artículo por artículo, declaro en estos escritos que confieso como dogmas católicos todos los artículos condenados por esta execrable bula, acerca de los cuales he dado razón en mis obras publicadas.

Además, quiero todavía que mis libros, difundidos por todo el mundo, sean tenidos como una acusación pública contra estos impíos sofistas, seductores del pueblo de Dios; de tal manera que, si no me convencen respondiendo con razones y estableciendo su propia doctrina, sean considerados, en cuanto de mí dependa, culpables de error, herejía y sacrilegio.

Y exhorto, ruego y amonesto en el Señor a todos los que verdaderamente confiesan a Cristo que se guarden de sus doctrinas perversas e impías y no duden de que el verdadero Anticristo reina en el mundo por medio de ellos.

Y si alguno desprecia esta fraterna amonestación, sepa que yo estoy limpio de su sangre y que en el juicio final de Cristo quedaré libre de toda responsabilidad.

Porque nada he omitido de lo que debía a la caridad cristiana.

Finalmente, puesto que no puedo resistir de otro modo a estos condenadores vacíos y llenos únicamente de palabras, expondré lo último que me queda:

esta alma y esta sangre.

Pues prefiero ser muerto mil veces antes que retractar una sola sílaba de los artículos condenados.

Y así como ellos me excomulgan por su sacrílega herejía, así también yo, a mi vez, los excomulgo por la santa verdad de Dios.

Cristo, que es el Juez, verá cuál de las dos excomuniones tiene valor delante de Él.

Amén

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