miércoles, 15 de julio de 2026

Hugo Etherianus. De haeresibus quas Graeci in Latinos devolvunt, sive quod Spiritus Sanctus ex utroque Patre et Filio procedit

 

LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO PRIMERO

La bienaventurada e inmortal Trinidad, que por medio de Jesucristo fue dada a conocer claramente a los apóstoles, en la medida de lo posible, fue también anunciada por los filósofos gentiles, aunque escondida bajo enigmas sumamente oscuros.

En efecto, el filósofo Platón escribió a Dionisio estas palabras acerca de la Trinidad:

«Es preciso hablarte por enigmas, para que, si esta tablilla padeciera algún accidente en los pliegues del mar o de la tierra, quien la leyera no la entendiera. Pues así sucede respecto del Rey de todas las cosas: todas las cosas existen por Él; todas son por causa de Él; y Él es la causa de todos los bienes. El segundo está en relación con las segundas cosas, y el tercero con las terceras.»

Lo cual, traducido al latín, suena así:

«Conviene hablarte mediante enigmas, para que, si este libro llegase a caer en manos del mar o de la tierra, quien lo leyere no comprenda. Porque así sucede respecto del Rey de todas las cosas: Él es todas las cosas, y todas existen por Él; Él mismo es ciertamente la causa de todos los bienes; el segundo, respecto de las segundas cosas; y el tercero, respecto de las terceras.»

También Plotino enseñó algo semejante:

«Hay tres realidades eternas y superiores al tiempo: el Bien, la Inteligencia y el Alma del universo.»

Lo cual entre nosotros corresponde a:

el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, a quien los filósofos llamaron el alma del mundo.

Sin embargo, Timeo de Lócride parece haber ignorado la Trinidad, confesando a Dios como si fuera un ser solitario:

«Uno es el principio ingénito de todas las cosas; porque, si hubiera sido engendrado, ya no sería el principio sin comienzo, sino que tendría un principio anterior del cual habría procedido.»

Pero aquí no hace ninguna mención del Hijo ni del Espíritu.

Este principio es considerado por los cristianos no sólo como el Dios excelso, invisible e incorpóreo, sino también como el Padre, el único que existe sin causa y sin principio.

De Él es engendrado inmediata y directamente el Hijo, conforme a la fecunda virtud del que engendra.

Y, existiendo el Hijo como medio, del mismo Padre procede el Espíritu, como de su causa inagotable e infinita.

Por tanto, el Hijo procede de una causa, y el Espíritu Santo procede también de una causa.

Para aclarar lo que vamos a decir, conviene distinguir aquí brevemente, aunque de manera algo oscura, las diversas clases de cosas que proceden de una causa.

Hay algunas que manan y permanecen en su causa, como el rayo y la luz proceden del sol, o el perfume del almizcle y del bálsamo.

Otras, en cambio, proceden por completo y ya no permanecen en aquello de donde salen, como la chispa que brota al golpear una piedra, o el relámpago que sale de las nubes.

Hay otras que permanecen conjuntamente y no se separan de aquello en que existen, como el oído, el olfato, el gusto y el tacto; y también la vista, según enseñó Aristóteles. Ninguno de estos admite pluralidad respecto de su principio ni posee una diferencia personal propia, permaneciendo indistinguido de su causa.

Así pues, aquello que al proceder deja de permanecer en su causa no puede estar unido inseparablemente a ella, como lo muestran los ejemplos de la chispa y del relámpago.

Todas las clases de procesos que separan completamente lo producido de su causa hacen que aquello que procede quede más distante de ella.

En cambio, las cosas que al mismo tiempo proceden y permanecen tocan siempre a su causa y permanecen unidas a ella con mayor intimidad, porque contemplan de cerca su propio principio.

Y precisamente esta última manera de proceder parece ser la menos ajena al Hijo y al Espíritu Santo respecto del Padre, por la fecundidad de su virtud, pues el Padre, multiplicándose a sí mismo desde su propia sustancia, produce inmutable e inalterablemente la persona del Hijo por generación y la persona del Espíritu por procesión.

Pues ni el Padre se transforma en ellos ni disminuye por ello; y con razón, ya que ni el Hijo ni el Espíritu Santo proceden de Él mediante división o separación alguna.

Ellos existen como una sola e indivisa causa de todas las cosas visibles e invisibles, del mismo modo que existe un solo Dios.

Estas tres personas son una sola cosa, no por participación en la unidad; pues siendo una desde antes de todos los siglos, no llegan a ser una, ya que aquello que existe no llega a ser lo que ya es.

Si lo divino hubiera sido hecho, habría comenzado a existir en el tiempo o con el comienzo del tiempo, y tendría algo anterior a sí.

Pero como ni comenzó ni tuvo nada anterior a sí, es manifiesto que siempre fue y siempre será.

Por ello nada es anterior a Dios, quien verdaderamente es uno; no un ser unificado, ni compuesto, ni limitado, ni diferente del Uno.

Y siendo infinito, eterno y simple, nada puede añadírsele ni perder de aquello que pertenece a su esencia, ni puede llegar a ser lo que antes no era.

Así pues, el Padre es el engendrador inmediato del Hijo, sin ningún intermediario, siendo el Hijo igual en poder y poseyendo una virtud igual a la del Padre.

De igual modo, el Padre emite de sí al Espíritu, según afirman los latinos.

Pues ellos sostienen que, aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean uno solo, una sola unidad, una sola sustancia y un solo principio, sin embargo el Padre, por su autoridad paternal —es decir, en cuanto comunica el ser y engendra— es llamado causa o principio del Hijo; y del Espíritu Santo, en cuanto le comunica el ser y lo emite, es igualmente llamado causa o principio.

En esto consideran que el Padre en nada difiere del Hijo; y así, según ellos, el Hijo procede del Padre, mientras que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Porque dicen:

Si el Espíritu recibiera su procesión solamente de uno de los dos, no pertenecería igualmente a ambos ni les sería común de manera indistinta, sino que pertenecería principalmente a aquel de quien procediera.

Pero el Espíritu pertenece igualmente e indistintamente a ambos; no es menos del Hijo ni más del Padre.

Luego el Espíritu no recibe su procesión solamente de uno de los dos.

Dicen también:

Todo aquello que procede de algo, pasando por cualquier número de intermediarios, queda unido a todos ellos y recibe de todos alguna comunidad, como aparece en la lógica.

En efecto, el género supremísimo se dice sin principio y sin causa, y causa de todas las cosas que están bajo él, aunque no sea el único ser ni el único principio.

Existen también causas subordinadas de las especies; sin embargo, únicamente la sustancia más próxima es causa y principio inmediato.

Asimismo, el cuerpo animado tiene por principio y causa no sólo el género supremísimo, sino también el género subordinado.

Y esta condición no la rehúsa ninguna realidad que pertenezca a un orden semejante.

De igual manera, en las cosas naturales se entiende que la materia carece de principio y de causa.

También la forma es una de las causas y el principio de las cosas materiales.

Ahora bien, el Espíritu Santo procede del Padre por medio del Hijo.

Luego el Espíritu Santo está unido al Hijo, recibiendo algo de Él al pasar por Él y proceder mediante Él.

La semejanza que existe entre ambos obliga ciertamente a confesar esto.

Pues el Espíritu es semejante al Hijo, ya que, como procede de una causa, está unido inmediatamente a su propio principio.

Y así como se comunica inmediatamente con Él, también procede inmediatamente de Él y por medio de Él queda unido al Padre.

Todo aquello que en su proceso tiene un intermediario desea referirse, por medio de ese intermediario, a alguna unión y comunidad con su causa primera, por decirlo así.

Por ello nadie debe dudar de que, por medio del Hijo, la comunión del Espíritu se refiere al Padre.

De donde resulta manifiesto que el Verbo de Dios Padre de ningún modo es ajeno a esta comunión.

El Espíritu permanece en el Padre y permanece también en el Hijo; procede del Padre y procede también del Hijo.

Porque aquello que nuevamente procede de aquel en quien permanece no deja de ser inseparable, una vez realizada la procesión; pero permanece completamente distinto de Él.

Y ciertamente el Espíritu posee una comunión personal expresa con el Hijo, y, procediendo de Él, permanece en Él. Pues si solamente permaneciera sin proceder, de ningún modo se distinguiría personalmente de su principio, ni se entendería como una persona distinta. Por consiguiente, el Espíritu permanece y al mismo tiempo procede del Hijo. Porque, así como toda separación absoluta destruye la identidad y la comunión, del mismo modo toda permanencia y unión absolutas suprimen la distinción de las personas. De lo cual parece manifestarse claramente que el Espíritu, permaneciendo en el Hijo como propio suyo, procede y emana de Él del mismo modo que procede y emana del Padre.



CAPÍTULO II

Pero los teólogos griegos se esfuerzan por destruir completamente esta doctrina mediante una contradicción, afirmando que el Espíritu procede únicamente del Padre.

Y todos concuerdan unánimemente en esta opinión, aunque, en realidad, ningún santo Padre haya enseñado expresamente que el Espíritu no procede del Hijo.

¿De qué modo, pues, puede conocerse que no procede del Hijo?

¿Y cómo puede parecer digno de crédito Teodoreto, inventor y pregonero de esta negación, al divulgar algo que no se encuentra escrito en ninguna parte?

¿Cómo puede alguien atreverse a sostener esto, cuando ninguno de los santos Padres lo afirmó y a nadie le fue revelado?

Sin embargo, los hombres de tiempos más recientes proclaman en sus escritos, como si custodiaran con el mayor celo la más estricta pureza de la doctrina, que el Espíritu no procede del Hijo.

Y presentan para demostrar esta tesis numerosos razonamientos refutatorios, aunque sólo aparentes.


CAPÍTULO III

Así, el obispo de Nicomedia construye y desarrolla el siguiente silogismo:

Si el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; y todo lo que procede de varios tiene como principios a aquellos de quienes procede; entonces el Espíritu Santo tiene dos principios.

Por su parte, Nicolás, obispo de Metona, formula un razonamiento muy semejante:

Si el Espíritu procede del Padre y del Hijo, necesariamente se sigue una de estas dos cosas: o bien un solo ser procede de dos principios, o bien existen dos principios de un solo ser.

Pues el Espíritu Santo es uno, así como uno es el Padre y uno es el Hijo.

Pero el Padre y el Hijo no son uno solo, sino dos, aunque sean uno por naturaleza; pues uno es el Padre y otro el Hijo, aunque no sean dos realidades distintas.

Ahora bien, las razones o principios de todas las cosas existen primeramente en Dios, y desde Él se distribuyen a todas las criaturas.

Por consiguiente, toda unidad que se observa en las cosas tendría su origen en una dualidad, y la dualidad sería el principio de la unidad,

lo cual es inconveniente y contrario a la concepción común, según la cual la unidad es anterior a la dualidad y a todo número, porque la unidad es el principio de la dualidad y de todo número.

Y muchos otros, como si partieran de principios verdaderos y universalmente admitidos, llegan a la misma conclusión, aunque de manera nada convincente.


CAPÍTULO IV

En efecto, no es posible silogizar falsamente a partir de premisas verdaderas. Todo lo que se demuestra a partir de premisas verdaderas es verdadero; ahora bien, en este caso la premisa mayor es verdadera, pero la menor y la conclusión están llenas de falsedad. Pues la conclusión no se sigue con necesidad silogística, ya que lo que se pretende demostrar no se deduce de las proposiciones.

En efecto, lo que se establece en la premisa menor —es decir, «lo que procede de algunos»— es una expresión abreviada e indeterminada. Puede, en efecto, referirse a las diez categorías, de modo que el sentido sea: «lo que procede de algunas sustancias, o de algunas cualidades, o de algunas cantidades», y lo mismo respecto de cada una de las demás categorías. O también puede entenderse nuevamente: «lo que procede de algunos principios o causas, tiene por causas y principios aquellos de los cuales procede».

Ahora bien, Aristóteles reduce esta clase de indeterminación a una formulación determinada en los Analíticos, diciendo así:

«Aquellas cosas de las cuales procede una demostración deben pertenecer al mismo género. Pero cuando el género es diverso, como sucede entre la aritmética y la geometría, no es posible aplicar una demostración aritmética a las propiedades de las magnitudes, a no ser que las magnitudes sean números. Pues es necesario que los extremos y los términos medios pertenezcan al mismo género. Por eso, mediante la geometría no puede demostrarse que una sola ciencia trata de los contrarios. Así pues, es manifiesto —dice— que no puede demostrarse cualquier cosa de manera absoluta, sino a partir de los principios propios de cada género. Llamo principios, en cada género, a aquellas cosas cuya existencia no conviene demostrar.»

Alejandro, comentando este mismo pasaje, dice:

«Ya no toma la proposición de modo universal, sino que añade una determinación: si habla de números, habla de números. Dice, en efecto: “Si de números iguales se sustraen números iguales...”. Al añadir la determinación del género, convierte en propio lo que era común. Del mismo modo, si se trata de magnitudes, se sustraen magnitudes; y así también en los demás casos.»

En efecto, la máxima proposición afirma que, en las demostraciones, es necesario que todos los términos pertenezcan al mismo género, pues no es posible pasar de un género a otro respecto de aquello que se demuestra.

Puesto que aquí el discurso trata de las Personas divinas, la proposición mayor que se introduce —a saber: «Lo que procede de algunos, tiene por principios aquellos de quienes procede»— no puede tener otro sentido que éste: «Lo que procede de algunas Personas divinas tiene por principios aquellas Personas de quienes procede.» Pero esto es manifiestamente falso.

Porque el Padre y el Hijo no son simplemente dos realidades de las que proceda el Espíritu Santo. En efecto, propiamente no son dos cosas, sino una sola; no son dos sustancias, sino una; no son dos principios, sino uno; no son dos dioses, ni dos señores, ni dos santos, sino un solo Dios, un solo Señor y un solo Santo.

De donde resulta claro que el Padre y el Hijo son llamados dos solamente bajo un determinado aspecto, esto es, en cuanto son dos Personas o dos hipóstasis. Por consiguiente, puesto que estas dos Personas no son dos principios ni dos realidades en sentido absoluto, es manifiesto que aquello que procede de ellas no procede en modo alguno de dos principios, aun concediendo y admitiendo que el Espíritu Santo proceda de ambos.

Por ello, es imposible concluir que el Padre y el Hijo sean dos principios.

Asimismo, este mismo argumento puede ser refutado mediante la introducción de ejemplos, si en una cuestión como ésta se permite servirse de semejanzas para disipar la oscuridad de las expresiones enmarañadas, esclarecer la verdad, destruir los paralogismos y proporcionar alivio y recreo a los lectores, del mismo modo que los pintores emplean la variedad de los colores para embellecer y adornar sus obras.

Y, ciertamente, parece conveniente servirse en cierta medida de comparaciones, tanto para desgarrar los velos de la multiplicidad de las expresiones y hacer aparecer el fruto de una exposición honesta, como para que el discurso, amante de la abundancia propia de un campo floreciente e impaciente de la monotonía, no se vuelva árido.

He aquí un ejemplo. Una misma sustancia puede llamarse semilla, fruto y alimento. Se llama semilla en relación con la tierra que ha de recibirla; fruto, en relación con la cosecha pasada; y alimento, en cuanto ha de convertirse en sustancia del cuerpo. Sin embargo, no creo que pueda concluirse correctamente que, si el alimento procede de la semilla y del fruto, por ello proceda de dos principios. Porque semilla y fruto no son dos cosas sino únicamente según la razón.

De modo semejante sucede con el ascenso y el descenso: es decir, el camino de Tebas a Atenas y de Atenas a Tebas. El trayecto es uno solo; el mismo camino es cuesta abajo en un sentido y cuesta arriba en el otro. Sin embargo, la consideración es distinta: para quien parte de un extremo es una subida; para quien parte del otro, una bajada. Así también el Padre y el Hijo constituyen ambos un solo principio del Espíritu Santo. Y de ello no se sigue que el Padre sea el Hijo, ni el Hijo el Padre, ni que ambos sean dos principios. Del mismo modo que, porque el trayecto entre Atenas y Tebas y entre Tebas y Atenas sea uno solo, no por ello la subida es la bajada, ni la bajada la subida; ni ambas, subida y bajada, constituyen dos caminos o dos itinerarios distintos, sino un solo camino y un solo viaje.

Sin embargo, quizá —como ya se dijo— no deba buscarse auxilio para esta cuestión en las comparaciones. En efecto, el teólogo Gregorio, en su discurso sobre el Espíritu Santo, parece prohibirlo, pues dice:

«No conviene comparar la naturaleza divina con ninguna de las cosas de aquí abajo. Porque, aunque se encuentre alguna pequeña semejanza, siempre queda fuera lo que es más importante. Yo mismo, descendiendo a las cosas inferiores, pensé en una vena de agua, una fuente y un río. Pues podría decirse que la vena representa al Padre, la fuente al Hijo y el río al Espíritu. Estas realidades ni se distinguen por el tiempo ni están separadas entre sí por discontinuidad, sino que parecen diferenciarse únicamente por tres propiedades. Sin embargo, temí, en primer lugar, introducir en la divinidad una especie de flujo carente de estabilidad. En segundo lugar, temí que, mediante esta comparación, se introdujera una unidad numérica, pues la vena, la fuente y el río son una misma realidad numérica bajo formas diversas.

Después consideré el sol, el rayo y la luz; pero también aquí sentí temor. En primer lugar, para que no se entendiera alguna composición en aquella naturaleza que carece absolutamente de composición, como sucede con el sol y aquello que está en el sol. En segundo lugar, para no hacer del Padre la única sustancia, mientras que el Hijo y el Espíritu fueran simples virtudes inherentes de Dios, sin existencia propia. Porque ni el rayo ni el resplandor son otro sol distinto, sino ciertas emanaciones y cualidades sustanciales del sol; y así terminaríamos atribuyendo a Dios, según exige la comparación, el ser y el no ser al mismo tiempo. 

Si, pues, se mantuviera esta semejanza respecto de la Trinidad, solamente el Padre sería llamado sustancia, mientras que el Hijo y el Espíritu serían cualidades o propiedades del Padre.»

Hasta aquí Gregorio.

Ahora bien, quien sostiene que el Padre y el Hijo constituyen una dualidad porque el Espíritu procede de ambos, y al mismo tiempo niega al Hijo el ser principio de la espiración, considera que solamente el Padre debe llamarse principio del Espíritu. De donde se sigue que, si el Hijo emite al Espíritu sin ser principio de esa emisión, se incurre en un absurdo. Más aún, resulta todavía más inconveniente si se entiende que el principio de uno reside en el otro, y no que cada uno posea en sí mismo su propia capacidad de espirar. Pero si, por el contrario, se reconoce igualmente en el Padre y en el Hijo un mismo principio de esta clase, vuelve a decir que se sigue un inconveniente: a saber, que la dualidad precedería a la unidad y sería el principio de ésta.



CAPÍTULO V

Parece, ciertamente, que este autor no advierte lo que debe considerarse con suma atención en la Trinidad: a saber, que la unidad se atribuye únicamente a la naturaleza, mientras que la dualidad pertenece solamente a dos personas. Por ello, no es verdad que, si el Espíritu procede del Padre y del Hijo, la unidad proceda de la dualidad. En efecto, la naturaleza, que es entendida como unidad, de ningún modo se afirma que proceda de algo; y tampoco el Espíritu Santo, considerado personalmente, es llamado alguna vez unidad, a no ser quizá en un sentido impropio.

Asimismo, cuando dice que las razones de las cosas están en Dios, el nombre Dios no significa allí la persona del Padre o la del Hijo, sino la sustancia y la naturaleza; o, para decirlo con mayor propiedad, significa la Trinidad. En cambio, el nombre dualidad exige únicamente la consideración de las personas.

Por otra parte, cuando se dice que el Padre y el Hijo son un solo principio del Espíritu Santo, el término principio no significa una propiedad exclusiva, sino una propiedad común al Padre y al Hijo; y común de manera simple, no duplicada. Esto se hace evidente por lo que se considera respecto de las personas del Padre y del Hijo.

Pues, siendo el Padre y llamándose principio ingénito, mientras que el Hijo es principio engendrado; siendo asimismo el Padre causa ingénita y el Hijo causa engendrada, sin embargo nadie los considera por ello dos causas o dos principios, sino un solo principio.

Si, pues, lo ingénito y lo engendrado constituyen verdaderamente un solo principio, no son dos principios distintos del Espíritu.

Por consiguiente, de lo dicho puede verse claramente que ni el Padre, por el hecho de ser Padre, es llamado propiamente uno o unidad, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo; sino que cada uno es uno, uno y uno, no tres unos ni dos unos.

Por la misma razón, tampoco el Padre y el Hijo reciben propiamente el nombre de dualidad, puesto que, como ya se ha demostrado, no son dos en sentido absoluto. En efecto, no porque el Padre y el Hijo sean llamados dos bajo un cierto aspecto, se sigue que sean simplemente dos.

Por tanto, tampoco puede decirse que la unidad proceda de la dualidad. La dualidad, en todo caso, puede referirse a las personas; mientras que la unidad, como ya se ha mostrado, pertenece a la naturaleza.


CAPÍTULO VI

Hay que cuidarse de que, al disputar acerca de las cosas divinas, no nos asemejemos al fuego o a la nieve, de los cuales uno —como dice el filósofo— quema sin saber por qué, mientras que la otra enfría sin advertir la causa. No hay duda de que sólo Dios posee una ciencia perfecta, y sólo a Él corresponde aquello que se ha dicho: que no conviene que el sabio sea gobernado, sino que gobierne, pues conoce desde lo primero hasta lo último. Su ciencia no sólo conoce todas las cosas, sino que también produce todos los bienes; la de los hombres, en cambio, apenas alcanza superficialmente el conocimiento de algunas cosas y no lleva ninguna a la perfección, porque pertenece a la contemplación y no a la acción. Antes de alcanzar la esencia de la realidad, desfallece; antes de explicarla, se agota; y aborta antes de dar a luz.

Sin embargo, el conocimiento de Dios es sumamente provechoso, pues distribuye abundantemente entre los hombres el alimento de la doctrina y del estudio, sin hacer acepción de personas, sino repartiendo según la dignidad de quienes lo reciben. La bondad y el poder de Dios se extienden, en efecto, a todo aquello que puede recibirlos. Se extienden —digo— por medio del Hijo, a quien únicamente el Padre engendra. Por ello pertenece exclusivamente al Padre y así se afirma. También se extienden por medio del Espíritu, que no pertenece exclusivamente al Padre ni es emitido solamente por el Padre; y esto es precisamente lo que se intenta demostrar.

En efecto, ninguna realidad incorpórea que procede de un ser sin principio a través de un medio carece de relación con ese medio —o con los medios, si hubiese varios—. Pues todo lo que procede de este modo recibe algo de cada uno de los medios por los que pasa y, respecto de aquello que carece de principio, el medio mismo llega a ser principio de lo que de él procede. Esto resulta manifiesto por los métodos de la lógica.

Ahora bien, en la santa Trinidad el Hijo ocupa el lugar de medio entre el Padre y el Espíritu. Por ello, el mismo Hijo constituye juntamente con el Padre el principio del Espíritu Santo. Las tres Personas divinas conservan siempre este mismo orden, pues no guardan relación con ninguna realidad externa y permanecen absolutamente inseparables.

Así pues, puesto que toda división está ausente de la bienaventurada Trinidad, donde no existe disminución, desigualdad ni disparidad alguna, es necesario que el Espíritu esté unido al Padre por medio del único Mediador, es decir, el Hijo. De otro modo, no existiría esa continuidad que corresponde a la procesión personal de las tres Personas. Y donde falta la continuidad, necesariamente interviene la división. Si esto ocurriera en la Trinidad, el Espíritu, que es una Persona, quedaría completamente separado del Hijo.

Porque, si el Espíritu estuviera unido solamente al Padre, sería ajeno al Hijo y no pertenecería en modo alguno a su propiedad, del mismo modo que quien habita en un templo no pertenece por ello al templo mismo. Es, pues, necesario que la cadena de la continuidad llegue hasta el Espíritu.

En efecto, si el Espíritu es del Hijo y, sin embargo, el Hijo no lo emite, el Hijo aparecería bajo este aspecto como ineficaz y diferente del Padre, que sí emite al mismo Espíritu. Más aún, el propio Espíritu parecería impotente si, siendo del Hijo y estando en el Hijo, no pudiera proceder de Él.

Por consiguiente, el Espíritu procede del Hijo; y, sin embargo, por proceder de Él no se separa más del Padre que del Hijo, puesto que existe por ambos. Ambos son, sin disminución ni defecto alguno, causa de su existencia permanente.

Al Padre y al Hijo les basta el Espíritu, Espíritu del Padre y propio del Hijo, que todo lo llena. Pues si la luz del sol basta al astro y a su rayo, con mucha mayor razón el Espíritu basta al Padre y al Hijo. Por ello este Espíritu no busca transformación alguna, porque posee la perfección; ni necesita trasladarse, porque todo lo encuentra en sí mismo; ni desea incremento alguno, porque es la perfección suprema y todas las cosas están perfectas en Él.

Nada recibe por añadidura, sino que posee eternamente todas las cosas, como Espíritu del Padre y del Hijo, que emana igualmente de ambos. Lo que de Él fluye se llama sus operaciones o sus gracias. Por su calor somos vivificados y llegamos a madurar cuando todavía somos inmaduros; y, una vez vivificados y maduros, adquirimos dulzura.

El Padre vivifica, como dice el Apóstol: «Te mando en la presencia de Dios, que da vida a todas las cosas.» También el Hijo da la vida, pues dice: «Mis ovejas oyen mi voz... y yo les doy la vida eterna.» Asimismo, el Espíritu vivifica, según está escrito: «El Espíritu es quien da la vida; la carne no aprovecha para nada.»

Que este Espíritu pertenece al Hijo lo atestigua también el Apóstol cuando dice: «Y la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones.» No debe pensarse que esa paz de Cristo, superior a todo entendimiento, sea otra cosa que su mismo Espíritu. Quien lo recibe queda colmado de todo bien y de toda abundancia de dones.

Así pues, el Hijo posee el Espíritu del Padre, del mismo modo que posee todo cuanto es propio del Padre, permaneciendo siempre Hijo. Ahora bien, es propio de quien engendra emitir el Espíritu. Por ello el Verbo de Dios, que es Hijo por naturaleza y no por adopción, emite igualmente el Espíritu del que engendra.

Si no fuera así, no poseería verdaderamente aquello que es propio del que lo engendró. Sin embargo, nadie piense que con esto se incluye entre las propiedades del Hijo la de engendrar, porque al decir que el Hijo posee íntegramente lo propio del Padre no se sigue que todo aquello que es propio de un individuo pase por ello a constituir la especie misma. Pues todo individuo puede poseer las propiedades de su especie, sin que por eso llegue a ser la especie.

Quienes sostienen lo contrario no honran al Hijo como honran al Padre, pues vienen a decir que el Hijo sería el Padre si poseyera todo cuanto posee el Padre.

Es evidente, en efecto, que el Hijo posee en sí el Espíritu del mismo modo que el Padre. Porque el Padre no engendró primero al Hijo y después le dio el Espíritu. Todo el que da algo se lo concede a quien ya existe; pero el Padre, así como al darle la vida lo engendró ya viviente, así también, al darle el Espíritu, lo engendró ya poseyendo el Espíritu.

Si no fuera así, el Hijo habría sido primero engendrado y sólo después, en el tiempo, habría recibido el Espíritu.

Por tanto, así como se dice «vida» y «viviente», «juez» y «verdad», así también debe decirse «dador del Espíritu» y «emisor del Espíritu». En efecto, si consta que la voluntad del Padre es también voluntad del Hijo, aunque el Hijo hable de ella como ajena a sí cuando dice: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió», y, en cambio, nunca se encuentra que diga algo semejante respecto del Espíritu —pues en ninguna parte está escrito que haya dicho: «El Espíritu del Padre no es mío ni procede de mí»—, resulta completamente manifiesto que el Espíritu es tan verdaderamente del Hijo como del Padre.

Por tanto, no debe haber duda de que el Espíritu pertenece al Hijo y procede de Él; ni por ello puede concluirse que existan dos principios o dos causas del Espíritu. Esto es lo que el metropolitano de Nicomedia silogiza incorrectamente cuando dice:

«Si el Padre es causa de la emisión del Espíritu, y también el Hijo es causa porque el Espíritu procede de Él lo mismo que del Padre, entonces existen nuevamente dos causas y, del mismo modo, dos principios.»

La falsedad de esta conclusión paralogística quizá pueda verse también de la siguiente manera.

Toda cosa compuesta de los elementos tiene alguna causa. Nadie puede negar que el Padre sea causa de su existencia; tampoco puede negarse que el Hijo sea igualmente causa de ella, porque por medio de Él fueron hechas todas las cosas.

¿Habrá entonces dos causas y dos principios de toda criatura? Ya se ha demostrado anteriormente que no. Allí se explicó que el Padre y el Hijo son llamados dos sólo bajo un cierto aspecto, pero no en sentido absoluto. Por eso el Padre y el Hijo son un solo agente.

Oímos, en efecto, al Salvador decir por medio de Juan:

«Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro»;

no dos obradores, sino uno solo, así como hay un solo Dios y un solo Creador.

¿Acaso todas las cosas fueron hechas por el Hijo sin el Padre? ¡De ningún modo! Pues está escrito:

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra».

Y también:

«Porque él habló, y fueron hechas; mandó, y fueron creadas. Estableció un precepto, y no pasará» (Sal. 148,5-6);

lo cual es la máxima expresión del poder.

Así como para cualquier hombre es fácil hablar y mandar, así también para Dios es fácil hacer existir lo que antes no existía y conservar lo que ha creado; más aún, esto le resulta infinitamente más propio y natural.

De este único Artífice se dice:

«Suyo es el mar, pues él lo hizo».

Y del Hijo se escribe igualmente:

«En el principio, Señor, fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos» (Sal. 101[102],26; Heb. 1,10).

No dice: «por ti fueron hechos los cielos y fundada la tierra», sino:

«Tú fundaste la tierra y los cielos son obra de tus manos».

He aquí, pues, que resulta manifiesto que el Padre crea y el Hijo crea; sin embargo, no hay dos creadores, ni dos principios, ni dos causas, sino una sola causa.

Si, por tanto, respecto de las criaturas el Padre y el Hijo no son dos principios ni dos causas, mucho menos lo serán respecto del Espíritu Santo, que es distinto de las criaturas y pertenece igualmente a ambos.

Conviene advertir, además, que expresiones como causa, principio, engendrado, procedente y otras semejantes no designan la naturaleza o la sustancia, sino que son consideraciones piadosas y diligentes acerca de las personas, verdaderas notas distintivas de ellas.

Esto se comprende mejor observando el origen de los animales.

Los primeros seres vivientes fueron hechos y creados por mandato, no por generación. No procedieron de otros semejantes, pues antes de ellos no existía ninguno. Por ello, aunque eran no engendrados, aquellos que de ellos procedieron por descendencia pudieron llamarse únicamente engendrados.

De aquí se sigue que lo engendrado y lo no engendrado no pertenecen a la naturaleza de los animales, pues no están presentes en todos como propiedades sustanciales, ni pueden encontrarse simultáneamente en un mismo individuo.

Así pues, del mismo modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo constituyen una sola causa y un solo principio de toda criatura, tanto semejante como distinta, con mayor razón, conforme a su propio orden, el Padre y el Hijo, que existen sin intermediario entre sí, son una sola causa o un solo principio del mismo Espíritu, sin lugar a duda.

Solo el Padre, ciertamente, es causa del Hijo. Pero si el Hijo quedara excluido del acto de emitir al Espíritu, tampoco sería igual al Padre en cuanto a la posesión de ese mismo Espíritu con idéntica relación.

Ahora bien, el Espíritu es poseído por ambos con igualdad e indiferencia; luego también es emitido por ambos con igualdad e indiferencia.

De otro modo, el Padre no tendría con respecto a la imagen una semejanza plena, sino distinta, si precisamente aquello que se refiere a la emisión del Espíritu le fuera ajeno, lo cual es inadmisible.

Porque las cosas semejantes se unen por la semejanza, no por la desemejanza. Así como la desemejanza separa y distancia todas las cosas, del mismo modo la semejanza, tanto sustancial como accidental, las une y las vincula.

Por ello el Espíritu está unido al Hijo, porque le es semejante, como su imagen; y esta imagen manifiesta comunidad, unión y semejanza.

Además, por la consonancia y semejanza que tiene con el Hijo, el Espíritu recibió también el mismo nombre de Paráclito.

Dice el Señor:

«Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn. 14,16).

En efecto, el Padre no es llamado Paráclito, sino el Espíritu y el Hijo; por lo que este nombre parece ser común a ambos, aunque de modo análogo.

Conociendo esta comunidad, el teólogo Juan escribió en su primera epístola:

«Si alguno peca, tenemos un Paráclito ante el Padre: Jesucristo» (1 Jn. 2,1).

Del mismo modo tenemos también al Espíritu como Paráclito, que intercede por nosotros ante el Padre, así como lo hace el Hijo, aunque estas expresiones deban entenderse según el modo humano de hablar y por razón de la economía de la salvación.

En Dios no hay nada añadido ni sobrevenido, pues, en cuanto Dios, posee eternamente en sí las razones de todas las cosas.

Así pues, el Espíritu es semejante al Hijo, y el Hijo al Padre; pero no del modo en que lo imaginaron ciertos herejes.

Algunos, en efecto, de doctrina perversa sostenían que el Padre y el Hijo eran semejantes según la especie, pero distintos según la sustancia; y por ello afirmaban que el Hijo de Dios estaba compuesto de semejanza y desemejanza.

Contra ellos no solo se alza la ruina de su impiedad, sino que se siguen consecuencias verdaderamente absurdas.

Porque, si estuviera compuesto de semejanza y desemejanza, no sería simple; ni sería totalmente luz, totalmente verdad y totalmente Dios por naturaleza. Además, habría que admitir algo anterior y más antiguo que él.

En efecto, los compuestos resultan de la unión de elementos simples, y estos son naturalmente anteriores a los compuestos.

Pero el Hijo procede de la sustancia del Padre: del Simple procede simple, del semejante procede semejante y del igual procede igual.

El Hijo está en el Padre, y en el Padre no hay nada anterior a él ni separado de él.

Por consiguiente, la misma emisión del Espíritu no existe sin el Hijo.


CAPÍTULO VII

El filósofo Nicetas de Bizancio intenta demostrar, recurriendo a consecuencias que juzga absurdas, que el Espíritu no procede del Hijo y que hay algo que pertenece al Padre y procede del Padre sin participación del Hijo.

Da por cierto que el Espíritu procede del Padre sin que el Verbo tenga participación alguna.

Dice, en efecto:

«Si, como algunos afirman, el Espíritu procede del Padre y del Hijo, siendo completamente manifiesto por las enseñanzas teológicas que el Espíritu, procediendo del Padre, es dado por el Hijo, reposa en el Hijo y al mismo tiempo permanece unido al Padre; y si, además, según ellos, procede también del Hijo, será necesario que el Hijo dé un hijo suyo en la manifestación y comunicación del Espíritu que procede de él. Si esto fuera así, habría un hijo del Hijo, y, por tanto, un nieto. Y de nuevo, según semejantes desvaríos, aparecería un bisnieto, y este requeriría otro descendiente, y así hasta el infinito. Luego, según esta vana doctrina, el Espíritu no procede del Hijo como procede del Padre. De donde resulta manifiesto que el Espíritu procede del Padre, y solo del Padre, tal como correctamente ha enseñado toda la Iglesia extendida por el mundo hasta el día de hoy.»

Pero también es fácil demostrar que este razonamiento no es correcto.


CAPÍTULO VIII

En primer lugar, porque el silogismo está mal construido.

La proposición que dice: «Quien emite el Espíritu tiene un Hijo» debería, para servir de premisa mayor, ser universal; sin embargo, se toma como si fuera una proposición particular.

En efecto, la proposición que debería constituir correctamente la premisa de la conclusión sería esta:

«Todo el que emite el Espíritu tiene un Hijo.»

Pero esta proposición no puede demostrarse y, además, es imposible sostenerla, porque ni es un principio evidente ni puede fundarse en ningún principio universal.

La emisión del Espíritu no hace que el Padre sea Padre ni que el Hijo sea Hijo, porque la procesión del Espíritu desde el Padre no consiste en un nacimiento, que es precisamente aquello por lo cual el Hijo se distingue del Padre.

En la emisión del Espíritu, por el contrario, el Padre parece comunicar al Hijo lo que tiene, y juntamente con él emitir el Espíritu de su propia sustancia.

Ahora bien, la sustancia misma ni emite, ni engendra, ni es engendrada.

Porque todo cuanto pertenece a la naturaleza de la sustancia divina corresponde por igual a cada una de las personas.

Si la sustancia fuera la que engendra, también el Hijo y el Espíritu engendrarían; pero nada hay más ajeno a la verdad.

De ello resulta manifiesto que el Padre no engendra al Hijo en cuanto sustancia, sino en cuanto Padre, y, conforme a esta relación, lo engendra de su propia sustancia.

Si no lo engendrara de su propia sustancia, no sería llamado Padre según la naturaleza, y entonces el acto de engendrar no supondría ninguna comunicación de sustancia.

Pues la sustancia divina no es un cuerpo; antes bien, así como la luz no recibe de fuera su resplandor, sino que lo irradia desde su propia naturaleza, así tampoco el Padre posee al Hijo como algo exterior, sino que lo engendra de su propia sustancia permaneciendo indiviso.

Y precisamente por ello es verdaderamente Padre, de quien toma nombre toda paternidad.

Por consiguiente, las personas no deben concebirse separadas de la sustancia, ni imaginarse como si cada una consistiera únicamente en un carácter personal aislado y sin sustancia alguna.

Las propiedades personales distinguen a las personas precisamente dentro de una misma y única sustancia.

Ahora bien, la emisión del Espíritu no constituye una propiedad distintiva exclusiva ni un carácter personal único.

Esto se hace evidente porque emitir el Espíritu no es una nota exclusiva de la persona del Padre.

El Padre no emite el Espíritu en cuanto Padre, sino en cuanto causa o principio.

Esto puede verse del siguiente modo.

Si el Espíritu no procede del Padre como un ser engendrado, el Padre no emite al Espíritu en cuanto engendrador.

Pues si el Padre emitiera al Espíritu precisamente en cuanto engendrador, el Espíritu procedería del Padre como engendrado.

Pero el Espíritu no procede del Padre como engendrado.

En efecto, se cree que el Padre tiene un solo Hijo, no dos.

Luego resulta manifiesto que el Padre no emite al Espíritu en cuanto engendrador.

Además, siendo el Padre quien emite al Espíritu, o bien lo emite en aquello por lo cual se diferencia del Hijo, o bien en aquello en que no se diferencia de él.

Pues bien, no lo emite en aquello por lo cual se distingue del Hijo, porque precisamente en cuanto Padre, que es lo único que lo diferencia del Hijo, no consiste el acto de emitir al Espíritu.

También el Evangelio de san Juan, según la interpretación de san Juan Crisóstomo, parece confirmar lo dicho.

Allí donde el Salvador dice:

«Mi Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre» (Jn. 5,22-23),

comenta el santo:

«¿Diremos entonces que el Hijo es el mismo Padre? ¡De ningún modo! Precisamente por eso dijo "el Hijo": para que honremos al Hijo permaneciendo Hijo, del mismo modo que honramos al Padre. Pero quien llama al Hijo Padre no honra al Hijo como al Padre, sino que lo confunde todo.»

Y poco después añade:

«Todo cuanto es el Padre, eso es también el Hijo, engendrado y permaneciendo Hijo.»

Siguiendo el sentido de este santo doctor, podemos decir igualmente:

El Padre emite el Espíritu; luego también el Hijo lo emite.

Quien niega esto al Hijo no lo honra como honra al Padre.

De aquí se entiende claramente que el Padre no emite al Espíritu en aquello por lo cual se distingue del Hijo, sino en aquello que tiene en común con él.

Debe tenerse presente, además, que aunque el Padre se distinga del Hijo y del Espíritu, y recíprocamente ellos se distingan entre sí, las diferencias que existen entre las personas son muy pocas, porque la comunidad de naturaleza es inmensamente mayor.

Por ello, pienso, no puede concluirse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean tres dioses.

Pues son muchísimas las cosas que se consideran respecto de la naturaleza común, y poquísimas las que pertenecen a las propiedades personales.

En las criaturas, sobre todo en los animales, ocurre precisamente lo contrario.

Los animales difieren por el movimiento, el apetito, las acciones, las voluntades, el tiempo, el lugar y muchas otras circunstancias.

Por eso es válida una argumentación como esta:

«Sócrates es hombre; Pedro es hombre; Juan es hombre. Pero Juan no es Pedro, ni Pedro es Sócrates. Luego son tres hombres.»

En las personas divinas, en cambio, existen únicamente tres propiedades inmutables:

  • la paternidad,
  • la filiación,
  • y la procesión,

por las cuales únicamente se distinguen las tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Estas propiedades nunca aparecen unas veces en unas personas y otras veces en otras; ni aumentan ni disminuyen, sino que permanecen siempre en las mismas personas.

Estas personas no reciben aumento para llegar a ser cuatro, ni disminución para reducirse a dos, pues permanecen eternamente un solo Dios sin mutación alguna.

Y si muchos hombres constituyen una sola especie, con mucha mayor razón las tres personas son un solo Dios, como lo proclama la fe pura y la religión inmaculada.

Acerca de ellas no debe preguntarse cómo son tres, pues son absolutamente inseparables.

Como dice el Apóstol, los débiles en la fe se escandalizan con tales cuestiones.

Porque es una enfermedad del alma investigar acerca de Dios con curiosidad maliciosa e inútil.

Quien se acerca a Dios debe creer lo que los santos han enseñado y manifestado, y no pretender investigarlo mediante razonamientos allí donde éstos no alcanzan.

Así como todos los fieles creen que Dios Padre tiene un único Hijo, del mismo modo toda la sincera devoción de los latinos cree que el Espíritu Santo pertenece eterna, inseparable e igualmente al Padre y al Hijo, y que procede de ambos.

En cambio, el obispo de Nicomedia pretende conducir su razonamiento hacia una supuesta imposibilidad.

Dice, en efecto:

«Si el Padre emite al Espíritu, y también lo emite el Hijo, que ha sido engendrado por el Padre, aquello que es propio del Padre como causa pasará también a ser propio del Hijo. De este modo el Hijo tendría dos propiedades entre sí contrarias: una pasiva y otra activa; es decir, ser engendrado y emitir.»

Pues, aunque se dice que el Padre engendra al Hijo y envía al Espíritu, ello no constituye una diversidad de propiedades, sino únicamente una diferencia en el modo de poseer aquello que procede de él.


CAPÍTULO IX

Ciertamente, aquí hay ignorancia del elenchos; es decir, la argumentación (ἐπιχείρησις) no se construye con necesidad silogística a partir de las premisas dadas. Pues emitir el Espíritu no es una propiedad exclusiva del Padre, como puede demostrarse mediante numerosos razonamientos directos y también por reducción al absurdo.

Y aun concediendo que fuera una propiedad del Hijo, no se sigue por ello que el Hijo posea, en una sola persona, dos propiedades contrarias entre sí, una pasiva y otra activa, a saber: ser engendrado y emitir. Porque el Hijo de Dios, al ser engendrado o nacer, no padece nada. Padecer significa ser sometido a una pasión, lo cual solo tiene lugar en el tiempo. Pero Dios no es sometido a pasión alguna, ni nace o es engendrado por el Padre en el tiempo. Antes de todos los siglos y de todos los tiempos, el Padre engendró al Hijo.

Además, aun en las cosas creadas, no toda acción implica pasión. Tal sucede con las acciones que se consideran completas en sí mismas, como gobernar, correr o respirar, según dicen algunos, y otras semejantes. Mucho menos, pues, puede surgir en Dios una pasión a partir de cualquier acción. Lo divino, siendo absolutamente bueno, no puede alterarse; y aquello que no puede alterarse, si se le añadiera algo distinto, dejaría de ser lo que es por la unión con ese añadido. Por tanto, lo divino es impasible.

Así pues, el Hijo de Dios no padece absolutamente nada por el hecho de ser engendrado por el Padre. Además, ya se ha mostrado que engendrar y emitir el Espíritu son propiedades distintas. La primera es una propiedad que distingue a la persona; la segunda, en cambio, no lo es.

Siendo el Padre simple e indivisible, la relación entre engendrar y emitir es semejante a la que existe entre presaber y hacer: tampoco por ello se introduce composición alguna en la naturaleza divina. Pero si esto es así, quien conoce de antemano los males sería también quien los hace, aunque ciertamente no los conoce del mismo modo en que actúa la naturaleza divina. Por tanto, engendrar no es lo mismo que emitir, del mismo modo que no es lo mismo engendrar que comunicar. Solo el Padre engendra; pero no solo Él crea, y sin embargo esto no introduce en Dios privación alguna de simplicidad.

Más aún: si engendrar y emitir fueran lo mismo, entonces quien emite sería quien engendra, y lo emitido sería lo engendrado. Sin embargo, no existe tal identidad entre el Padre y el Hijo. Antes bien, el Padre y el Hijo emiten eternamente el Espíritu; pero al emitirlo no se difunden, ni se disuelven en el aire, ni actúan movidos por necesidad alguna.

Porque el Espíritu es una virtud santificadora subsistente por sí misma, incapaz de recibir aumento o disminución, ajena tanto al vicio como a toda mutación o alteración. Cuando es enviado y procede del Padre y del Hijo, ese envío y esa procesión no significan un tránsito de un lugar a otro. ¿Cómo podría ser así, si llena toda la tierra, el cielo, el mar y cuanto en ellos existe dotado de razón? El Espíritu permanece en todas partes y todo lo sostiene, siendo Espíritu del Señor Hijo, enviado y emitido por Él, como también por el Padre. Y esto, según creo, queda establecido con necesidad inevitable por la argumentación anteriormente expuesta.


CAPÍTULO X

Todo lo que es enviado o dado por el Hijo, si no procede de la sustancia del Verbo que lo envía o lo da, será necesariamente una obra suya, una posesión, una criatura o cualquier otra cosa separable de Él. Por consiguiente, el Hijo o bien no envía en absoluto al Espíritu, o bien lo envía desde fuera, o bien lo envía desde dentro, procedente de su propia sustancia.

Que el Hijo envía al Espíritu lo contradice claramente el mismo Salvador si alguien lo negara. Pero ¿quién podría afirmar que lo envía como algo exterior, cuando el Espíritu escudriña las profundidades del Hijo? Más aún, todo aquello que alguien envía desde fuera o conduce hacia otro es posterior a él y, en su origen primero, procede de la nada: así el ejército celestial, el cielo, las estrellas, el mundo y la materia primordial de todas estas cosas.

Por tanto, si el Hijo enviara al Espíritu desde fuera, este sería una de las realidades mencionadas, o alguna otra cosa separable de Él. Resta, pues, que el Hijo envíe al Espíritu desde dentro de su propia sustancia.

Pero si lo envía desde dentro y no desde su sustancia, entonces el Espíritu sería para Él una presencia sobreañadida, una participación accidental, como ocurre con el olor y muchas otras cualidades que pertenecen a las sustancias de las que proceden por participación. Sin embargo, el Hijo, en cuanto procede de Dios, no recibe al Espíritu por participación.

Una misma realidad puede ser causa de una cosa y causada por otra; pero nunca puede ser al mismo tiempo causa y efecto respecto de una misma realidad. El Padre es causa del Hijo y del Espíritu; y del mismo modo no debe negarse que el Hijo sea causa del Espíritu, puesto que el Espíritu le pertenece sustancialmente y es enviado por Él sin que sea algo añadido, accidental o participado, sino conforme a la naturaleza.

En efecto, del mismo modo que el Padre posee y envía al Espíritu, así también lo hace el Hijo. Por eso, existiendo el Espíritu a partir de la sustancia de ambos, es enviado igualmente por los dos. Porque tener la existencia a partir de alguien no significa otra cosa que proceder de aquel de quien se recibe el ser.

Además, si la persona del Espíritu Santo es enviada y dada por el Hijo inseparablemente, es necesario que el Espíritu exista inseparablemente a partir del mismo Hijo. Pues, si no procediera inseparablemente de Él, entonces, al ser enviado y dado por Él, lo sería de manera separable. Pero quien es enviado y dado inseparablemente por otro, sin división alguna, mantiene necesariamente una relación de origen respecto de quien lo envía.

Más aún, si ciertas cosas que son enviadas separablemente proceden de las causas que las envían, con mucha mayor razón quien es enviado inseparablemente por otro debe considerarse procedente de aquel que lo envía. Que la derivación desde una causa puede darse de ambos modos resulta manifiesto: el tronco procede de la raíz; los dientes, del cerebro; los cuernos y las uñas, de la carne; y las venas, de la sustancia del corazón, produciéndose todos ellos de manera separable. En cambio, el rayo procede inseparablemente del sol y el resplandor del fuego. Todas estas realidades proceden de aquello que las emite. Del mismo modo, el Espíritu Santo, que es enviado y dado inseparablemente por el Hijo, fluye de Él y de Él recibe su existencia.

Pero el obispo de Metone no está de acuerdo con estas afirmaciones y construye el siguiente silogismo:

Si el Espíritu es uno y perfecto, porque es Dios, y si Dios es uno y perfecto porque es bueno, entonces todo cuanto es uno y perfecto debe proceder necesariamente de una sola causa principal y perfecta, que es el Padre. Si, en cambio, no procede solo de uno, sino también del Hijo, ya no será verdaderamente uno. Pues ¿cómo podría ser una única realidad aquello que no procede de una sola causa principal? El Padre y el Hijo son dos, y ninguno de ellos sería perfecto, en cuanto necesitarían uno del otro para producir al Espíritu. Por consiguiente, tampoco el mismo Espíritu sería perfecto. ¿Cómo podría serlo, si procede de causas imperfectas? Nada perfecto procede de causas imperfectas. Además, una diarquía destruye la monarquía del único Dios.

 

CAPÍTULO XI

En realidad, según este razonamiento, ni siquiera el Padre sería perfecto, puesto que no procede de uno; en efecto, el Padre no procede de nadie. Del mismo modo, tampoco el cielo y los astros serían perfectos, pues no recibieron el ser de una sola persona, sino que las tres personas les otorgaron igualmente el fundamento de su existencia, aunque algunos consideren al Padre causa principal, al Hijo causa creadora y al Espíritu Santo causa consumadora.

Ahora bien, si —como ellos sostienen— el Espíritu no procede solo del Padre, sino también del Hijo, entonces, dicen, ya no sería "uno mismo". Conviene, por tanto, preguntar en qué sentido se dice "uno". Porque tanto en la Sagrada Escritura como entre los filósofos, el término "uno" se emplea de muchas maneras: puede decirse según el género, según la especie o según el número.

Lo que es uno por el género comprende varias especies; lo que es uno por la especie comprende muchos individuos, pues una sola especie se predica de muchos numéricamente distintos. Asimismo, lo que es uno numéricamente puede entenderse de diversos modos: como un continuo, por ejemplo un solo cuerpo considerado por la continuidad de todas sus partes, aunque esas partes sean múltiples; o como aquello que por naturaleza no puede dividirse, como el punto o la unidad; o también como cosas que poseen la misma realidad, aunque reciban nombres diferentes, como "túnica" y "vestido". Incluso el punto y la unidad, aunque indivisibles, permiten hablar de principio y fin, de anterior y posterior.

En la Escritura, además, "uno" suele emplearse tanto respecto de una multitud como respecto de lo que es naturalmente uno y numéricamente uno. Se dice de una multitud cuando leemos: «Toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras»; y de modo semejante escribe Lucas en los Hechos: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma». En cambio, respecto de la unidad numérica dice el Señor: «Uno solo es vuestro Maestro: Cristo».

La Sagrada Escritura habla también de una unidad que pertenece a la naturaleza y a la sustancia, pero no a las propiedades personales. Así sucede con las tres personas divinas, que propiamente se distinguen por tres propiedades; sin embargo, no son tres naturalezas ni tres sustancias. Lo divino es una realidad simple, indivisible y única. Por eso enseñan los santos que la diferencia de las personas solo la confesamos mediante el entendimiento, atendiendo a sus propiedades.

No creemos, pues, en tres personas como si fueran tres realidades numerables, diciendo: "uno, uno y uno"; sino que reconocemos únicamente la diversidad de las propiedades. Tampoco creemos que sean tres cosas distintas, aunque realmente existan tres personas según sus tres propiedades, las cuales no introducen división ni separación en la realidad, sino que distinguen lo propio de lo común.

La persona manifiesta lo singular y señala la concurrencia de las propiedades que la distinguen; considerada según estas propiedades, separa el individuo de lo común y lo da a conocer. Por esta razón, los antiguos definían la persona diciendo que es una sustancia distinguida numéricamente por sus propiedades respecto de otras de la misma naturaleza.

El sentido pleno de esta definición parece ser el siguiente: la persona es una sustancia racional que puede entenderse como singular por sus propias propiedades. Así, el Padre por la generación activa; el Hijo por el nacimiento; y el Espíritu Santo por la procesión; junto con otras características semejantes que pertenecen singularmente a cada una de las personas. Pero la sustancia y la naturaleza de las tres son simples y únicas.

Las tres personas son una sola naturaleza y una sola sustancia. Las cosas compuestas no se llaman una sola naturaleza, aunque constituyan un solo individuo numérico. Así, el mundo está compuesto de naturalezas diferentes: no es uno por naturaleza, sino únicamente uno en número.

Por ello, la Escritura utiliza el plural únicamente respecto de las personas divinas, como cuando dice: «Hagamos al hombre» o «Venid, descendamos y confundamos su lengua». Con estas expresiones no significa una pluralidad de naturalezas, sino una sola naturaleza y la diferencia entre las personas. La divinidad es una por naturaleza, aunque no por personas.

¿Cómo entender, entonces, la conclusión anteriormente citada, según la cual: «Si el Espíritu no procede solo del Padre, sino también del Hijo, entonces ya no es el mismo uno»? Si pretende decir que el Espíritu no es uno con el Padre y el Hijo, resulta manifiestamente absurdo, porque los tres son una misma realidad por sustancia y naturaleza.

Y si lo que quiere afirmar es que el Espíritu deja de ser una sola persona por proceder de dos personas, también esto está completamente alejado de la verdad. En efecto, de dos luces procede una tercera sin que las dos primeras sufran disminución alguna; asimismo, de la sustancia y de la potencia procede la acción; de la vena y de la fuente mana el río; el Espíritu es enviado por el Padre y por el Hijo; y el mundo fue creado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por todo ello resulta evidente que es falsa la consecuencia menor y también la conclusión según la cual la diarquía destruiría la monarquía en la divinidad.

De lo expuesto anteriormente aparece claramente que el Padre y el Hijo no son llamados dos principios ni dos causas. Ni siquiera el Padre, aunque carezca de principio, recibe el nombre de monarca. Pues la monarquía pertenece a la naturaleza, no a la persona. Es manifiesto, por tanto, que no se sigue en absoluto el inconveniente que ellos alegan cuando se afirma que el Espíritu procede no solo del Padre, sino también del Hijo.


CAPÍTULO XII

Sin embargo, Nicetas vuelve a insistir diciendo:

Si para todos los que meditan rectamente los dogmas divinos resulta claro e indudable que todo aquello que se contempla o se comunica del mismo modo en la Trinidad fuente de vida y creadora universal, o bien se predica de las tres personas, o bien pertenece singularmente a una sola de ellas; y si la emisión del Espíritu no se presenta como algo común según esa misma procesión en la Trinidad vivificante, entonces necesariamente será propia de una sola persona. Si esto es así, ¿confesarán que pertenece únicamente al Padre, o también al Hijo? Si responden que pertenece al Padre, aun contra su voluntad abandonarán su propia opinión. Pero si responden que pertenece al Hijo, ¡qué impiedad tan grande!, pues se la quitan al Padre para atribuírsela al Hijo. Tendrán entonces que admitir que las propiedades propias pasan de una persona a otra y se intercambian mutuamente. Más aún, en la divinidad habría una confusión y un desorden absolutos, precisamente en aquella que da orden a todas las cosas. Y no solo eso: la Trinidad dejaría de ser lo que es, al sucederse y cederse mutuamente las propiedades personales, lo cual está lleno de toda impiedad. Por consiguiente, el Espíritu no procede del Hijo como procede del Padre, según afirman algunos.

Esta argumentación sería quizá necesaria si las premisas introducidas por los adversarios hubieran sido realmente concedidas o establecidas. Pero ni ellos las conceden ni las han supuesto; tampoco son evidentes por sí mismas, como se desprende de lo que sigue.

Es claro que todo cuanto pertenece propiamente a la naturaleza es común a las personas de una misma sustancia: por ejemplo, la eternidad, la inmortalidad y la inmutabilidad por sí mismas. En cambio, los seres que son incorruptibles por participación, como los santos ángeles, tienen un límite y un término. Pero la grandeza de Dios no tiene fin. «¿Adónde iré lejos de tu Espíritu?» La divinidad está en todas partes y en todas las cosas; las tres personas subsisten en todo y son consustanciales entre sí, pues poseen una misma sustancia.

Ahora bien, el Hijo procede del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; pero por ello no se intercambian las propiedades que distinguen al Padre y al Hijo. La filiación y la paternidad no son nombres vacíos aplicados a una sustancia desnuda, ni se suceden una a otra.

Los griegos se burlan de los latinos diciendo: «Si el Espíritu procede del Hijo, el Padre pierde su propiedad.» Pero esto supone considerar que la sustancia consustancial pudiera pertenecer a una sola persona. Si las personas son verdaderamente consustanciales, sus propiedades propias no pueden intercambiarse. ¿Cómo podría lo que es singular poseer la propiedad de otro? De ahí que el carácter, es decir, la propiedad distintiva de la persona, permanezca siempre e inmutablemente unido a cada una de las personas divinas.

Pero no toda propiedad pertenece exclusivamente a una sola persona, ni tampoco toda propiedad pertenece a las tres. Lo que sigue lo mostrará.

La sustancia divina es indivisible; sin embargo, cada una de las personas la posee íntegra y plenamente, sin disminución alguna. ¿Qué inconveniente habría, entonces, en que las personas, permaneciendo inseparablemente unidas, compartan alguna propiedad común del Padre y del Hijo?

No toda propiedad define una persona. Del mismo modo que ciertas propiedades distinguen una naturaleza de otra, algunas propiedades, en seres de distinta naturaleza, separan precisamente esas naturalezas. Así ocurre, por ejemplo, con la capacidad de reír en el hombre o de relinchar en el caballo. Pero cuando se trata de seres de una misma naturaleza, esas propiedades no dividen la sustancia, sino que únicamente distinguen a los individuos dentro de la especie. En cambio, propiedades como ser diestro o zurdo no dividen la sustancia ni definen la persona.

De modo semejante, las personas divinas poseen ciertas propiedades que no producen ninguno de estos efectos. Otras, en cambio, sí distinguen a las personas, y son únicamente tres: la paternidad, la filiación y la procesión.

Pero la propiedad denominada causa o principio de alguna persona no es una propiedad distintiva; lo mismo sucede con otras, como ser ingénito, carecer de causa, carecer de principio, emitir el Espíritu, no tener Padre, no ser el Espíritu Santo, no ser procedente, poseer al Espíritu Santo o enviar al Espíritu Santo.

Por ello, el Padre comunica muchas de estas propiedades al Hijo. Asimismo, el Hijo posee otras propiedades que tampoco son distintivas de la persona, y comunica algunas de ellas al Espíritu, como no ser sin principio, no ser Padre y otras semejantes. Del mismo modo, el Espíritu posee ciertas propiedades que comparte con el Padre, como no ser Hijo, no ser engendrado, diferenciarse del Hijo y otras semejantes que no son propiedades hipostáticas o personales.

Todas estas propiedades se consideran respecto de la sustancia y no caracterizan exclusivamente a una persona. En cambio, una sola propiedad distingue de manera perfecta, inmutable e íntegra a una sola hipóstasis: la paternidad al Padre y la filiación al Hijo.

Porque, aun prescindiendo de todas las demás propiedades que convienen al Padre —como ser ingénito, ser principio o emitir el Espíritu— y conservando únicamente la de ser Padre, el Hijo seguirá siendo siempre Hijo respecto del Padre, y el Padre seguirá siendo siempre Padre respecto del Hijo. El Hijo se llama Hijo del Padre; el Padre, Padre del Hijo. El Hijo no se dice Hijo respecto del hecho de ser ingénito. Porque donde no hay Padre, tampoco hay Hijo.

Así pues, si una sola propiedad distingue plenamente una hipóstasis —aunque cada una de las tres posea muchas propiedades—, necesariamente existen propiedades que no son distintivas de las personas.

Por consiguiente, no es lo mismo poseer propiedades que ser distinguido por ellas. Todo ser viviente posee numerosas propiedades, y, sin embargo, no queda individualizado por todas ellas.

Creo que queda claro, por tanto, que no se sigue inconveniente alguno de que el Padre y las otras dos personas posean propiedades de este tipo, ya que la diversidad de relaciones no introduce composición, como se ve claramente en el caso de los puntos y de las unidades.

En efecto, si se colocan tres unidades en orden, la del medio es segunda respecto de la primera y tercera respecto de la última; siendo la misma unidad primera y segunda según la relación considerada, no por ello adquiere composición. Las unidades, por ser indivisibles, no pueden padecer alteración alguna; no se hacen mayores ni menores entre sí, no aumentan ni sufren cambio contrario. Una misma unidad puede considerarse derecha respecto de la primera e izquierda respecto de la segunda, y aun siendo derecha e izquierda según la relación, no pierde por ello su simplicidad propia.

Del mismo modo, la naturaleza divina no se vuelve compuesta porque posea potencia y acción y exista en tres personas. En todo sentido, la naturaleza divina es simple; y, sin embargo, es toda del Padre, toda del Hijo y toda del Espíritu Santo.

¿Qué tiene, pues, de extraño que, permaneciendo una sola divinidad en tres personas, una misma propiedad pertenezca y se atribuya a dos personas inseparables?

Más aún: según algunos, ciertas afecciones del alma dejan huellas en el cuerpo, y ciertas afecciones del cuerpo dejan huellas en el alma; por eso los fisiognomistas creen poder deducir las disposiciones del alma a partir del aspecto corporal.

Como las pasiones del cuerpo dejan ciertas huellas en el alma —es evidente, pues el alma se duele con el que sufre y se aflige con el herido—, el alma experimenta de algún modo los efectos de la vejez, de la embriaguez y de las enfermedades, y a causa de la indisposición del cuerpo queda impedida en sus operaciones. Cuando cesa ese estado, vuelve a manifestar su claridad, sin que por ello nazca en ella un nuevo entendimiento, pues recuerda lo sucedido incluso después de la embriaguez.

Ahora bien, todas estas cosas y otras semejantes Aristóteles las atribuye al compuesto de alma y cuerpo en el tratado Sobre el alma, cuando dice: «Sentir, amar u odiar no son pasiones del entendimiento, sino del ser que posee el entendimiento, en cuanto lo posee.» Porque, aunque consideraba que el alma no se mueve, no por ello eliminó toda comunicación entre el alma y el cuerpo respecto de las afecciones.

No ofrece dificultad que cada uno de ellos posea propiedades singulares: el cuerpo, por ejemplo, ser rojo, negro o blanco, ser divisible y otras semejantes. En cambio, el alma racional puede entender sin el cuerpo, aun estando en él; puede pensar una sola cosa cuando quiere, sin necesitar nada exterior. Cuanto más se perfecciona interiormente, tanto más fácilmente gobierna las realidades inferiores, se conoce a sí misma y se contempla. De ello se deduce que es separable e inmortal. Sin embargo, ambos poseen también ciertas propiedades comunes: estar unidos en un solo ser viviente, poder separarse mutuamente y volver a unirse.

Aunque ahora hayan cesado todas las formas de comunicación entre el cuerpo y el alma, después de la resurrección recuperarán nuevamente esa comunión. Pues dice el Apóstol: «Es necesario que esto corruptible se revista de incorruptibilidad y que esto mortal se revista de inmortalidad.» Y también: «Se siembra un cuerpo animal, resucitará un cuerpo espiritual.» No porque el cuerpo vaya a convertirse en espíritu, sino porque poseerá muchas más propiedades comunes con su espíritu racional.

La sutileza, ligereza, resplandor incorruptible, gloria de inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo glorioso de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, bendita entre todas las mujeres, parecen resolver completamente toda duda acerca de esto. No cabe dudar de que esas perfecciones pertenecen tanto al cuerpo como al espíritu.

Si, pues, el alma y el cuerpo, siendo realidades tan distintas entre sí, además de sus propiedades propias participan también de algunas comunes, ningún inconveniente hay en que el Padre y el Hijo —que no difieren por voluntad, ni están separados por distancia, ni pueden dividirse sustancialmente— compartan ciertas propiedades no personales y sean juntamente una sola causa y un solo principio del Espíritu Santo. En efecto, incluso en el orden sensible advertimos que dos luces procedentes de una misma luz tienen una sola causa y un solo principio.


CAPÍTULO XIII

Sin embargo, el adversario no cesa de reiterar sus objeciones:

—Si el Hijo y el Padre son una sola causa del Espíritu —dice—, esa causa tiene unidad o bien según el número o bien según la especie. Si el Padre y el Hijo son una sola causa numérica del Espíritu Santo, ¿por qué entonces el Padre y el Hijo no son una sola persona? Además —añade—, toda causa que es numéricamente una o bien procede de algún principio, o bien carece de principio. Pues tener principio y carecer de principio no parecen poder convenir a una misma realidad numéricamente una. Ahora bien, la causa de la que hablamos no tiene principio en cuanto se dice del Hijo. Luego el Padre y el Hijo no son una única causa numérica del Espíritu Santo.

Tampoco —continúa— son una única causa próxima según la especie. Porque las cosas que poseen el ser de manera semejante por participar de una misma especie tienen una unidad específica, no una unidad numérica. Si esto es así, la causa del Espíritu no será una numéricamente, sino solamente una según la especie. En efecto, una causa numéricamente una es necesariamente una realidad individual, mientras que aquello que posee unidad específica pertenece a muchos individuos.

Pongamos un ejemplo: la sílaba ba, considerada según la especie, aparece como parte de muchas palabras diferentes. Si poseyera unidad numérica, sería una realidad individual separada y sólo podría formar parte de una única palabra. Pero quien razonara de este modo tampoco concluiría correctamente cuando, porque se dice con verdad que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, afirmara después que ninguno de los tres es Dios engendrado ni Dios no engendrado, y concluyera por ello que no son un solo Dios.

El griego responde:

—Cuando decimos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, no entendemos que esa unidad sea numérica, sino según la naturaleza o la especie. Al decir que son un solo Dios, no queremos significar otra cosa sino que poseen una misma sustancia divina: el Padre es Dios, pero no "Dios Padre" en cuanto la divinidad misma; el Hijo es Dios, pero no "Dios Hijo". Porque la divinidad, en cuanto divinidad, no admite propiedades personales.

Esta objeción puede resolverse, a mi juicio, tanto por otros argumentos como por los que siguen.

La división de la causa en una según el número o una según la especie se aplica a la causa material, a la formal y a las demás clases de causas de las que hablan los filósofos. Pero ni el Padre solo, ni el Padre juntamente con el Hijo, son causa material o formal del Espíritu Santo. Tampoco son causa eficiente ni causa final, como podrá verse con mayor claridad mediante la enumeración de las cuatro causas distinguidas por los primeros filósofos.

En efecto, una causa es eficiente, otra material, otra formal y otra final. A su vez, unas son intrínsecas, como la material y la formal; otras son extrínsecas, como la eficiente y la final.

La causa eficiente es extrínseca porque depende de la voluntad: disponemos realizar las cosas conforme a nuestra voluntad, y aquello que puede moverse localmente se mueve según ella. Pero el Padre no está fuera del Hijo, ni el Hijo es una obra fabricada.

La causa material está presente en la cosa misma, como los cimientos en una casa, el bronce en una estatua o las letras en las sílabas. El bronce puede existir sin la estatua; pero es imposible que el Espíritu exista sin el Padre y el Hijo.

La causa formal es la que determina la naturaleza de las cosas. Según la especie —no en cuanto deriva del género por las diferencias específicas, sino en cuanto distingue las cosas de la materia— se identifican las realidades. Pero el Padre no es la especie del Hijo ni del Espíritu Santo. Más bien, si fuera lícito expresarse así, habría que decir que el Hijo es la manifestación o "especie" del Padre, pues Él mismo dio a conocer el nombre del Padre a los hombres.

La causa final es aquello por lo cual una acción se realiza, como la salud respecto de la medicina. Es la causa en vista de la cual existen las demás, sin ser ella misma causa de otra, y se considera como algo exterior a la cosa. Pero el Padre está siempre presente y jamás se separa del Espíritu. Luego el Padre no es causa final del Espíritu.

Resulta, por tanto, manifiesto que el Padre no es causa del Hijo ni del Espíritu Santo según ninguno de los modos de causalidad antes mencionados. El modo por el cual el Padre es Padre y causa del Hijo, y juntamente con el Hijo una sola causa y un solo principio del Espíritu Santo, es inefable e inexpresable.

De lo dicho se desprende claramente que las categorías filosóficas mencionadas no convienen propiamente a las Personas divinas. Cada una de ellas conduce siempre a admitir algo que en Dios no existe.

Porque, así como el Padre, también el Hijo y el Espíritu Santo no pueden ser jamás inferiores en cosa alguna: cada uno es digno de ser amado por sí mismo, libre por sí mismo y bueno por sí mismo.

Puesto que ya se ha demostrado que la condición de causa no constituye una propiedad personal, resulta manifiesto y evidente que no se sigue ningún inconveniente si se cree que el Padre y el Hijo son una sola causa y un solo principio del Espíritu Santo. Queda así claramente refutada la tesis del obispo de Nicomedia y de otros que afirman:

"Lo que no es propio de uno solo pertenece en común a los tres. Luego, si la causa de la procesión del Espíritu no pertenece únicamente al Padre, sino también al Hijo, será necesario que también pertenezca al Espíritu. En consecuencia, el Espíritu será a la vez quien emite y quien es emitido."

Esta conclusión está llena de falsedad.

Es común al Padre y al Hijo no proceder de otro, no ser espíritu de nadie y no ser el Espíritu Santo. Del mismo modo que, en las categorías sustanciales, el simple hecho de "ser" es común a toda sustancia, tanto primera como segunda, así también, como dice Porfirio, es común al propio y al accidente inseparable el no poder existir nunca separados de aquello en que se encuentran.

Dejando aparte estas negaciones, diré una sola cosa positiva: es común al Padre y al Hijo tener una relación mutua.

Toda relación, aunque se considere entre varios sujetos, constituye una sola propiedad relacional. De ello se deduce nuevamente que dos personas pueden poseer una única propiedad relacional. Aunque a veces se hable de ella en plural, ese plural no se debe a la relación misma, sino a los sujetos que participan de ella, pues la relación se manifiesta más fácilmente a través de quienes están relacionados.

También es común al Padre y al Hijo poseer el carácter de referirse mutuamente el uno al otro y, al mismo tiempo, distinguirse entre sí de manera perfectamente correlativa.

¿Y quién negará que también les es común pertenecer a la categoría de las realidades relativas (ad aliquid)? Pues así como el Padre es llamado Padre del Hijo, así el Hijo es llamado Hijo del Padre. La predicación se corresponde exactamente en ambos sentidos; esto es lo que se llama conversión, porque así como uno se predica del otro, también el otro se predica recíprocamente del primero.

Del mismo modo, la definición de las cosas relativas —aquellas cuyo mismo ser consiste, de algún modo, en estar referidas a otra cosa— se aplica al Padre y al Hijo, en cuanto son realidades relativas, pero no al Espíritu Santo.

Y puesto que, a mi parecer, esto basta para responder a la objeción propuesta, la materia misma exige que pasemos a las demás contradicciones que aún quedan por examinar.


CAPÍTULO XIV

He aquí otra objeción que propone el obispo de Metone:

—Si la procesión del Espíritu desde el Padre es perfecta —dice—, y es perfecta porque el Espíritu es Dios perfecto que procede del Padre, Dios perfecto, ¿qué añade entonces a esa perfección la procesión desde el Hijo? Si también ésta aporta algo, la primera ya no era perfecta. Pues ¿cómo puede ser perfecta si le falta precisamente aquello que la otra le confiere? Pero si la procesión del Espíritu desde el Hijo es exactamente la misma que la procesión desde el Padre y nada añade para explicar la perfección del Espíritu, entonces esa procesión desde el Hijo resulta completamente superflua. Y sería vano quien introdujera algo superfluo en una Trinidad que ya es plenamente perfecta y consumada.

A mí, ciertamente, este razonamiento no me parece suficiente para negar la procesión del Espíritu desde el Hijo.

El alma humana, siendo limitada y pasible, no puede abarcar fácilmente las realidades más altas y nobles, sobre todo cuando trata de las cosas divinas, pues se encuentra envuelta en tinieblas. Las heridas más terribles no las producen tanto las armas de los combatientes como la ignorancia. En este caso, una ignorancia revestida de aparente prudencia arroja contra los latinos esta y muchas otras objeciones semejantes, como quien intenta asustar a unos niños con cualquier viento anunciándoles un naufragio.

Pero también podría preguntarse, con la misma lógica: el Hijo es perfecto porque procede del Padre perfecto; es Dios perfecto nacido de Dios Padre perfecto. En realidad, sólo Dios parece ser verdaderamente perfecto, pues únicamente Él posee la perfección absoluta, sin que exista nada superior a Él ni necesite de nadie. Todas las demás cosas sólo se llaman perfectas de manera impropia: unas respecto de la cantidad, otras de la cualidad y otras en sentido figurado, como cuando se habla de un perfecto calumniador, un perfecto ladrón o una perfecta destrucción. Incluso se dice que algo "se perfecciona" cuando llega a su término o consumación.

Si, pues, el Hijo es perfecto por proceder del Padre perfecto, ¿qué aporta entonces el Espíritu a esa perfección? Si aporta algo, ni el Padre ni el Hijo serían perfectos. Porque ¿cómo sería perfecto quien necesitara precisamente aquello que el Espíritu le proporciona? Pero si el Padre y el Hijo son un solo Dios perfecto y nada puede añadirse para manifestar la perfección del Padre, entonces el Espíritu resultaría superfluo, pensamiento que es impío.

Así como todo pertenece al Padre y al Hijo, así también pertenece al Espíritu Santo. Aquellos a quienes llama el Padre, también los llama el Hijo; y aquellos a quienes llama el Hijo, también los llama el Espíritu. A quienes santifica el Padre, los santifica igualmente el Espíritu, aunque de éste se diga: «No hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oyere». Esto demuestra principalmente la verdad de la comunidad de naturaleza, no una inferioridad del Espíritu.

Todo ser racional, cuando habla según su propia voluntad, lo hace libremente y no por debilidad ni por azar. El Espíritu de Dios, en cambio, no obra de ese modo. Todo cuanto quiere el Espíritu es voluntad de Dios, y todo cuanto quiere Dios es voluntad del Espíritu Santo.

Los profetas y los demás hombres no siempre quieren lo mismo que Dios quiere. Pedro negó a su Maestro; Aarón murmuró contra Moisés; Jeremías rehusó inicialmente la misión profética. El Espíritu, en cambio, nunca obra así. Nunca quiere unas veces lo que es de Dios y otras lo que es suyo propio, porque no posee una voluntad distinta en sí mismo. Tampoco el Hijo posee una voluntad diversa, pues una sola y la misma voluntad y perfección pertenecen a las tres Personas.

Por consiguiente, la perfección de la procesión del Espíritu desde el Padre no impide que también proceda del Hijo, del mismo modo que la perfección con que el Hijo procede del Padre no impide la perfección con que el Espíritu procede del mismo Padre.

Queda, pues, claro que el Espíritu recibe de ambos tanto su perfección como su ser.

Porque, si la procesión del Espíritu proviniera exclusivamente del Padre, sin participación alguna del Hijo, quedaría disminuida la dignidad del Hijo. En efecto, si el Hijo, precisamente porque sólo es engendrado por el Padre, sólo por el Padre es dado y enviado, por la misma razón, si el Espíritu procediera únicamente del Padre, sólo el Padre podría darlo y enviarlo. Pero dar y enviar el Espíritu pertenece también a la dignidad del Hijo.

Por consiguiente, si el Padre enviara al Espíritu de manera exclusiva e independiente, la dignidad del Hijo quedaría disminuida, cosa cuya sola idea resulta impía y sacrílega. Luego la procesión del Espíritu procede de ambos.

Además, como ya se mostró anteriormente, el Padre y el Hijo no tienen nada en común precisamente en aquello por lo cual uno es Padre y el otro es Hijo; esas propiedades personales los distinguen del mismo modo que los individuos de una especie se distinguen dentro de una misma naturaleza.

En cambio, el Espíritu es, por así decirlo, la cualidad del Padre y del Hijo, según parece afirmar claramente el gran Cirilo en el séptimo discurso dirigido a Hermias, cuando dice:

«Cristo nunca realizó signos y prodigios por medio de Pablo mediante una fuerza ajena. El Espíritu Santo es la acción natural y viviente, y, por decirlo así, la cualidad de la divinidad del Hijo. Si esto es así, ¿cómo podría ser una criatura aquello que está en Dios y procede naturalmente de Dios?»

Y en otro lugar añade el mismo autor:

«Es como un vapor y una cualidad de la misma sustancia del Padre. Esta cualidad es ciertamente santa; pero no es un accidente, sino más bien una de las Personas de la Santísima Trinidad y verdadero Dios.»

Lo mismo parece atestiguar el teólogo Juan cuando dice:

«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.»

Cuando este amor hacia el prójimo es intenso e inagotable, el Espíritu habita en nosotros y hace que permanezcamos en Dios y Dios en nosotros. Esto se conoce sobre todo por sus obras.

Así como nadie ve el alma, pero reconoce su presencia por sus movimientos y operaciones, del mismo modo el amor de Dios se manifiesta en nosotros mediante ciertas acciones y movimientos que produce el Espíritu que nos ha sido dado, según está escrito:

«Porque nos ha dado de su Espíritu.»

Este Espíritu, siendo puro, comunica realidades puras e inmaculadas.

Tal don es el Espíritu Santo, llamado caridad, por quien el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. Este mismo amor pertenece igualmente al Padre y al Hijo.

Porque quien es amado debe corresponder al amante con igual afecto, ya que el amor verdadero y perfecto consiste en una mutua e igual correspondencia. De otro modo, sería una falta devolver un afecto desigual a quien ama y corresponder de manera distinta al amado.

Esta caridad une inefablemente al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre; esta misma unión nos atrae al amor de Dios y mueve al Hijo hacia el amor del Padre.

El amor por el cual las tres Personas se unen mutuamente no permanece inactivo en Dios.

Por eso no debe pensarse que Dios sea llamado amor únicamente por causa de los hombres. Antes de todos los siglos ya existía la Caridad, que es el Espíritu Santo, como atestigua el apóstol Pablo cuando dice:

«La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.»

Según afirma Crisóstomo, éste es un don abundante y excelentísimo:

«Dio el don más grande; no el cielo, ni la tierra, ni el mar, sino aquello que es más digno que todas esas cosas: aquello que hizo de los hombres ángeles, hijos de Dios y hermanos de Cristo.»

Y poco después, comentando la Epístola a los Romanos, añade:

«No nos honró poco a poco y con demora, sino que de repente derramó sobre nosotros la fuente de todos los bienes, y esto antes incluso de nuestros combates. Por eso, aunque no seas muy digno, no desesperes: tienes un gran defensor, la caridad, ante el Juez.»

¿Y cuál es esa fuente suprema de todos los dones y bienes? Sin duda Dios Espíritu Santo, a quien el evangelista llama caridad cuando dice:

«Dios es amor.»

También san Jerónimo comenta sobre el Salmo XIV:

«El Espíritu Santo no es el Padre ni el Hijo, sino el amor que el Padre tiene al Hijo y el Hijo al Padre.»

Asimismo, san Agustín dice en el libro VI De Trinitate:

«En todo es el Hijo igual al Padre y de una misma e idéntica sustancia.»

Por consiguiente, también el Espíritu Santo permanece en esa misma unidad de sustancia e igualdad. Ya se le llame unidad de ambos, santidad o caridad, es manifiesto que no es ninguno de los dos, sino aquello por lo cual ambos están unidos, aquello por lo cual el Engendrado ama a quien lo engendró y es amado por Él.

Puesto que el Espíritu es amor tanto del Padre como del Hijo, así como procede del Padre, también procede del Hijo.

Resulta, pues, manifiesto por lo ya dicho que, si el Espíritu no fuera también Espíritu del Hijo ni procediera de Él, sería imposible que fuese Espíritu del Padre o procediera del Padre.

Porque anteriormente quedó demostrado que la procesión del Espíritu desde el Padre y desde el Hijo es una e idéntica; también se mostró que es común al Padre y al Hijo emitir de sí mismos al Espíritu. Igualmente se ha probado que, además de la propiedad de emitir, el Padre y el Hijo poseen otras muchas propiedades comunes que no pertenecen al Espíritu.

También se dijo que el Padre no emite al Espíritu en cuanto es Padre, sino en cuanto es principio y causa. Y no por ello se confunden en una sola Persona, aunque el Espíritu proceda de ambos mediante una única e indistinta procesión.

Tampoco se pierde la indivisibilidad ni la simplicidad divina, ni surge el monstruo del semiarrianismo o el error semisabeliano, como si el Padre dejara de conservar su propia propiedad al comunicar algo de ella al Hijo.

De igual modo, el Hijo permanece señalado únicamente por su propiedad filial, sin que el Padre participe de ella. No todo cuanto pertenece en común al Padre y al Hijo pertenece también al Espíritu, ni viceversa.

Por eso es falsa la afirmación de quien dice:

«Todo cuanto posee el Hijo lo posee también el Espíritu, excepto el ser engendrado.»

Porque, si el Hijo posee la facultad de emitir al Espíritu, también el Espíritu debería poseerla, lo cual está muy lejos de la verdad. El Hijo envía al Espíritu porque lo posee; pero el Espíritu ni envía otro Espíritu ni, propiamente hablando, se envía a sí mismo.


CAPÍTULO XV

Pero el nuevo filósofo bizantino no está de acuerdo con estas y otras razones semejantes. Dice, en efecto:

«Si el Espíritu procede del Padre y del Hijo, como algunos afirman y enseñan, es necesario que la procesión del Espíritu desde el Padre y el Hijo sea o bien simultánea, sin tiempo y eterna, o bien según un antes y un después. Si es según un antes y un después, cualquiera que sea el primero de los dos, la blasfemia resulta manifiesta, pues el Espíritu sería anterior y posterior a sí mismo, eterno y temporal, reciente y antiguo, sometido al tiempo y anterior al tiempo, ya que su procesión no coincidiría con su existencia, lo cual está lleno de impiedad.

Pero si procede simultáneamente, fuera del tiempo y eternamente, de ambos, es decir, del Padre y del Hijo —posición en la que se apoyan quienes sostienen la opinión contraria—, hay que preguntarles si entienden que procede así de ambos de modo principal o de alguna otra manera. Pues si dicen que procede principalmente de ambos, la blasfemia es manifiesta. Habría entonces, en la Trinidad supraesencial, sobrenatural y fuente de vida, dos personas principales, sin principio y sin causa; por consiguiente, habría dos causas, dos principios y dos seres que no tienen ni causa ni principio. De este modo, lo que pertenece a la religión cristiana quedaría trasladado a una pluralidad de dos, infiriéndose una grave injuria a la Trinidad, fuente de vida y supraesencial.

Y si no dicen que procede principalmente, aunque sí simultánea y eternamente, sino de un modo más propio o más remoto, o primaria y secundariamente, también así nace la impiedad. En primer lugar, porque entonces el Hijo sería más causa del Espíritu y el Padre menos causa. En efecto, la causa próxima es más causa que la remota, según lo enseñan las nociones comunes y el mismo discurso de la verdad. Pero en la divinidad, que es inmutable e inalterable, y en las hipóstasis divinas, no puede encontrarse un más o un menos, puesto que todas las cosas comunes pertenecen por igual a las divinas personas y con la misma gloria.»

Estas y otras razones semejantes compone y afila el citado filósofo, pero no son capaces de herir a sus adversarios. En efecto, los latinos no afirman en Dios ni un antes y un después según el tiempo, ni una causalidad principal y otra secundaria; y hacen bien en ello. Lo divino está por encima del número y de la sucesión temporal; donde existe una sola y misma comunión, el número queda abolido y la concordia se reúne en la unidad.

Por eso, rechazando que el Espíritu proceda principalmente de uno u otro, afirman que procede igualmente de ambos. Dicen, en efecto: «Si en la Santísima Trinidad no existe prioridad según el tiempo, ni según la naturaleza, ni según el honor o la potestad, ninguna de las tres personas es principalmente respecto de otra; más bien, aquello que no procede de nadie según un orden posterior, tampoco parece proceder principalmente de alguno.»

Por esta razón, atendiendo al modo singularísimo de la causalidad y al orden inefable por el cual el Espíritu es considerado tercero y el Hijo segundo respecto del Padre, no puede deducirse nada semejante. En efecto, si porque el Padre no recibe de nadie el Espíritu, mientras que el Hijo lo recibe del Padre, se concluyera que el Hijo lo posee principalmente del Padre, por la misma razón habría que afirmar que todo cuanto posee el Hijo pertenece principalmente al Padre.

Pero, si esto fuera así, sólo el Padre viviría principalmente, reinaría principalmente, juzgaría principalmente y, más aún, sería principalmente persona. Si se concedieran tales afirmaciones, parecería hacerse al Apóstol reo de mentira cuando dice que el Hijo «no consideró usurpación ser igual a Dios Padre». Asimismo, ¿cómo permanecerían en pie aquellas palabras: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí», y otras muchas que podrían añadirse?

En cuanto a lo que sigue, a saber, que la causa próxima es más causa y la remota menos causa, basta, a mi juicio, responder que esto tiene lugar en las realidades naturales, en la lógica y en otras semejantes, donde la causa próxima y la remota no son una y la misma. Pero en las divinas personas, de ninguna manera; tanto por muchas otras razones que ahora conviene callar, como porque el Padre y el Hijo son absolutamente la misma causa, tanto próxima como mediata.

En efecto, el Padre no es anterior al Hijo ni según el tiempo, ni según la naturaleza, ni según ningún otro aspecto. Por tanto, no puede decirse que el Espíritu proceda principalmente del Padre y secundariamente del Hijo, ni mucho menos —como los griegos afirman de un modo sumamente inverosímil— que no proceda del Hijo bajo ningún concepto. Pues así como el Padre y el Hijo existen simultáneamente por naturaleza antes de todos los tiempos y poseen la misma dignidad, así también todo cuanto puede el Padre lo puede el Hijo, y nada puede excluirse del poder común del Padre y del Hijo.

El Padre no puede pecar, ni tampoco el Hijo. Pecar no es una realidad existente, sino únicamente una privación del bien, una debilidad, como dice el Apóstol: «Cristo murió por nosotros cuando aún éramos débiles.» Y David dice: «Se multiplicaron sus debilidades.» Por ello tampoco es posible para Dios hacer que lo ya sucedido no haya sucedido. Dios es veraz, y hacer que un hecho ocurrido no hubiera ocurrido sería una mentira.

Más fácil sería que Dios dejara de ser distinto de sí mismo, que se arrepintiera o abandonara su propia naturaleza; es decir, afirmar que podría dejar de ser Dios, lo cual es completamente ridículo e inútil.

Por eso dice Aristóteles:

«No hay potencia respecto del pasado, sino respecto del presente o del futuro; pues de ningún modo es posible que el tiempo pasado exista ahora. Tampoco era verdadero decir, cuando aquel momento transcurría, que existía ahora esa porción de tiempo. Si el pasado no puede volver al presente o al futuro, tampoco es posible que aquello que ahora existe o existirá haya existido en el tiempo pasado. Y aquello a lo que se le quita toda aptitud para existir, no puede poseer verdadera potencia alguna. Por consiguiente, no hay posibilidad respecto del pasado, sino sólo respecto del presente o del futuro.»

Por esta razón, todo lo pasado es necesario, no posible ni contingente.

Así pues, el Padre y el Hijo pueden igualmente todas las cosas; sin embargo, quieren lo mejor. Si alguien dijera: «No todo lo que puede el Padre lo puede también el Hijo, y viceversa, porque el Padre, siendo Padre, no puede ser Hijo, ni el Hijo puede ser Padre», debe responderse que estas y otras afirmaciones semejantes son más bien negaciones. Las negaciones son infinitas y no poseen naturaleza ni subsistencia; por tanto, tampoco constituyen verdaderas potencias. De ello se sigue claramente que no pertenece a ninguna potencia el que el Padre sea el Hijo, pues semejante afirmación destruiría a ambos.

Asimismo, si alguien dijera que una cosa es poder engendrar y otra poder ser engendrado, y que lo primero sólo puede el Padre y lo segundo sólo el Hijo, de donde parecería que el Padre y el Hijo poseen potencias distintas entre sí, debe responderse que es una misma la potencia por la cual el Padre puede engendrar y aquella por la cual el Hijo puede ser engendrado, aunque resplandezca en propiedades diversas.

Del mismo modo, una sola es la capacidad del hombre para adquirir las ciencias, gracias a la cual puede llegar a ser orador o filósofo; sin embargo, según la elocuencia se le llama orador y según la música, músico.

Por distinciones semejantes se manifiestan las potencias y las propiedades de las tres personas, como en el fiel de una balanza. Pero si, como sostienen los griegos, sólo el Padre pudiera emitir el Espíritu, tales distinciones quedarían defectuosas, y parecerían desaparecer tanto la igualdad de poder como la igualdad de propiedades de las divinas personas.

Esto puede demostrarse de la siguiente manera. Sólo el Padre posee singularmente dos actos máximos en la Trinidad: engendrar al Hijo y emitir al Espíritu. Que ambos son distintos resulta evidente, pues de lo contrario surgiría una contradicción manifiesta. En cuanto puede engendrar, puede tener un Hijo; pero en cuanto puede emitir, no puede tener un Hijo. Por tanto, según una cosa puede engendrar y según otra distinta puede emitir.

Ahora bien, quien posee singularmente dos prerrogativas máximas en la Trinidad posee más propiedades singulares que aquel que sólo posee una, como el Hijo, que únicamente puede ser engendrado. Si el Hijo sólo posee esta única prerrogativa singular en la Trinidad, no es igual al Padre, que posee singularmente dos de las mayores. Pues si fuera igual al Padre en la Trinidad, poseería tantas prerrogativas singulares como el Padre. Sin embargo, ni el Hijo ni el Espíritu poseen dos de ellas. Luego sólo el Padre posee más prerrogativas singulares en la Trinidad que el Hijo solo o el Espíritu solo.

Tal vez alguien objete diciendo que semejante conclusión no se sigue de las premisas, porque el verbo «poder», cuando se emplea en plural, se refiere únicamente a las propiedades; del mismo modo que la palabra «persona», entendida singularmente, se dice según la sustancia, pero cuando pasa al plural no indica varias sustancias, sino varias propiedades. Esto puede advertirse por la misma consecuencia de las proposiciones: si una persona implica una sustancia, dos personas no implican dos sustancias, ni nada semejante.

Del mismo modo —dicen—, el verbo «poder», entendido en singular, se emplea sustantivamente, y puesto que las tres personas son un solo ser, cuanto pueden dos, eso mismo puede cada una de las tres por sí sola. Pero cuando se habla en plural de las potencias dentro de la Trinidad, el término indica únicamente las propiedades.

Así, el verdadero sentido de la conclusión antes propuesta —«Sólo el Padre puede singularmente más cosas en la Trinidad que el Hijo solo o el Espíritu solo»— sería éste: que el Padre posee él solo más propiedades personales singulares que el Hijo solo o el Espíritu solo.



CAPÍTULO XVI

Pero me parece advertir que una respuesta semejante más bien dificulta la cuestión que la resuelve. En efecto, tanto si se dice que el Padre posee dos propiedades o dos potestades y el Hijo sólo una, se introduce una desigualdad, ya sea de propiedades, ya de poder, y considero detestable cualquiera de las dos.

Así como una y la misma es la potestad de las tres personas, según la cual el Padre puede singularmente una cosa, el Hijo otra y el Espíritu otra, así también el número de las propiedades debe conservarse exactamente igual en cada una de las personas, para que no aparezca ninguna desigualdad.

Pues, como Dios nada hace ni posee en vano, de ningún modo creo que deba admitirse que el Padre tenga más propiedades que el Hijo. Porque, si el Padre aventaja al Hijo en alguna propiedad, o bien puede algo en virtud de ella, o bien no puede. Si puede, ya no existe una igualdad absoluta entre el Padre y el Hijo en cuanto a su poder singular, y la conclusión anteriormente establecida no puede ser censurada. Pero, si no puede, esa propiedad sería completamente inútil.

Por consiguiente, puesto que ninguna de las propiedades de las personas divinas puede existir sin el correspondiente título de poder, no cabe duda de que, si una persona aventaja a otra en alguna propiedad, también la aventaja en el correspondiente poder singular.

Debe advertirse, sin embargo, que esta consideración sólo tiene lugar en aquellas realidades en las que las propiedades pueden ser causa de debilidad o de imperfección, o en aquellas en que una sola propiedad puede equivaler a varias. Pero nada de esto tiene cabida aquí; de otro modo, la criatura superaría en poder a su Creador y muchas veces el siervo a su Señor.

Además, si el Espíritu, en virtud de la única propiedad singular que posee, a saber, proceder, puede tanto como las dos propiedades singulares del Padre, entonces el poder propio del Espíritu sería mayor que cualquiera de los dos poderes propios del Padre.

Por el contrario, si ese poder singular del Espíritu no equivale a las dos propiedades propias del Padre, entonces el Padre puede singularmente más cosas en la Trinidad que el Hijo o el Espíritu, como demostraban los argumentos precedentes.

El origen y la causa de tales inconvenientes consiste precisamente en atribuir al Padre una relación con el Espíritu que se niega al Hijo. Y puesto que de semejante doctrina se siguen imposibilidades, no queda más remedio que afirmar que sólo el Padre puede singularmente engendrar, sólo el Hijo puede ser engendrado y sólo el Espíritu Santo puede ser emitido.

Sin embargo, no debe pensarse que, porque el Espíritu procede de dos, su existencia personal sea doble. Esto resulta evidente en las matemáticas. Un punto superpuesto a otro punto, sin intervalo alguno, no produce una pareja de puntos ni se convierte en otra cosa distinta de lo que antes era.

Del mismo modo, una línea superpuesta a otra línea no constituye una superficie, ni aumenta, ni pasa a otra especie. Lo mismo se considera válido respecto de las superficies y de las figuras de las letras.

Pero cuando el Espíritu procede del ser íntegro tanto del que engendra como del engendrado, desaparece todo exceso, toda superioridad y toda desigualdad entre las personas que poseen sus respectivas propiedades singulares.

Por ello, según la doctrina de los latinos, no puede construirse respecto de ninguna de las tres personas un razonamiento que concluya que una de ellas posee más propiedades que otra o puede singularmente más cosas que otra. Todo cuanto se aduce en ese sentido es ἀνάκολουθον, es decir, una consecuencia que no se sigue, como lo demuestran los razonamientos anteriores.

Queda, pues, eliminada toda desigualdad, incluso la que algunos imaginaban respecto del Espíritu, ya sea frente al Padre o frente al Hijo. Porque el Padre posee algo singularmente y algo juntamente con el Hijo; el Hijo posee algo singularmente y algo juntamente con el Espíritu; y el Espíritu también posee algo singularmente y algo juntamente con el Padre, aunque quizá todavía no se haya encontrado un nombre para expresarlo.

En realidad, lo que con estas expresiones se quiere significar es que estar unido inmediatamente al Hijo y ser causa o principio causal dentro de la Trinidad pertenece únicamente al Padre y al Espíritu; asimismo, el calificativo ἀπάτωρ ("sin padre") sólo se predica de estos dos.

Igualmente, diferir del Hijo, ser distinto del Hijo, ser otra persona que el Hijo y poseer una propiedad distintiva diversa del Hijo conviene precisamente a ambos, al Padre y al Espíritu, de tal modo que cada uno de ellos posee algo que sólo corresponde a esos dos. Y estas equivalencias encuentran también su correspondiente en el Hijo respecto de cada uno de los otros dos.

Además, existen otras propiedades comunes al Padre y al Hijo, al Hijo y al Espíritu, y al Espíritu y al Padre, que no pertenecen aisladamente a cada una de las personas; por ejemplo, ser dos personas, poseer dos propiedades distintivas y poder singularmente ciertas cosas dentro de la Trinidad, así como cualquier otra semejante que pueda imaginarse.

Por consiguiente, aunque el Padre y el Hijo puedan singularmente dos cosas en la Trinidad y el Espíritu una sola, de ello no se sigue ninguna desigualdad ni inferioridad, porque el Espíritu posee esa misma prerrogativa juntamente con el Padre.

Debe advertirse también que, así como entre los objetos sensibles una cosa es lo que todos tienen en común y otra lo propio de cada uno —es común ser perceptibles por los sentidos, mientras que es propio ser percibidos por el color mediante la vista o por el sonido mediante el oído—, así también es común a las tres personas estar caracterizadas por una propiedad personal.

En cambio, es común únicamente a dos de ellas emitir; a dos ser causa; y a dos estar unidas inmediatamente al Hijo. Todas estas propiedades, consideradas respecto de cada pareja, son comunes; lo propio de cada persona es, en cambio, que una engendre, otra sea engendrada y otra proceda.

Y si alguien insistiera en que una cosa es proceder del Padre y otra proceder del Hijo, no por ello se sigue que existan dos procesiones distintas, una del Padre y otra del Hijo. Del mismo modo, una cosa es prestar juramento al rey y otra prestarlo al heredero del reino; sin embargo, una sola es la fidelidad por la cual el juramento obliga respecto de ambos.

Así pues, de todo lo anterior se desprende claramente que en la Trinidad no debe hablarse de un antes y un después, ni de una procedencia principal o secundaria por el hecho de que el Espíritu proceda del Hijo.

Tampoco debe entenderse en ese sentido aquella afirmación de san Agustín:

«No se dice que el Padre sea Dios porque de él haya sido engendrado el Verbo y de él proceda principalmente el Espíritu Santo.»

Ni tampoco aquella de san Jerónimo:

«Creemos en el Espíritu Santo, que procede propiamente del Padre.»

Pues Agustín explica inmediatamente el sentido de sus palabras cuando añade:

«Añadí principalmente porque también se encuentra que el Espíritu Santo procede del Hijo; pero esto mismo le fue dado por el Padre al engendrarlo: que el Espíritu Santo procediera también de él.»

Por tanto, los términos principalmente y propiamente se emplean aquí en un sentido acomodado, es decir, porque el Padre posee esto por sí mismo y no de otro, mientras que el Hijo lo recibe del Padre, de modo que el Espíritu Santo procede del Hijo del mismo modo que procede del Padre. Pero esto no introduce absolutamente ninguna diferencia en la procesión, como puede comprenderse claramente mediante el conocimiento de la gramática.

Así, por ejemplo, el verbo no recibe de nadie el tiempo verbal, mientras que el participio lo recibe del verbo; sin embargo, ambos poseen el tiempo de la misma manera y éste conviene igualmente a los dos. Del mismo modo, el Espíritu Santo procede del Hijo exactamente igual que procede del Padre.

Esto vuelve a confirmarse por las razones siguientes. Si sólo el Padre, como sostienen los griegos, emite al Espíritu Santo, entonces el Espíritu Santo sería únicamente Espíritu del Padre.

En efecto, si el Padre no es padre sino del Hijo engendrado por él, y el Hijo no es hijo sino del Padre que lo engendra, es manifiesto que el Espíritu no es Espíritu de nadie sino del Padre que lo emite.

Por consiguiente, si el Espíritu es también Espíritu del Hijo, resulta claro que también es emitido por él.

Asimismo, es propio del Padre engendrar, propio del Hijo ser engendrado y propio del Espíritu Santo proceder. Pero el Padre es Padre únicamente del Hijo, y el Hijo es Hijo únicamente del Padre, porque sólo de él es engendrado.

Luego, si el Espíritu procede únicamente del Padre, será únicamente Espíritu del Padre. Pues si no procede del Hijo, tampoco es Espíritu del Hijo.

Ahora bien, así como el Padre sólo es Padre de aquel a quien engendró, porque el Hijo sólo es Hijo de aquel único de quien fue engendrado, así también es manifiesto que, si el Espíritu Santo no procede del Hijo, tampoco es Espíritu del Hijo. Pero esto es imposible.

Por consiguiente, también es imposible aquello de lo que se sigue tal consecuencia, es decir, que el Espíritu no proceda del Hijo.

Además, el Espíritu es Espíritu del Hijo no como algo energizado (ἐνεργούμενος), ni por gracia, sino según la naturaleza, del mismo modo que es Espíritu del Padre porque manifiestamente procede de él.

Y, si ser Padre de alguien por naturaleza es lo mismo que engendrarlo, y ser Hijo de alguien por naturaleza es lo mismo que ser engendrado por él, resulta igualmente manifiesto que ser Espíritu de alguien por naturaleza es lo mismo que ser emitido por él.

Por tanto, puesto que el Espíritu es por naturaleza Espíritu del Hijo, también es emitido por él.

Y que el Hijo posee al Espíritu por naturaleza —es decir, no por gracia ni como quien está poseído por una fuerza ajena (energúmeno)— puede verse claramente por el hecho de que la naturaleza divina, y cualquiera de las personas divinas, no posee nada adventicio, nada corruptible ni nada susceptible de división.


CAPÍTULO XVII

Además, no puedo pasar en silencio aquella gravísima objeción que se proclama como desde una trompeta a los cuatro vientos, con la cual se llenan los oídos de los latinos, aunque considero sumamente impropio inventar tales fantasías acerca de las realidades divinas o repetir las ya inventadas. He aquí que el obispo de Nicomedia, junto con otros, exclama:

«Si el Hijo es del Padre, y el Espíritu es del Padre y del Hijo, entonces el Espíritu es ciertamente nieto del Padre; pues también entre nosotros se llama nieto al que procede próximamente de aquel de quien desciende, por medio de otro, desde el abuelo.»

¿Qué debe responderse a esto? En realidad, semejante conclusión ni siquiera vale en las cosas naturales. Si un ave pone un huevo y del ave y del huevo nace un gorrión, ¿acaso diremos por ello que el pajarillo nacido es nieto del ave? Mucho menos tiene cabida semejante refutación en las realidades divinas, donde no existe generación corporal ni pasibilidad. Todo cuanto está sujeto a tales generaciones necesariamente es divisible, y todo lo que es divisible es pasible.

Me causa asombro que, en cuestiones como ésta, no sólo el citado obispo, sino cuantos han escrito contra los latinos sobre este asunto, hayan recurrido al mismo paralogismo que los antiquísimos herejes, empleando comparaciones que no tienen aplicación fuera del ámbito de las cosas naturales. Así, quienes presentan estas objeciones combaten únicamente según las apariencias y no conforme a la verdad, sin aportar dificultad alguna contra quienes abrazan sinceramente la verdad. Esto resulta manifiesto por todo lo dicho anteriormente.

Porque, si el engendrador, en cuanto Padre, tuviera respecto del Espíritu una relación propia de la paternidad, entonces, por la identidad de esa relación del engendrador, se seguiría necesariamente que el Espíritu sería engendrado y, por tanto, Hijo. En consecuencia, o bien se confundirían las Personas, o habría que imaginar que el Espíritu es hermano del Hijo, lo cual igualmente destruye la distinción de las Personas.

Así pues, el Padre no es causa del Espíritu en cuanto Padre, sino en cuanto causa y principio, como repetidas veces se ha demostrado. Por ello, el Espíritu no es ajeno al Hijo ni debe considerarse desprovisto de relación con Él.

Tampoco presenta dificultad lo siguiente: que el Hijo no emita al Espíritu en cuanto Hijo, del mismo modo que el Padre no es causa del Espíritu en cuanto Padre. Contra esto intenta razonar Nicetas, diciendo:

«Si el Hijo no es causa del Espíritu en cuanto Hijo, necesariamente lo será según alguna otra relación. Pero, si esto es así, el Hijo será, por una parte, Hijo por causa de otro y, por otra, causa y emisor del Espíritu; de donde nacen múltiples inconvenientes.

Porque o bien el Hijo posee el ser emisor del Espíritu sin haberlo recibido de causa alguna, o bien lo posee por haberlo recibido de una causa, a saber, del Padre. Si no lo recibió de una causa, entonces habrá nuevamente en la Trinidad sobrenatural y suprasustancial dos principios sin principio, el Padre y el Hijo; por consiguiente, dos principios y dos causas. Pero si el Hijo, existiendo por causa del Padre, es emisor del Espíritu, necesariamente recibió esto del Padre. Pues se dice que cuanto el Hijo es y cuanto posee, lo tiene por el Padre. Ahora bien, si esto lo tiene del Padre, ¿qué clase de desheredación y menoscabo de la filiación sería que el Hijo no engendrara un Hijo por ser Hijo, ni fuese considerado Padre, mientras que el Padre, por ser emisor, mostrara también al Hijo como emisor del Espíritu?

Porque, si la generación del Hijo permanece íntegra por parte del Padre y la procesión del Espíritu también, ¿de qué modo aparecerá el Hijo como emisor? Será preciso admitir que no existe menoscabo alguno en la naturaleza divina por el hecho de engendrar al Hijo, ni que de ello resulte algún supuesto nieto, puesto que el Hijo es también emisor del Espíritu en cuanto procede del Padre. Pero si esto fuera así, surgiría una acumulación de impiedades y un abismo de errores. Luego el Espíritu no procede del Hijo como procede del Padre.»

Semejantes razonamientos, con los que este hombre prudente pretende eliminar del Hijo toda participación en la procesión del Espíritu, parecen más propios de quien ignora que de quien investiga con diligencia.

Se pregunta qué desheredación o qué perjuicio sufriría el Hijo por no ser Padre en cuanto Hijo. Tal cuestión no sólo no debía plantearse, sino mucho menos deducirse, como puede verse por muchos otros ejemplos. Así, si porque el Padre, en cuanto creador, manifiesta al Hijo como creador —«todo fue hecho por medio de Él»— hubiera que concluir necesariamente que el Hijo es Padre para mostrar que, en cuanto creador, es también engendrador, sin que por ello hubiera menoscabo alguno en la naturaleza divina.

La falacia resulta evidentísima si se toma un ejemplo de la vida humana. Si un padre, por ser insensato, demuestra que su hijo también es insensato, no parece seguirse en absoluto la necesidad de deducir de ello la generación del hijo, para que no se menoscabe la insensatez paterna. Creo que aquí el error se oculta bajo una equivocación del lenguaje, porque una misma expresión no se interpreta siempre del mismo modo.

En efecto, esa consecuencia pertenece a las propiedades sustanciales y no a las personales. Esto se advierte claramente si, dejando por un momento las cosas divinas, dirigimos la atención a la propagación del género humano. ¿Acaso no sucede que el hijo de cualquier hombre posee todas las cualidades sustanciales de su padre y, sin embargo, sólo conserva a veces una pequeña parte de aquellas que no pertenecen a la sustancia?

Si la generación del Hijo y la espiración del Espíritu pertenecieran sustancialmente al Padre, el Hijo las poseería necesariamente del mismo modo, e igualmente el Espíritu Santo, y así hasta el infinito. Pero el Padre no engendra ni espira al Espíritu en cuanto sustancia, ni tampoco en cuanto Dios, pues no difiere del Hijo ni del Espíritu en cuanto Dios, ya que los tres son un solo y mismo Dios. Difiere del Hijo en cuanto Padre, porque engendra; y difiere únicamente del Espíritu en cuanto espira.

Por tanto, es evidente que semejante consecuencia sólo tiene aplicación respecto de las propiedades sustanciales. En cambio, es indudable que las propiedades personales o hipostáticas son inmutables, y que cualquier cambio de ellas produciría una total confusión y desaparición de la distinción de las Personas, las cuales sólo se distinguen precisamente por esas propiedades, dejando aparte todo lo demás.

Pero ser causa —o, por decirlo así, ser causativo—, enviar y ser enviado, junto con muchas otras propiedades semejantes, no son propiedades hipostáticas o personales. Por eso no se produce ninguna confusión de Personas cuando se afirma que el Padre y el Hijo son una sola causa del Espíritu Santo.

La naturaleza es, por así decirlo, una única realidad sustancial; las propiedades, en cambio, son signos distintivos y diferencias de los individuos, y no constituyen la esencia misma de las Personas. En las criaturas puede ocurrir que algunas diferencias sean separables de la naturaleza y que, con frecuencia, no posean las mismas propiedades.

El Hijo solamente procede del Padre como engendrado, según aquellas palabras: «Yo salí del Padre», y también: «Del seno, antes del lucero de la mañana, te engendré». No porque Dios tenga un seno, sino porque los hijos legítimos acostumbran nacer del seno de quienes los conciben. Con ello la Escritura no pretende otra cosa que mostrar con certeza que el Unigénito es el legítimo fruto del Padre.

Por eso mismo el Espíritu le pertenece como propio, igual que pertenece al Padre, ya que entre todas las cosas que son del Padre no existe ninguna que sea ajena al Hijo. Dice el Señor: «Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío.»

¿Cómo, pues, puede alguien atreverse a atribuir únicamente al Padre la causalidad del Espíritu? Se expone al peligro de separar al Espíritu del Hijo cuando afirma que no procede de Él, siendo así que recibe de Él su existencia del mismo modo que del Padre, como ya se ha demostrado. Ciertamente, el Espíritu es derramado por el Hijo; pero no es una posesión del Hijo, sino don del Padre y del Hijo. Tampoco es una criatura, pues, siendo Dios, conoce todas las cosas y posee todas las cosas sin haber sido instruido por nadie.

Nosotros, en cambio, aunque por Él lleguemos a ser dioses, aquello que es hecho no procede de la sustancia del que lo hace, mientras que lo engendrado sí procede de la sustancia del que engendra. Así pues, el Hijo es engendrado de la sustancia del Padre y es la impronta de la sustancia del Padre, porque sólo Él procede de Él por generación. El Espíritu, en cambio, procede de la sustancia del Padre y del Hijo por procesión.

Si el Espíritu recibiera su existencia de la sustancia del Padre, pero no de la sustancia del Hijo, de quien es según la naturaleza, entonces el Padre estaría separado del Hijo y la Persona de ambos no sería de una misma sustancia ni inseparable. Pero el Padre no está separado del Hijo, ya que poseen un mismo conocimiento, una misma sustancia y una misma vida. En efecto, quienes no son de una misma sustancia no abarcan todas las cosas con un mismo conocimiento ni pueden dar la vida del mismo modo.

Puesto, pues, que el Espíritu procede sustancialmente de ambos, recibe igualmente y del mismo modo su existencia de uno y otro. Por eso dice el Señor:

«Como el Padre me conoce, así también yo conozco al Padre»; es decir, lo conozco tan perfectamente como Él me conoce a mí. De ahí que conozca todas las cosas, porque el Padre está en mí y yo en el Padre.

Por consiguiente, si el Espíritu pertenece naturalmente al Padre, también pertenece naturalmente al Hijo; y si pertenece sustancialmente al Padre, pertenece igualmente al Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas, comunicándole cuanto posee. Sin embargo, el Hijo es la Sabiduría del Padre, y el Padre nada conoce ni posee sin el Hijo.

De ello resulta claro que el Espíritu pertenece igualmente a ambos, y que es aquel por quien el Padre ama al Hijo y al que no le da con medida. Al amar el Padre al Hijo, permanece en el Hijo, y el Hijo permanece en el Padre, no como algo contenido en un continente, sino porque ambos poseen un mismo e idéntico ser y una igualdad perfecta. Por eso dice:

«Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre.»

Esta consecuencia sería falsa si el Espíritu no procediera del Hijo. Pues, si el Padre tuviera alguna propiedad que no perteneciera al Hijo, del perfecto conocimiento del Hijo no se seguiría el perfecto conocimiento del Padre.

Quizá esto aparezca con mayor claridad del siguiente modo. Ningún conocimiento del Hijo puede descubrir en Él algo que no le pertenezca. Pero la espiración del Espíritu Santo pertenecería únicamente al Padre. Luego ningún conocimiento del Hijo descubriría en Él la espiración del Espíritu Santo, ya que sería una propiedad exclusiva del Padre. En consecuencia, no sería verdad aquello de que, conocido el Hijo, se conoce también al Padre.

Deben, pues, rechazarse aquellas opiniones de las que nacen semejantes inconvenientes y mantenerse firmemente la norma de la verdad, que dice:

«Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre.»

Y puesto que esta afirmación es verdadera, resulta manifiesto que el Espíritu procede del Hijo del mismo modo que procede del Padre.

Las Personas no están separadas ni distantes entre sí, sino que permanecen mutuamente unas en otras sin confusión. Por eso nosotros somos llamados tres hombres, porque somos tres personas separadas por el lugar y por innumerables diferencias, y no constituimos propiamente un solo ser. En cambio, en la Santísima Trinidad hay un solo Dios y no tres dioses, por la identidad de sustancia de las Personas y por la mutua e inconfusa inhabitación entre ellas. No difieren en poder, no están separadas por el tiempo ni divididas por el espacio; y, como nada media entre el Padre y el Hijo para que el Padre sea anterior en existencia al Hijo, así también, siendo eterna la comunión del Hijo con el Padre e igual en todo, es igualmente eterna la comunión del Espíritu Santo con el Hijo, del cual no difiere en nada, salvo en que procede de Él del mismo modo que procede del Padre.


CAPÍTULO XVIII

Pero todavía el obispo de Metona, Nicolás, suscita nuevas sutilezas de palabras, atribuyéndolas injustamente como si fueran opiniones de los latinos. Y, como un buen atleta en el combate, o como el águila que en las nubes incita a sus polluelos a emprender el vuelo, se engríe y se enardece en su discurso para refutar doctrinas que aún no ha comprendido. Dice, pues:

«Si, porque el Padre y el Hijo son uno —y ciertamente son uno por naturaleza—, debe afirmarse que el Espíritu procede tanto del Padre como del Hijo, pues esto es lo que pretende la novedad de la doctrina latina, entonces también habría que admitir necesariamente que el Hijo es engendrado tanto por el Padre como por el Espíritu, ya que el Padre y el Espíritu son uno por naturaleza. Si esto no es así, queda en peligro la igualdad del Espíritu, como si no fuese uno por naturaleza con el Padre; y de este modo reaparece claramente la doctrina de Macedonio.»

Pero este hombre se aparta por completo de la verdad. Los latinos no dicen que el Espíritu proceda del Hijo porque el Padre y el Hijo sean un solo Dios, ni han llegado a sostenerlo obligados por un razonamiento dialéctico. Confiesan que el Espíritu procede de ambos porque pertenece igualmente al Hijo y al Padre, no como una criatura, ni como un ser engendrado, ni como una posesión, sino porque es de ambos de la misma manera; no como una acción o una obra pertenece al hombre, sino del mismo modo en que la benéfica luz pertenece a sus rayos y al sol.

Además, también resulta manifiesto por esto que el Espíritu pertenece al Hijo y procede del Hijo: el Hijo es por sí mismo la imagen de la persona del Padre y, por decirlo así, la medida perfectamente igual de la grandeza de esa misma persona, el equilibrio exacto de ella. Si, pues, la imagen de la persona del Padre es igual a la persona cuya imagen es, y de la persona del Padre se afirma que procede el Espíritu, es necesario que, siendo ese mismo Espíritu igualmente propio del Hijo, que en todo es igual al Padre, pueda afirmarse también de Él. Por consiguiente, si el Espíritu procede del Padre, procede también del Hijo; de lo contrario, el Hijo dejaría de ser la imagen perfectamente igual y equilibrada de la persona del Padre.

Asimismo, la imagen es igual en grandeza y en dignidad a la persona del Padre. Ahora bien, de esa grandeza y de esa persona se afirma que procede el Espíritu; por tanto, lo mismo habrá de afirmarse de la imagen. Luego el Hijo envía el Espíritu del mismo modo que el Padre.

Alguien podría objetar: «El Espíritu es igual a la persona del Padre; pero de la persona del Padre se afirma que tiene un Hijo. Por tanto, eso mismo habrá de predicarse del Espíritu, y el Hijo será hijo del Espíritu Santo.»

Respondo que esta comparación no es equivalente, porque jamás se ha concedido que el Hijo pertenezca igualmente al Padre y al Espíritu, mientras que todos confiesan que el Espíritu pertenece igualmente al Hijo y al Padre. Por eso, en aquellas cosas que no implican nada indigno ni inconveniente para las divinas personas, decimos que el Padre es causa y el Hijo concausa, sin que ello suponga afrenta alguna para el Hijo, para el Padre o para el Espíritu Santo. Así, en el envío y en la donación del Espíritu, el Hijo participa siempre juntamente con el Padre. Pero llamar Padre al Espíritu, o decir que el Hijo es hijo del Espíritu, es algo execrable y sacrílego.

Tampoco la proposición que afirma que la espiración es común al Padre y al Hijo destruye la propiedad exclusiva por la que únicamente el Padre se distingue como Padre, a saber, la paternidad. Según ella solamente el Padre recibe ese nombre; pues, como quedó demostrado anteriormente, no es en cuanto Padre como es espirador, sino únicamente en cuanto Padre.

Toda propiedad suele conservar el principio de su nombre en todas aquellas realidades que reciben de ella su denominación, como el calor en lo cálido y el frío en lo frío. Ninguna propiedad hace que aquello en lo que se considera singularmente reciba dos denominaciones desde un mismo principio. Ahora bien, la paternidad es una única propiedad y solamente se encuentra en el Padre. Por ello, el Padre recibe ese nombre únicamente por la paternidad y no por ser espirador.

Los filósofos enseñan que para que exista una denominación son necesarias tres cosas: la realidad de la cual se toma el nombre, el nombre mismo y, además, una terminación distinta y propia. Si falta cualquiera de estas tres condiciones, la denominación queda impedida. Es manifiesto, por tanto, que el nombre de «espirador» no deriva ni de la paternidad ni de la filiación. De aquí resulta claro que el Padre engendra en virtud de una propiedad y espira el Espíritu en virtud de otra.

Debe advertirse igualmente que el Espíritu no procede del Hijo, como procede del Padre, por razón de la igualdad de honor entre ambos. Pues si el Espíritu emanara de ambos únicamente por esa igualdad de honor, parecería seguirse que el Hijo, por esa misma igualdad de honor, sería también del Espíritu como lo es del Padre. Precisamente esto sostiene el obispo de Metona, aunque, sin quererlo, termina confirmando la verdad de lo que nosotros afirmamos.

Dice, en efecto: «Si de dos personas de igual honor, que proceden del Padre, una concede a la otra el uso de la existencia, conviene que la otra le devuelva un favor equivalente, para que ambas conserven la igualdad de honor. Si no lo devuelve, ¿dónde queda la observancia del orden inmutable? Y si no puede devolverlo, es débil; si puede y no quiere, es envidioso.»

¡Qué admirable es el Espíritu, bueno, recto y principal, de la misma potencia según la naturaleza, consustancial al Hijo y al Padre! Todo el que quiera comprender advertirá que es verdadero lo que se ha dicho: ciertamente el Espíritu devuelve al Hijo una gracia igual, como Dios a Dios. Pues la misma gracia que el Padre le retribuye al proceder de Él, esa misma devuelve al Hijo procediendo también de Él, ya que de ambos se dice verdaderamente que es espirado.

A partir de lo dicho, según creo, queda también resuelta la objeción del obispo de Nicomedia, que afirma: «En todo aquello en que el Hijo participa con el Padre, participa sin más ni menos. Si, pues, participa con Él en la causalidad, debe participar igualmente; y si participa igualmente, será no solo espirador, sino también engendrador, ya que ambas cosas pertenecen al concepto de causa. Si no es así, ¿cómo poseerá la causalidad a medias y no enteramente? Porque lo que es incompleto es imperfecto, y nada de lo que pertenece al Señor es imperfecto.»

Me asombra este hombre, primero, porque mezcla como si fueran una misma cosa las realidades sustanciales y las propiedades personales; pues la causalidad no pertenece a la sustancia ni constituye una propiedad hipostática o personal, como ya se ha demostrado. Y, además, porque pretende sacar una conclusión como si el término «causa» fuese unívoco.

Ahora bien, el nombre «causa» no es aquí unívoco; tampoco es propiamente equívoco, como algunos piensan. En efecto, sostienen que no es equívoco porque manifiesta una cierta comunidad entre las causas, según la cual todas mantienen alguna relación con aquello de lo que son causas. En cambio, en los términos equívocos no existe tal comunidad de realidad bajo un mismo nombre. Las causas, por el contrario, tienen igualmente en común el ser anteriores a aquello de lo que son causas, ya sea en potencia o en acto; por eso el término no es puramente homónimo.

Que tampoco sea unívoco resulta evidente. Un término unívoco guarda una relación indiferenciada con la realidad significada, de modo que una sola y la misma definición corresponde a todas las cosas comprendidas bajo ese nombre. Pero aquí no es la misma la razón por la cual el nombre conviene al Padre y al espirador. El Padre recibe el nombre de engendrador según una razón, y el de espirador según otra, como ya se ha demostrado.

Quienes sostienen estas cosas dicen, por ello, que el nombre «causa» se dice aquí como una relación de uno a otro. En consecuencia, ¿qué fundamento de verdad puede tener la afirmación: «Si el Hijo participa con el Padre en la causalidad, participa en toda ella»? O nuevamente: «Si participa en una causalidad, participa en cualquiera», pues tal parece ser el sentido de la proposición anterior. Sin embargo, de ninguno de esos antecedentes se sigue la conclusión. En efecto, una proposición indefinida suele dar lugar únicamente a una conclusión particular, no universal.

Con todo, no debe negarse la proposición que afirma que el Hijo participa con el Padre igualmente en aquello en que participa. Así, puesto que participa con Él en la espiración del Espíritu, no participa, sin embargo, en la generación. Solo el Padre engendra; pero tampoco es cierto que solo Él espire el Espíritu.

La falacia de este razonamiento puede ponerse de manifiesto mediante un ejemplo semejante referido a la singular comunidad que existe entre el Hijo y el Espíritu Santo. Se diría así: «En todo aquello en que el Espíritu participa con el Hijo, participa igualmente y no en mayor o menor grado. Si, pues, participa con Él en el consuelo paternal, deberá participar de él con absoluta igualdad. Si esto es así, será no solo Paráclito, sino también Verbo, porque ambos se refieren a la función de consolar. Si no es así, ¿por qué poseerá solo la mitad y no toda la causa del consuelo paternal? Pues lo que está dividido es imperfecto.»

Además, el Espíritu y el Hijo tienen otras cosas en común. Así como la Escritura expresa la Trinidad de las tres personas, también manifiesta la comunidad propia únicamente del Hijo y del Espíritu.

Moisés anuncia alegóricamente la unidad e insinúa al mismo tiempo la Trinidad cuando dice: «Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es un solo Dios.» En estas palabras enseña la unidad y, de algún modo, manifiesta también la Trinidad. Al decir una vez «Señor» y dos veces «Dios», expresa el número de la Trinidad; y al añadir «es uno», ofrece a los fieles la doctrina del único Dios. Porque una sola es la sustancia, el poder y la voluntad de la Santísima Trinidad.

Esto mismo confiesa también el coro de las potestades celestiales cuando canta a Dios diciendo tres veces: «Santo», y una sola vez: «Señor». Con una expresión manifiestan el número de las personas, y con la otra proclaman la unidad de la naturaleza. De ello resulta nuevamente con toda evidencia que existen tres personas divinas de una sola sustancia.

Asimismo, el Salvador confiesa en el Evangelio la indivisible e inseparable unidad de la Santísima Trinidad cuando dice al diablo: «Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás.» Y en otro lugar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.» ¿Acaso porque no dijo «al Señor tu Dios y a su Hijo» hemos de pensar que no debemos amar al Hijo? Antes bien, debemos amar juntamente con el Padre al Hijo y también al Espíritu Santo de ambos.

Este es el Espíritu que únicamente es divino. Ninguna criatura recibe el nombre de «espíritu divino» o «espíritu de santificación». Que el nombre de «divino» pertenece por sí mismo solamente a las tres personas lo manifiesta claramente Pablo cuando, hablando a los atenienses acerca de sus ídolos, los llama supersticiosos. Lucas refiere sus palabras en los Hechos: «Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, esculpidas por el arte y la imaginación de los hombres.»

También el profeta dice del Hijo y del Espíritu —según interpretan algunos—, hablando en persona de Cristo, que el Padre lo envió a Él juntamente con su Espíritu: «El Señor me envió, y su Espíritu.»

Asimismo, Salomón da testimonio del envío del Espíritu en el libro de la Sabiduría con estas palabras: «Con dificultad conocemos las cosas de la tierra y apenas descubrimos las que están a nuestro alcance; ¿quién ha investigado las cosas del cielo? ¿Quién conoció tu designio, si tú no le das la sabiduría y envías desde lo alto tu Espíritu Santo?»

Por eso el Salvador dice en el Evangelio: «Si me amáis, guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Paráclito.» Dice «otro Paráclito», es decir, otro como yo. Y de nuevo: «Os he hablado de estas cosas; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, es decir, **por mi poder y por medio de mí, Él os enseñará todas las cosas.

Por todo lo expuesto queda manifiesto que el Hijo y el Espíritu poseen en común algo que no pertenece al Padre: ser Paráclito, procediendo del Padre; realidad que ninguna criatura puede poseer. También tienen en común manifestar a los hombres el nombre y la voluntad del Padre, pues solo ellos los conocen perfectamente, cosa que jamás fue concedida a criatura alguna. Por ello no hay inconveniente en afirmar que el Hijo es, juntamente con el Padre, una sola causa y un solo principio del Espíritu Santo.



CAPÍTULO XIX

Pero debe observarse atentamente que el principio o causa, como queda claro por lo dicho anteriormente, cuando se refiere al Espíritu, no se entiende piadosamente que convenga de manera singular ni solamente al Padre ni solamente al Hijo. A ambos, sin temor a desviarse de la fe y con pasos firmes, se atribuye propiamente.

En efecto, cuando se dice «Dios de Dios, luz de luz, principio de principio», en cada una de estas expresiones se entiende al Hijo; del mismo modo que, cuando se dice que el no engendrado es principio o causa del Hijo, en ambos casos se concibe al Padre. Pues, según pienso, no hay diferencia en decir: «el no engendrado es principio o causa del engendrado», «el no engendrado aventaja al engendrado», «el Padre es principio del Hijo» o «el Padre es causa de la existencia del Verbo».

En semejantes expresiones, el término «principio» o «causa», delimitado por cualquier otra propiedad, hace que el entendimiento se dirija únicamente al Padre. Por esto, según la regla de los dialécticos, entre aquellas cosas que son simultáneas por naturaleza, ninguna es causa de la otra en cuanto a su existencia. Pues no es el Padre, sino la realidad que es el Padre, la causa de que el Hijo sea. Del mismo modo, tampoco es el Hijo, sino la realidad que es el Hijo, causa para el Padre de que este sea. Pues el Padre existe como Padre precisamente cuando existe el Hijo.

Dicen, por tanto, que, puesto que el Padre no es anterior al Hijo en el tiempo, y puesto que la causa de cualquier cosa es anterior a aquello cuya causa es, ya sea en acto o en potencia, queda suficientemente claro que ninguno de los dos proporciona al otro la causa de su existencia.

Pero esta afirmación no participa de la verdad cuando se refiere al primer Padre y al supremo origen, pues el Padre es causa del Hijo. Sin embargo, no parece que el Padre, considerado simplemente como aquello que es, sea causa de la existencia del Hijo; pues cuando el Señor llama al no engendrado principio del engendrado y al engendrador causa del Verbo, no se entiende la sustancia que simplemente es el Padre, sino al Padre considerado en cada una de estas expresiones.

Del mismo modo, cuando se dice «Dios de Dios, luz de luz, principio de principio», no se concibe la sustancia que es el Hijo, sino simplemente al Hijo, por la pronunciación de cada uno de estos nombres en nominativo, como si en cada cláusula se expresara esto: «el Hijo existe del Padre». Y ciertamente los santos Padres escriben «Dios de Dios», «luz de luz»; y también «principio de principio».

Según esta razón, se pronuncia con toda propiedad la palabra «causa» en el sermón sobre el nacimiento del mismo Hijo, a saber: «Cristo nace, glorificaos». Gregorio, grande en teología, dando testimonio del dogma de los latinos, expresa esto con estas palabras:

«Era el Verbo de Dios antes de los siglos, invisible, incomprensible, incorpóreo, principio proveniente del Principio, luz proveniente de la Luz, fuente de vida y de inmortalidad».

Ahora bien, ciertamente, si este Verbo no fuese causa y principio del Paráclito, en vano se le llamaría solamente a Él «principio proveniente del principio». Pues el Espíritu es ciertamente Dios proveniente de Dios, luz proveniente de la luz, y proveniente del principio; y junto con el Padre y con el mismo Verbo existe como principio y causa de toda criatura.

Sin embargo, la divina costumbre de las Escrituras no emplea con mucha frecuencia expresiones como «Dios de Dios», «causa de causa», «luz de luz» o «principio de principio».

Por tanto, solamente el Padre es causa o principio del Hijo, porque solamente Él engendra; y el Verbo unigénito de Dios es llamado por esto propio del Padre, porque únicamente de Él es engendrado.

Pero el Espíritu Santo no se dice que pertenezca solamente a uno de los dos, sino igualmente a ambos. De donde aparece nuevamente que Dios Padre y el Hijo proporcionan al Espíritu Santo la causa de su existencia, y que la propiedad paterna no queda impedida si el Hijo, junto con su engendrador, envía al Espíritu.


CAPÍTULO XX

Así pues, que nadie, separado de la verdad, grite por causa de los errores; que nadie sea llevado por la barca del sufrimiento de la fe perdida, navegando en la calma estigia, hacia el Tártaro del que no hay retorno; que nadie aparte de sí la contemplación del Sol verdadero en su totalidad; que nadie, enfrentado a la verdad con una balanza deformada, pervierta la interpretación de las oraciones dichas.

Sino que tenga profundamente grabado en su mente que Dios, siendo el autor de la simplicidad, al enviar al Espíritu, aunque no necesita de nada y aunque jamás puede ser inferior a cosa alguna, excluye de dicho envío a su Hijo unigénito.

Y puesto que todavía quedan muchas cosas por resolver, y como León, querido hermano, que es el agudo ingenio de mi mente y el estímulo de este trabajo emprendido, se encuentra ahora ocupado tanto en la interpretación de las cartas imperiales como en que recientemente ha cruzado por el Helesponto hacia la región asiática junto con el augustísimo príncipe Manuel, no pudiendo continuar con su acostumbrado servicio de escritura, me veo obligado aquí, tomando un breve descanso, a contener un poco la pluma.




LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO PRIMERO

Acerca de Dios Padre, de su sustancia, del Hijo y del Espíritu que proceden de Él de manera diferente, aunque entre los cristianos debería existir una única confesión, ¡por desgracia!, la opinión se encuentra dividida en diversas posturas, como sucede entre los filósofos acerca del origen del mundo.

Algunos de estos afirmaban ciertamente que este mundo era eterno e ingénito, diciendo: «Este mundo no fue hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que existía siempre». Otros, en cambio, sostenían que había sido engendrado, únicamente por el hecho de que es sensible, no porque hubiese comenzado a existir en algún momento.

Pues así lo engendrado necesariamente antecede al tiempo, al haber recibido la existencia bajo algún tiempo determinado, como dice Aristóteles: «Quien ciertamente afirma que el mundo es ingénito según este aspecto, porque ningún tiempo lo precedió; pero lo considera engendrado nuevamente, en cuanto que recibió su existencia de una causa divina».

Así también dice el mismo Aristóteles en el libro Sobre el cielo: «El cielo ciertamente es movido por aquello que no es movido, y que, existiendo, no llega a ser mejor que aquello». Y nuevamente, al comienzo de sus obras metafísicas: «Dios parece ser cierto principio de todas las causas».

Pues es imposible que exista una generación de la causa primera; porque así como todo efecto procede de alguna causa eficiente, del mismo modo todo lo que es engendrado es engendrado por algún engendrador.

Por esto, según Aristóteles: «Dios es la primera causa de todos los seres invisibles y visibles. Este Dios es uno y simple, de tal modo que no puede pensarse algo más simple que Él».

De Él participan todas las cosas, y aquello que no participa de Él no es nada. Pero Dios no es participado de manera sensible, ni ocupa un lugar obtenido por aquellos que participan de Él; sino que, sin ninguna relación o disposición, existe enteramente en la participación de cada uno, y es recibido enteramente por todos.

Esto algunos santos lo demostraron mediante una comparación, diciendo:

«Así como una voz grande y aguda es participada por todos los que están presentes según su propia capacidad —por jóvenes, niños, mujeres, ancianos e incluso seres irracionales—, y sin embargo la voz que es participada por estos permanece en sí misma sin ser participada; así Dios, según su sustancia, ni es participado ni conocido. Verdaderamente se dice que es participado en cuanto que todas las cosas existen por Él como causa eficiente, y todas están contenidas en Él en cuanto existen, como afirma el gran Dionisio».

«Por un lado —dice—, Dios procede de uno solo y de ninguno parcialmente; como el centro en medio del círculo es participado por todas las líneas que lo rodean, de modo que, así como las diversas impresiones de un sello participan del sello prototipo, cada una de las impresiones posee el sello entero y el mismo, pero ninguna existe según una parte determinada».

Por tanto, aunque Dios sea participado por muchos, es uno, no como principio de los números, sino como aquel que es recibido por todos y que no tiene después de sí nada que pueda ser comunicado a Él.

De aquí se sigue que este mundo, puesto que mientras llega a ser recibe de la causa divina su existencia, de ningún modo permanece por sí mismo, ni es propiamente uno, ya que es divisible y somete una parte a otra parte.

Ahora bien, aquello que es propiamente indivisible y sin distancia debe necesariamente ajustarse todo entero a su propio todo; mientras que aquello que verdaderamente existe por sí mismo y no tiene principio, es indivisible. Pero cualquier cosa divisible posee distancia y contrae su existencia desde fuera.

Por otra parte, solamente Dios, puesto que nada tiene fuera de sí, es verdaderamente indivisible y uno, como Él mismo instruye a Moisés:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto».

Y ordenando no dividir el culto, dice:

«No tendrás otros dioses fuera de mí».

Después muestra claramente que nada de aquello que puede ser visto le conviene, diciendo:

«No te harás escultura ni semejanza alguna de cuanto existe arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas bajo la tierra».

Has escuchado la voz, pero no has visto la forma.

No realizarás ninguna figura, porque el Señor tu Dios es uno; no es divisible ni tiene existencia desde fuera. Él conoce indivisiblemente las cosas divisibles, las cosas que existen sin tiempo en el tiempo y las cosas mudables sin sufrir mudanza.

Y aunque Dios sea indivisible, como se ha demostrado, sin embargo se divide en la Trinidad, que es indisoluble e inseparable; no está compuesta de partes ni constituida por partes, ni existe en lo sustantivo como si llevase una sustancia por acto o potencia y desapareciera al no existir de manera diferente.

Sino que es la eternidad sempiterna, teniendo reunido simultáneamente todo el ser, sin estar de ningún modo derramada o desplegada por la producción del tiempo.

Esta Trinidad contiene todas las cosas simultáneamente, provee todas las cosas simultáneamente, y ella sola mide todas las cosas simultáneamente, sin ser medida por ninguna.

Pues el tiempo mide particularmente aquellas cosas que son temporales. Pero ella mide todas las cosas juntas, como si se ajustara a los seres medidos mismos.

Ciertamente difiere por completo de aquellas cosas que son hechas y de todas las que serán en el futuro, puesto que ni fue ni será, sino que, siendo propio de ella, está toda simultáneamente presente.

No sucede que una parte de ella subsista ahora y otra subsista después, ni que algo de ella aún no exista.

Es infinita y no tiene un antes ni un después; carece de materia y existe por encima de toda simplicidad, por encima de todo límite, por encima de todo entendimiento y por encima de la comprensión de toda criatura racional, como escribe el gran Dionisio:

«No es lícito alabar como mente o como sustancia la superexistencia teárquica, que es superior a todos los seres, puesto que existe antes que todas las cosas y contiene todas las cosas en sí misma; siendo recibida por todos como supersustancial, superbuena, principio inicial elevado, hasta tal punto que nada de lo que se diga acerca de ella puede decirse propiamente».

De donde, según creo, sucede que muchos pecan al tratar de dividirla; y acerca de ellos debe temerse que sean muertos por el olor de la vida, mientras intentan afirmar que el óptimo perfume, como un erizo, puede ser sofocado por el ungüento, cosa que de ningún modo produjo la divina Escritura.

Uno de estos es Nicetas de Bizancio, filósofo, quien, inventando vanidades contra su prójimo, entrelaza sus argumentos de la siguiente manera.


CAPÍTULO II

«Si el Espíritu —dice— procede del Hijo como del Padre, o bien según la misma procesión, o bien según una procesión diferente. Si es diferente, o será superior a la paterna o será inferior. Si es superior, entonces el Hijo será completamente mejor que el Padre. Pues aquello cuya emisión según la naturaleza es superior, es absolutamente también mejor en sí mismo.

Pero si es peor, el Espíritu será inferior a sí mismo y superior, por el hecho de que tiene la existencia mediante una procesión diferente; y además el Hijo no será en absoluto consustancial con Dios Padre. Pues aquellos cuya emisión según la naturaleza es inferior, también tienen una naturaleza inferior.

Pero si es igual, será la misma que la paterna. Si es la misma, pregunto si completa la existencia del Espíritu mediante un acto o no. Si no la completa, es inútil; pero nada hay inútil en torno a Dios. Si la completa mediante una operación, entonces es imperfecta la emisión del Padre, razón por la cual el Hijo mismo la asume.

Pero si la emisión paterna del Espíritu es perfecta, ¿cómo no habría de serlo, si produce en el Espíritu una existencia perfecta? Entonces sobra nuevamente la emisión que procede del Hijo; pues nada aporta a la perfección del Espíritu, dado que aquella que procede del Hijo es la misma que la paterna, también a causa de la simplicidad de la existencia del Espíritu».

¿Qué responderé a esto? Confieso con confianza que es igual, y más aún, la misma.

Pero la cuestión que sigue: «¿Completa o no la existencia del Espíritu?», me muestra dos cosas: por una parte, que la emisión que procede del Padre sería insuficiente, cosa que de ningún modo debe admitirse; por otra, que la emisión del Espíritu es plena, de modo que la que procede del Padre es también la que procede del Hijo, lo cual es piadoso confesar.

Por tanto, si no completa, no se sigue de ahí que sea inútil. Pues ¿qué consecuencia puede tener esto, si la emisión paterna no es deficiente? ¿Cómo podría ser inútil la que procede del Hijo?

Tampoco se concluye nuevamente esto: si aporta algo, es decir, si completa mediante un acto, entonces la emisión del Padre es imperfecta. Pues no es parcialmente como el Padre o el Hijo emiten el Espíritu, sino que ambos lo emiten igualmente de manera total y perfecta.

En efecto, solamente el Hijo existe del Padre sin mediación, y por ello emite perfectamente el Espíritu como el Padre; pues existiendo en el Padre, no tiene de otro lugar su ser como Hijo, y el Padre está en Él, porque nada tiene que le sea desemejante.

Pues el Hijo es la imagen del Padre, y en Él se conoce al Padre como en una imagen paterna. Es el verdadero sello del Verbo de Dios, representando en sí mismo al Padre; por esto emite perfectamente al Espíritu como lo hace el mismo Padre.

¿Acaso no decimos que Dios Padre es perfecto, y que también el Hijo lo es perfecta y del mismo modo? Sin embargo, ninguno de los dos es deficiente.

A esto también puede responderse con una pregunta semejante, añadiendo algunas cosas.

El Salvador dice en el Evangelio:

«Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo».

Y esto con razón, porque dice: «Soy de la misma naturaleza y consustancialidad con Él; y así como nadie conoce al Padre sino Él mismo, tampoco nadie me conoce sino solamente el Padre. Y esto es mayor que todas las cosas que poseo: conocer al Padre y existir con Él en la misma sustancia y naturaleza».

¿Por qué, entonces, el Hijo conoce al Padre y el Padre al Hijo?

Ciertamente el Padre se revela a sí mismo, y también el Hijo se revela a sí mismo.

El Padre se revela a sí mismo, como atestigua el Salvador al responder a Pedro:

«Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque la carne y la sangre no te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos».

También el Hijo reveló al Padre y a sí mismo; pero no como Él mismo se conoce, sino según cuanto puede conocer aquel que es digno de recibir la revelación.

Pues a Ezequiel se apareció desde los lomos hacia arriba bajo la apariencia de electro; a Daniel, como el Anciano de días; y velado por los serafines a Isaías.

También Él mismo revela al Padre de manera semejante:

«Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; y quien me ve a mí, ve al Padre».

Por tanto, ambos, el Padre y el Hijo, revelaron a Pedro.

Ahora bien, sea con la misma o con una revelación diversa, de todos modos es necesario confesar que es la misma.

Pero si es la misma, debe preguntarse si la revelación del Hijo completa mediante un acto el conocimiento del Padre, o no.

Si lo completa mediante acto y operación, la revelación del Hijo es inútil; pero Dios no hace nada en vano.

Si lo completa mediante acto y operación, entonces la revelación paterna será imperfecta y por ello asumirá aquella otra.

Pero si la revelación del Padre es perfecta, nuevamente sobra la del Hijo.

Esto, sin embargo, es manifiestamente imposible, puesto que ni defecto, ni separación, ni división pueden aparecer o existir en las personas divinas.

Por tanto, revelan igualmente, pero no cuanto ellos mismos conocen, sino cuanto pueden recibir aquellos a quienes se hace la revelación.

Pues el Padre y el Hijo no se conocen mutuamente por revelación, sino por naturaleza.

Las criaturas racionales, en cambio, reciben por gracia el conocimiento y la revelación.

Pues al quitar ambos de nuestro corazón el velo que está colocado sobre él, se nos revelan a nosotros en el Padre.

Nadie conoce a la Trinidad divina, puesto que está situada más allá de todo entendimiento; por esto solamente ella se conoce a sí misma, como el evangelista anuncia diciendo:

«A Dios nadie lo ha visto jamás».

Ciertamente, a menos que alguien poseyera el mismo conocimiento de Dios que Dios tiene de sí mismo —cosa que no ha sucedido a nadie ni sucederá—, verdaderamente Él se conoce a sí mismo; pero no es posible que nosotros lo conozcamos de ese modo.

Esto puede manifestarse por lo siguiente: todo conocimiento alcanza la comprensión de la verdad de las cosas mediante el sentido, el entendimiento, la semejanza o la imaginación».

Añade también:

«Cinco son las cosas por las cuales el alma recibe conocimiento: el arte, la prudencia, la disciplina, la sabiduría y la mente. Pero por ninguna de ellas puede alguien recibir un conocimiento perfecto de Dios; y esto mucho más porque ni en Dios ni alrededor de Dios existe accidente alguno.

Pues cuanto menos accidentes haya en algo, tanto más difícil es conocerlo y requiere una mayor diligencia.

Por tanto, puesto que en Dios no existe ningún accidente, y lo semejante es conocido por lo semejante, su sustancia no puede ser conocida».

Añade asimismo:

«Ninguna ciencia existe de los infinitos; pues si la ciencia no comprende aquello que es cognoscible, de ningún modo lo conoce.

Pero Dios es infinito; por esto no puede ser comprendido mediante ninguno de los modos antes mencionados. Él supera con su pureza toda semejanza de los cuerpos y de los seres incorpóreos.

Puede ser creído, pero de ningún modo puede ser comprendido plenamente. A Él solamente se llega mediante la mente y mediante la fe, sin la cual la mente tampoco puede ver aquellas cosas que son inteligibles.

Pues no son tales las obras como el hacedor, como dice Parménides; ni son estas tan grandes como aquel».

Por tanto, puesto que se revelan igualmente, se conocen mutuamente por naturaleza y el Padre y el Hijo emiten al Espíritu de manera igual y perfecta, queda manifiesto que la emisión procedente de ninguno de los dos es imperfecta, insuficiente ni tampoco excesiva.


CAPÍTULO III

Pero, volviendo nuevamente al mismo asunto, el obispo de Metona entreteje otra vez sus sofismas comenzando de esta manera; pues ni de forma absoluta ni con respecto a quien responde establece su silogismo así:

«Si junto con el Padre, que es sin principio y sin causa, el Hijo, que es consustancial, existe nuevamente como principio, entonces hay dos principios diferentes en la Trinidad: uno, por el hecho de ser sin principio y estar consolidado en la dignidad del principado; otro, por el hecho de que, siendo intermedio e iniciador al mismo tiempo, sea también iniciado y exista como una diferencia de relaciones entre los dos».

A esta objeción pueden responderse muchas cosas en sentido contrario, como resulta evidente por lo expuesto en el primer libro.

Pues si el Padre y el Hijo no son llamados simplemente dos, sino según un cierto aspecto, y ninguno se separa del otro, mucho menos serán dos principios o dos causas por el hecho de que uno u otro sea causa y sean proclamados principio del Espíritu Santo.

¿Acaso el Verbo de Dios Padre no es Dios con Dios? Y ciertamente es Dios engendrado de Dios ingénito; sin embargo, no son dos dioses, el engendrado y el ingénito, sino un solo y mismo Dios.

Así, por tanto, hay un solo principio y una sola causa del Espíritu Santo: el Padre y el Hijo, que son sin principio. Él es llamado principio y cabeza, como dice Hilario:

«Pues el Hijo es cabeza de todas las cosas, pero Dios es cabeza del Hijo».

Ciertamente, cuando existen dos nombres semejantes de numeración, quieren mostrar alguna pluralidad de cosas, aunque callen acerca de la razón de su existencia. Pues no manifiestan ni continuidad, ni distinción, ni diferencia entre aquello que debe dividirse, sino solamente una cierta variedad.

Pero ninguna variedad existe entre el Padre y el Hijo por el hecho de que proporcionan el ser al Espíritu: ambos son una sola causa del Espíritu.

También deben prestarse oídos al teólogo Gregorio cuando filosofa acerca de aquel que es sin principio, de aquel que es principio y de aquel que está con el principio, de esta manera:

«El que es sin principio, el que es principio y el que está con el principio son un solo Dios».

Ni el ser sin principio es una naturaleza de quien no tiene comienzo, es decir, de quien es ingénito; pues ninguna naturaleza consiste en no ser algo determinado. Sino que, puesto que esto es una posición de aquello que existe, no pertenece a aquello que no existe, ni supone la destrucción de algo.

Tampoco el principio se separa de aquel que es sin principio por el hecho de ser principio. Pues estas cosas se encuentran alrededor de la naturaleza, pero no son la naturaleza misma.

De modo que aquel que está con el que no tiene principio y con el principio no es otra cosa distinta de aquello.

Ahora bien, el nombre de aquel que es sin principio es Padre; el de aquel que es principio es Hijo; y el de aquel que está con el principio es Espíritu Santo.

La naturaleza es una sola: Dios. Pero la concordia está en el Padre, del cual y hacia el cual se refieren aquellas cosas que proceden según un orden, no para que choquen, sino para que se unan.

He aquí que este santo varón llama absolutamente al Hijo principio, y cuenta desde Él al Espíritu Santo, porque el principio del Espíritu Santo es inmediatamente el Hijo.

Pues las tres personas existen igualmente como principio de todas las criaturas, de donde se manifiesta que el Hijo es principio del Espíritu Santo.

Sin embargo, tanto lo que pertenece al Padre, como lo que pertenece al Hijo y lo que pertenece al Espíritu, se refieren al Padre, quien es el único sin principio y sin causa.

El Hijo, engendrado del Padre, es principio del Espíritu Santo; esto puede demostrarse mediante el siguiente silogismo:

Todo aquello que en la santa Trinidad es principio, existe como principio de algo en ella; de otro modo, aquel santo varón habría llamado al Hijo principio gratuitamente y sin motivo, siendo así que las tres personas son consideradas igualmente principio de todos los seres creados.

Pero el Hijo es principio en la santa Trinidad. Por tanto, el Hijo es principio de algo en ella.

Ahora bien, el Hijo no es principio del Padre. Es necesario, pues, que exista como principio del Espíritu Santo.

Queda, por tanto, manifiesto por lo dicho que el principio no divide las personas, puesto que el Padre es llamado en la Escritura tanto principio como «sin principio» (ánarchos).

El Hijo, aunque no es llamado «sin principio», pues procede del Padre, sin embargo es llamado principio: perfecto procedente del Padre perfecto.

No como del alba surge el día, porque lo perfecto no procede de lo imperfecto; pues aquello que es conducido al ser procede de la imperfección.

Tal es la naturaleza de las cosas: que progresan según un orden establecido por la Providencia.

Pero aquel orden que se contempla en las personas divinas, aunque sea por naturaleza indecible e inefable, sin embargo manifiesta claramente esto a quienes piensan piadosamente acerca de la Trinidad: que aquello que es llamado primero es causa de aquello que es anunciado como más cercano a él.

Así, el Padre, que es sin principio y sin causa, y más cercano a Él, sin mediación, el Hijo; quien, sin ninguna duda, según la razón expuesta, existe como principio del Espíritu.

Pues el Espíritu no es causa de sí mismo; aunque el Espíritu, por sí mismo, llena aquellas realidades singulares que lo contienen en sí, no procede, sin embargo, de sí mismo.

Porque si se emitiera a sí mismo, existiría antes de ser emitido y se emitiría a sí mismo cuando todavía no existía.

Por tanto, o el orden mencionado carece de sentido, o es necesario entender que el Hijo es causa del Espíritu según la enumeración transmitida.

De aquí se muestra que es falso quien dice:

«Todo aquello que se predica de la Trinidad soberana y creadora de todo, o bien se encuentra dicho comúnmente de las tres personas, del mismo modo y unívocamente, o bien se dice singularmente de una sola. Pues la misión del Espíritu, siendo del Padre y del Hijo igualmente, no es común a los tres, ni pertenece singularmente a uno solo».

Pero el obispo de Nicomedia, difundiendo tales cosas en sentido contrario, intenta sostenerlas.

Todo aquello que Dios es, lo es propiamente, y no se opone a esto que el Padre sea propiamente Padre porque no es Hijo, y que el Hijo sea propiamente Hijo porque no es Padre; pues la naturaleza no es propia, ya que ambos poseen la misma.

Teniendo, pues, esto establecido, puesto que el Hijo procede del Padre como de causa, Él mismo no existe como causa.

Pues que lo mismo sea causa y proceda de causa es algo imposible en una naturaleza que no admite división, como demostró la razón.

Digo que no hay aquí silogismo, ni de esto recibe algún dogma latino una conclusión inconveniente, pues esto solamente afecta a las propiedades hipostáticas y personales.

Pero el principio y lo causativo de tales cosas no son propiedades personales.

Por tanto, tampoco es verdadera respecto de ellas la proposición que dice: «Todo aquello que Dios es, existe propiamente».

Pues bajo esta afirmación no quedan comprendidos el ser principio y el proceder de una causa.

Esto lo hace manifiesto Gregorio de Nisa en la tercera homilía sobre el Padre nuestro, diciendo:

«Lo propio del Padre es no proceder de causa alguna; pero esto no es propio del Hijo ni del Espíritu. Pues el Hijo salió del Padre, como dice la Escritura, y el Espíritu procede de Dios y Padre.

Pero así como el ser sin causa pertenece solamente al Padre y no puede convenir al Hijo o al Espíritu, del mismo modo, inversamente, el ser procedente de causa, que es propio del Hijo y del Espíritu, no tiene naturaleza en el Padre, puesto que es común al Hijo y al Espíritu».

Y más adelante:

«El Hijo, puesto que procede de Dios, no es el Espíritu ni se dice que lo sea, porque esta consecuencia relacional no se invierte, de modo que la proposición pueda convertirse equivalentemente por resolución: así como llamamos Espíritu de Cristo, no llamamos también Cristo al Espíritu».

Por esta propiedad se distingue manifiestamente y sin confusión uno del otro.

He aquí que el puro se apoya en la doctrina pura, el bueno en la doctrina buena y el recto en la doctrina recta.

Por tanto, cualquiera que se atreva a afirmar que el ser procedente de causa no es propio del Hijo y del Espíritu, y de igual manera que el Espíritu no es del Hijo como lo es del Padre, recibe una reprensión muy clara de este varón.

De aquí puede quedar manifiesto también que el ser causa no es propio del Padre, por el hecho de que tampoco el ser procedente de causa es propio del Hijo, como se ha demostrado.

Pues si aquello que es relativo no tiene como propio aquello que le corresponde correlativamente, tampoco aquello que es correlativo tiene como propio aquello que le corresponde.

Así, por ejemplo, se dice «doble» respecto de «mitad», y «excedente» respecto de «exceso»; pero no es propio del doble ser excedente, ni es propio de la mitad ser exceso.

Del mismo modo, puesto que se dice Padre respecto del Hijo y causa respecto de lo causado, el ser procedente de causa no es propio del Hijo, puesto que conviene al Espíritu; y el ser causa no es propio del Padre.

Y puesto que el Espíritu es del Hijo y del Padre, algunos lo llamaron como una especie de concordia de ambos.

Otros, en cambio, afirman que se llama concordia por ser causa de nuestras almas, a las cuales hace concordes y las reúne en unidad.

Pues mientras el Espíritu está presente —dicen—, ni siquiera la unión de aquellas cosas que están divididas por una mínima separación será dividida; por esto fue dado el Espíritu, para unir a los pueblos que están divididos por las lenguas, cuya igual diligencia consiste en que el alma y el cuerpo estén de acuerdo mediante una simplicidad y uniformidad.


Pero el obispo de Metona, enfrentándose a las razones antes mencionadas, no es convencido y grita lo siguiente:

«Si el Padre es causa de aquellos que proceden de Él, según aquello por lo cual es mayor, no por razón de naturaleza sino por razón de persona; y si la razón de la persona paterna no conviene al Hijo, ¿cómo puede el Hijo ser causa del Espíritu, que es uno en la Trinidad?

Entonces la naturaleza es mayor, y la lucha contra el Espíritu (pneumatomaquia) es manifiesta.

Y si esto se atribuye a la razón de persona, entonces será ajustado a la razón de la persona del Padre, por lo cual el Hijo fue acusado por Sabelio, quien afirmaba monstruosamente que Él era el Padre.

Por ninguna razón, pues, existe el Hijo como causa del Espíritu.

Porque si el Hijo existe como causa de la persona del Espíritu por la misma razón por la cual el Padre es causa de aquellos que proceden de Él, se siguen dos inconvenientes según el mismo razonamiento:

Primero, decir que el Padre es Hijo de la hipóstasis paterna, puesto que uno existe como causa de dos y el otro como causa de uno.

Segundo, que el Hijo completa actualmente la persona del Padre, como si antes de esa completitud hubiese estado disminuida.

Pero tampoco esto debe dejarse pasar sin refutación»


CAPÍTULO IV

Digo, por tanto, que ha sido hecha de manera insuficiente la división que afirma que el Espíritu procede del Hijo, ya sea por razón de naturaleza o por razón de persona.

Pues, teniendo la misma naturaleza, uno no procede del otro según la sustancia. ¿Cómo podría, en efecto, la naturaleza engendrarse a sí misma?

Del mismo modo, tampoco según la razón de persona. Pues así como el Padre no es causa y principio del Espíritu por el hecho de ser Padre, tampoco el Hijo lo es por el hecho de ser Hijo.

Por consiguiente, el Espíritu tiene el ser a partir de la naturaleza del Padre y del Hijo, y a partir de la persona que es el Padre y de la persona que es el Hijo; pero de ningún modo por aquello que hace que uno sea Padre y el otro Hijo, sino por el hecho de que ambos le proporcionan la existencia.

Y no son dos principios, puesto que no reciben número según la emisión del Espíritu.

Pues el número no pertenece a aquello que es uno y absolutamente idéntico, sino a aquello que posee algo distinto y algo diferente. Por eso, cuando se pregunta cuántas personas son el Padre y el Hijo, se responde: dos.

Pero cuando se busca cuidadosamente la causa indecible e inefable del Espíritu Santo, no se llaman dos causas del Espíritu —el Padre y el Hijo—, sino que se denominan una sola, según la manera de hablar de la concordia anteriormente mencionada.

Por esto tampoco debe emplearse una expresión significativa de principios o causas diferentes del Espíritu Santo.

Pues si el Hijo de Dios y del hombre es una sola persona, y si Cristo es uno solo con naturaleza divina y humana, no debe parecer inconcebible que dos personas sean una sola causa del Espíritu Santo.

En efecto, entre los gramáticos un mismo término significa sustancia y cualidad, y existe una sola causa y una sola significación del nombre. Según la opinión de estos, casi todo nombre significa sustancia y cualidad.

Pero no se dice que aquello que significa estas dos cosas signifique dos cosas distintas, ni que sea un nombre equívoco, ni que se confundan la sustancia y la cualidad, que constituyen una sola significación del nombre.


Queda, pues, manifiesto que el Hijo no completa la persona del Padre como si esta padeciera alguna deficiencia.

Ni nadie está obligado a decir que el mismo Hijo es una parte de la persona del Padre por el hecho de que el Espíritu proceda de Él.

Pues ¿cómo podría encontrarse que el Hijo es una porción de la persona del Padre, si el Hijo es contado juntamente con el Padre por la misma razón por la cual lo es el Espíritu?

Ciertamente, si la hija de Lot fuese causa del hijo por la misma razón por la cual lo es el progenitor, aunque ella fuese causa de ambos, no por ello sería obligada a entrar en la composición de la persona paterna.

Más aún: si el Espíritu no tuviera ninguna relación con el Hijo, ni fuese enviado por Él, ni procediera del Padre por medio del mismo Hijo, entonces tampoco sería uno de las tres personas que participan de la propiedad divina, sino que existiría después de Él y sería una criatura suya, como decía Eunomio.

Por tanto, el Espíritu tiene una relación con el Hijo, del mismo modo que la tiene igualmente con el Padre, siendo diferente de ambos.

Pues las tres personas divinas no se diferencian de ningún modo según la naturaleza; pero según las propiedades personales no solamente se diferencian, sino que también convienen entre sí.

Por tanto, el Hijo, al igual que el Padre, da, envía y emite al Espíritu.

Pues del mismo Hijo brota para nosotros el Espíritu, como Él mismo atestigua:

«Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva».

Lo cual el Evangelista interpreta añadiendo:

«Esto lo decía acerca del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él».

Se llama agua viva al Espíritu y a su gracia, porque está en acto; y cuando encuentra un receptáculo adecuado, no lo abandona ni queda vacía, pues por su gracia no brota del seno de los creyentes nada que esté separado de Él.

Así llenó los corazones ardientes de los discípulos, enviado y dado por Cristo.

De donde queda manifiesto que Cristo tuvo el Espíritu más abundantemente que ellos mismos y de una manera diferente que los apóstoles, aunque nosotros existamos igualmente sujetos a pasiones.

Pues aunque ellos, realizando grandes cosas mediante el poder del Espíritu Santo, y dando el Espíritu Santo a los creyentes mediante la oración y muchas veces incluso sin oración, invocando solamente el nombre del Señor, no realizaron nada por sí mismos en tales cosas; sino que el Hijo, por su propio poder y desde sí mismo, da el Espíritu.

Por esto el Espíritu procede del Hijo.

Pero Nicetas disputa contra esta afirmación utilizando argumentos extensos de la siguiente manera.


CAPÍTULO V

«Toda imagen —dice— tiene una circunferencia diferente respecto de aquel cuya imagen se dice que es, exceptuando aquella que se denomina así por naturaleza».

Ahora bien, puesto que el hombre es imagen de Dios y fue creado a imagen de Dios, este, siendo doble, refiere según la proposición una doble semejanza con la Trinidad soberana.

De un modo, porque el primer hombre es ingénito: pues es una criatura formada; Set, en cambio, es engendrado, pues es un engendro; mientras que Eva no es ninguna de estas dos cosas, porque es una sección.

De otro modo, porque nuestra mente es generadora sin padecimiento y sin flujo, la cual existe en nosotros como principio de la oración; pues la razón es engendro de la mente. Pero el espíritu, siendo diferente de la mente, procede en nosotros junto con la razón y por medio de la razón.

Por tanto, ciertamente en el hombre se considera, según la diferencia de las propiedades hipostáticas, una semejanza con la imagen de Dios, mediante la cual se mide proporcionalmente su semejanza con la santa Trinidad; pero esta semejanza es incomunicable a las restantes personas que están comprendidas bajo la imagen mostrada, es decir, bajo la circunferencia de la semejanza.

Más aún, nadie puede imaginar que alguna vez el rasgo propio del primer hombre pueda corresponder a Set como algo común; ni tampoco a Eva, hablando de uno y otro respecto del progenitor y del engendro; ni, nuevamente, que lo que nace del engendro pertenezca a Adán o a Eva.

Del mismo modo, si observas aquellas cosas que existen interiormente, verás lo mismo.

Pues la propiedad de la mente, que ciertamente la constituye como engendradora de la razón, no la encontrarás en la razón; ni encontrarás la propiedad de la razón, como nacida de la mente, en la mente; ni la del espíritu como espíritu.

Y si en aquellas cosas que poseen una semejanza imaginaria y proporcional, aunque débil, se encuentra una diferencia incomunicable de propiedades, mucho más se encontrará esto en aquella que está más allá de los sentidos y del entendimiento.

En la Trinidad absolutamente inalterable e inconmutable, ¿quién podría encontrar una existencia incomunicable de propiedades personales?

Pues si aquello que parece tener menos presencia existe, también existirá aquello que parece tener mayor presencia. Y parece mucho menos posible que en una naturaleza creada, cambiante y sujeta a flujo, no haya movimiento ni cambio en las propiedades de las personas según las cuales representa proporcionalmente la semejanza de la imagen.

Pero mucho más existirá esto en aquella naturaleza que es inmutable, inalterable y que permanece siempre del mismo modo.

Ahora bien, si esto es verdadero, como se ha demostrado, entonces la emisión del Espíritu no es común al Padre y al Hijo, como dogmatizan aquellos que dicen esto, actuando de manera detestable y sumamente impía.

No es verdadero aquello que a cada uno le parece verdadero, como pensaba Protágoras: por ejemplo, afirmar que el sol tiene un pie de tamaño, cuando se demuestra que es ciento setenta veces mayor que la tierra.

Este filósofo se equivoca casi por completo cuando afirma que «ingénito» se dice de manera semejante tanto de Dios Padre como del primer hombre.

En esto, según parece, se aparta muy poco del hereje Eunomio, quien intentaba demostrar mediante argumentos semejantes que «ingénito» compete únicamente a la sustancia divina.

Decía:

«No es posible comprenderlo, porque aquello que se llama ingénito no puede entenderse según una privación. Pues las privaciones de aquellas cosas que pertenecen a la naturaleza son posteriores a las disposiciones propias de dichas cosas; pero en Dios no existió nada anterior cuya privación pudiera significar lo ingénito».

Añade también:

«Lo que es divino no es en parte engendrado y en parte ingénito. Pues es indivisible, y en ello no hay nada que sea diverso de sí mismo; porque es simple, uno y único. Siendo ingénito, la misma sustancia es ingénita, y por esto no debe dividirse, de modo que se diga que una parte de ella es ingénita y otra engendrada».

En primer lugar, debe decirse que tales afirmaciones no introducen composición alguna; además, que el término «ingénito» no manifiesta una privación en Dios.

En consecuencia, es posible que, por adición o sustracción de una sola letra —la letra ν, es decir, la «n»—, haya sido conducido al error por ignorancia.

Pues «ingénito», escrito entre los griegos con una sola γ (agenēton), en cuanto este nombre significa «increado», no pertenece solamente a la naturaleza divina, si así se entiende, sino que conviene a las tres personas; pues la naturaleza, juntamente con las personas, es igualmente incausada.

Pero cuando se escribe con dos νν (agennēton), pertenece propiamente solamente al Padre, no al Hijo, ni al Espíritu, ni a criatura alguna; indicando que no tiene por sí mismo ningún principio ni ninguna causa.

Por tanto, si se dice que la sustancia divina es ageneta, debe entenderse «increada» mediante una sola ν, porque cuando se escriben dos νν se refiere solamente al Padre, así como mediante «engendrado» se entiende al Hijo.

El Espíritu Santo, en cambio, no es llamado ni génnētos ni agénnētos, aunque sea uno, del mismo modo que quien no es engendrado se llama «no generado», así como tampoco se llama «incrédulo» o «impío» simplemente por no creer.

Tampoco adora o venera a alguien, siendo Dios.

La «ingeneración» y cosas semejantes que se dicen acerca de Dios no muestran ninguna semejanza entre el Creador y las criaturas.

Pues toda semejanza se establece mediante una explicación y una existencia determinada; pero el primer hombre no tuvo ninguna semejanza con la Trinidad soberana por el hecho de ser ingénito, ya que lo ingénito no pertenece a la naturaleza ni a la existencia.

Pues si lo ingénito perteneciera a la naturaleza, dado que todos los animales procedieron ingénitos desde el principio, todos serían ciertamente de la misma naturaleza.

Adán, en efecto, no engendró por el hecho de ser ingénito, ni Set generó por el hecho de ser engendrado.

Ahora bien, puesto que Dios es llamado ingénito porque ninguna causa lo precedió, mientras que Adán tuvo una causa eficiente, a saber, Dios, el plasmador; aquel recibe el nombre de ingénito por no haber procedido de una transmisión hereditaria ni haber estado sujeto a la estrechez del vientre materno.

Es manifiesto, por tanto, que el ser ingénito de Adán no es semejanza ni imagen de Dios.

Pues si Adán fuese llamado creado a imagen de Dios por este motivo, del mismo modo también los seres irracionales —lo cual no está permitido decir— serían llamados creados a imagen de Dios.

Además, debe saberse que «ingénito» tiene diversos significados entre los filósofos.

Pues «ingénito» se dice, en un primer sentido, de aquello que ahora existe y antes no existía, dejando aparte la extensión del tiempo y la mutación; como algunos dicen que algo es tocado o movido.

En otro sentido, cuando algo puede suceder o no suceder, como una casa, que mientras se construye todavía no existe.

Pero en otro sentido se dice cuando algo es absolutamente imposible que haya existido de tal manera que alguna vez sea y alguna vez no sea; como Dios Padre, que ni es engendrado ni recibe principio de algo.

Pues siendo eterno e inmutable, jamás recibió causa de ningún principio. Por esto se dice propiamente «ingénito».

También es llamado principio, como causa que procede, porque proporciona la existencia, realiza y perfecciona.

Pero la astucia de los herejes decía lo contrario de esto, llamando «engendrado» al Verbo de Dios porque posee generación.

Utilizaban un razonamiento de este tipo:

«Si tiene un principio para existir, ciertamente no existía antes de ser engendrado; y hubo un tiempo en que no era».

Pero no se muestra que el Verbo de Dios exista de este modo bajo el tiempo propio de los seres nacientes.

De ninguna manera este nombre limita la naturaleza del Verbo.

Pues Él es de la sustancia del Padre, como la luz y el engendro, y así existe eternamente junto a Él.


Por otra parte, la condición de ingénito de Adán no era una propiedad distintiva de la persona, ni la separación de Eva, ni la capacidad de nacer de Set.

Pues todo aquello que es distintivo se considera en relación con la cosa que distingue.

Pero lo ingénito de Adán no se considera en la cosa que es distinguida, sino que se observa exteriormente; del mismo modo ocurre con la separación de Eva.

Pues primero fue tomada una costilla y después Eva fue formada.

Pero debe advertirse que lo engendrado parece ser una propiedad distintiva del Hijo, y solamente de Él, la cual ningún hijo recibió jamás ni recibirá.

Pues si el nacimiento de todos los hijos fuese una propiedad distintiva personal, todos tendrían el mismo carácter de persona.

Sin embargo, los hombres no se diferencian por número, siendo la propiedad distintiva la causa de sus diferencias; porque es imposible encontrar en otro aquello que es idéntico en uno.

Pues las cosas que tienen la misma propiedad no se diferencian numéricamente, como espada, hoja y espada.

Y esto se ha dicho acerca de lo ingénito para demostrar que no es una propiedad personal, ni que una sustancia queda distinguida por algo que le adviene exteriormente.

Por esto puede responderse brevemente a las objeciones diciendo que no se sigue que, si Adán, Eva y Set no participan de las tres propiedades mencionadas, no participen de ninguna otra.

Pues he aquí que el alma y el cuerpo no poseen en común ni lo incorpóreo ni lo corpóreo; sin embargo, como se ha demostrado anteriormente, tienen algunas otras propiedades comunes.

De este mismo modo, el Padre y el Hijo se diferencian por las diferencias de ingénito y engendrado; pero convienen en causa y principio.

Respecto de la oración, el espíritu y la mente, digo que la semejanza es débil y de ningún modo adecuada al propósito, cualquiera que sea el modo en que se tome el término lógos, es decir, razón u oración.

Pues la mente no engendra la razón, ya que más bien parece recibir de ella su constitución de cierto modo.

Por tanto, la comparación solamente debe entenderse respecto de la razón pronunciada con la voz, la cual, administrada mediante instrumentos corporales, se difunde y se dispersa en el aire.

Pero en la santa Trinidad lo engendrado y lo emitido proceden de manera incorpórea, impasible e inmutable.

Del Padre solamente procede el Hijo; del Padre y del Hijo, sin pasión, sin separación y sin división, procede el Espíritu.

Pero entre los hombres no sucede así.

Pues el espíritu existe sin la razón, como en los gemidos y en sonidos que no significan nada; y la razón existe sin la mente, como en los ebrios y en los poseídos por demonios, y en muchos otros casos.

También la mente sola, sin la razón, opera sin los sentidos e incluso sin imaginación, cuando se vuelve hacia sí misma, cuando comprende las realidades incorpóreas, cuando contempla lo divino y cuando medita en la ciencia de los universales que no subsisten.

Pues semejante comunidad subsiste porque aquello que participa existe sin duda.

En efecto, las cosas que pertenecen a una misma especie tienen la misma naturaleza y participan de una misma realidad; contemplarla en sí misma pertenece solamente a la mente.

La razón, en cambio, y el espíritu siempre se ejercen mediante el cuerpo.

Queda, pues, claro que deben abandonarse estos argumentos y otros semejantes, porque no producen ninguna conclusión inconveniente capaz de reunir una verdadera demostración.

Pues tampoco mediante ellos se puede concluir que alguno de los atributos naturales de la majestad divina sea predicado de una sola persona, ni tampoco que alguna propiedad de alguna persona sea predicada de la naturaleza divina.

Por tanto, se sostiene enteramente en la verdad que la emisión del Espíritu es común al Padre y al Hijo; cosa que no admite el obispo de Nicomedia, pues dice:

«Si el Hijo procede de una causa, como procede del Padre, y nuevamente es causa como emisor del Espíritu...»

Entonces el mismo es dividido, puesto que es causa y procede de causa.

Pero lo divino es simple y no se divide.

Por tanto, si procede de causa, no es procedente de causa; pues aquello que Dios posee lo posee inseparablemente y no según accidente.

Así como lo finito no puede igualarse a lo infinito, ni aquello que carece de materia puede compararse con lo que está compuesto de materia.

Esta razón, sin embargo, no puede aplicarse correctamente a la causa de esta manera, a menos que se entienda causa como aquello de lo cual algo procede primeramente y hacia lo cual finalmente se resuelve.

Tal es la primera materia, la cual conserva su sustancia en todas aquellas cosas en las que se encuentra; de ella proceden primeramente los elementos, que Aristóteles demuestra que son simples por sus movimientos.

Pues cada cosa tiene naturalmente un solo movimiento y una sola materia.

En efecto, una materia numéricamente una es receptiva de una sola forma en acto, lo cual aparece con mayor claridad en las composiciones.

Pues una sola madera no puede ser simultáneamente banco, mesa y pared.

Aunque una especie numéricamente una pueda producir muchas cosas, como ocurre con un arte cualquiera y con cualquier artesano, que fabrican muchas obras diferentes.

Y si los elementos, siendo compuestos de materia y forma y siendo causas de los cuerpos compuestos, no abandonan su simplicidad, mucho más puede permanecer en su simplicidad el Hijo de Dios, aunque sea causa y proceda de una causa.

Además:

«La acción, existiendo como tercera respecto de la sustancia de la cual procede, procede sin mediación de la virtud, que se considera un efecto de la sustancia; y por esto, brotando de aquella sin intermediario, ocupa el segundo lugar. Pero por la dignidad de la virtud, del mismo modo que la virtud procede de la sustancia, la sustancia de la cual procede es anterior».

De esto puede quedar suficientemente claro que, así como la sustancia es causa de la virtud y la virtud es causa de la acción, permaneciendo esta relación simple e indivisible, así también el Padre es causa del Hijo y el Hijo es causa del Espíritu, existiendo esta relación de manera simple e indivisible.

Debe saberse, sin embargo, que algunos, distinguiendo la acción, dicen que esta puede considerarse de dos maneras también respecto del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Una acción la llaman asistente, que no procede hacia fuera, según la cual el engendrador y el engendrado emiten al Espíritu de manera semejante y del mismo modo.

Otra, en cambio, la atribuyen a la naturaleza, la cual acompaña igualmente a las tres personas, según la cual aquellas cosas que son ajenas a las personas mismas son creadas y hechas de la nada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Si, pues, de la sustancia procede la virtud, y de la virtud procede la acción, la virtud no es por ello dos cosas ni algo doble.

Mucho menos, entonces, respecto del Padre, que es sin principio, procede la virtud, es decir, el Hijo, de quien, como del Padre, fluye la emanación del Espíritu Santo.

Añade también:

«Otro paralogismo puede ser refutado de esta manera: la mente uniforme es la mente que se conoce a sí misma; por tanto, aquello que es uniforme se conoce a sí mismo».

Hay, pues, una doble mente: la conocida y la que conoce; la entendida y la que entiende; la que actúa y la que padece.

Por esto decía Platón:

«El alma se mueve siempre», es decir, siempre se conoce a sí misma.

Establecido esto, quien quiera puede concluir que la mente es superior y más digna que ella misma, puesto que aquello que hace es más honorable que aquello que padece.

Pero estas cosas y otras semejantes, en aquellas realidades que tienen materia y composición y realizan sus acciones bajo el tiempo, algunas veces alcanzan la verdad; mientras que en aquellas cosas que carecen de materia, la verdad huye de semejante conclusión.


Además:

«El Hijo es enviado y envía, pero no por ello es doble».

De donde, según sospecho, queda debilitado también otro paralogismo del mismo obispo, quien dice:

«Si el ser del Hijo procede solamente del Padre, mientras que el ser del Espíritu procede del Padre y del Hijo, entonces hay una doble razón de existencia para este último».

¿Y cómo puede ser doble aquello que no admite composición alguna?

Ciertamente habría que apartarse de semejantes razonamientos.

Pues si por el hecho de que el Espíritu procede del Padre y del Hijo tuviera una doble razón de existir, el Padre encontraría también una duplicidad según la misma razón, ya que Él solo engendra al Hijo, pero no envía ni concede solo al Espíritu.

Sin embargo, semejantes relaciones no introducen duplicidad.

Pues el nombre «causa» y, por así decirlo, «causativo» no significan algo determinado, ni una cantidad, ni una cualidad, sino una relación.

Por esta razón queda manifiesto que ninguno de estos nombres produce una duplicidad por el hecho de ser tales.

Si los nombres significativos de sustancias, cantidades o cualidades, cuando se predican de Dios, no introducen duplicidad, mucho menos lo harán aquellos que significan relaciones.

Pues el Señor es llamado puerta, camino, pan, verdad, vid, luz y vida; siendo una sola sustancia y simple, recibe estos nombres por ciertas propiedades que se contemplan en sus obras.

Del mismo modo, el Padre es llamado ánarchos, es decir, sin principio; anaítiōs, es decir, sin causa; ingénito, engendrador y cosas semejantes.

Pero es uno según el sujeto, simple e indivisible.

Y esto no solamente respecto del Padre, sino también del Hijo y del Espíritu Santo: toda la Trinidad, en efecto, es nombrada con mucha frecuencia por aquello que no le pertenece.

Pues porque no puede ser vista por el hombre, se dice invisible e incomprensible; porque supera todo entendimiento, inaccesible e infinita; porque es superior a la corrupción y a la muerte, incorruptible e inmortal; no comenzando ni cesando.

Es como un océano de sustancia infinito e ilimitado, y aunque esté definido por las personas, antes de ser contenido se escapa y, antes de ser comprendido, huye.

Estas cosas no las conocemos por aquello que está según ella misma, sino por aquello que está alrededor de ella.

Del Padre ciertamente sabemos, pero no por el Padre mismo; más bien creemos perfectamente que el Padre engendra al Hijo y que juntamente con el Hijo emite al Espíritu.

Esto algunos lo niegan, pero no obran correctamente.

Pues el Espíritu que procede del Padre, o bien alcanza al Hijo o no lo alcanza.

Si no lo alcanza, entonces no hay nada que una y vincule al Espíritu con el Hijo; puesto que la persona, al no comprender una propiedad o una realidad del Espíritu proveniente del Hijo, no tendría ninguna comunidad personal con Él.


Si esto fuera así, el Espíritu no sería suyo.

Pues si el Espíritu no recibe del Hijo ninguna de las determinaciones por las cuales tiene su ser, entonces tampoco sería Espíritu del Hijo ni su imagen.

Estas son, ciertamente, las determinaciones y notas propias del Espíritu.

Pero si recibe estas cosas del Hijo, entonces, así como procede siempre del Padre, procede también del Hijo.

Pues siempre el Padre y el Hijo son emisores y creadores; pero aunque siempre emitan, no siempre crean a causa de la debilidad de las cosas creadas, las cuales no pueden ser igualadas a la Trinidad que es sin principio.

Por esta razón no juzgan piadosa ni verdaderamente aquellos que dicen que es imposible que el Espíritu Santo sea comunicado de la misma manera al Padre y al Hijo, elaborando palabras no para establecer la fe, sino para tender trampas, si pueden.

Dicen:

«Así como aquello en lo cual el Padre comunica al Espíritu no puede de ningún modo distinguirse o separarse del Hijo, del mismo modo aquello en lo cual tiene distinción respecto del Espíritu no puede comunicarse al Hijo según aquello mismo».

Esto está completamente alejado de la verdad, pues por lo dicho anteriormente queda claro que algunas cosas comunica el Padre al Hijo que no comunica al Espíritu; y algunas comunica al Espíritu que no comunica al Hijo.

Pero aquellas cosas que comunica a ambos pertenecen a la naturaleza, puesto que existen según la naturaleza.

Por esto nunca sucede que aquello en lo cual uno de los tres se separa personalmente de otro, según ese mismo aspecto se una del mismo modo al otro.

Pues es absolutamente imposible e inconsecuente que sea verdadera una contradicción que afirma que algo está personalmente separado y al mismo tiempo unido del mismo modo en la Trinidad.

Esto sería inconveniente incluso afirmándolo respecto de cualquiera de los seres existentes, cuánto más respecto de la majestad de las personas divinas.

Tampoco se concluye que, si la emisión del Espíritu es común al Padre y al Hijo, la emisión del Espíritu sea la naturaleza de ambos; pues la naturaleza y la persona no son lo mismo.


CAPÍTULO VI

Pero Nicetas, prosiguiendo todavía su discurso con argumentos, lo extiende aún más; pues dice:

«Si todo aquello que se dice de cada una de las personas de la divina majestad no se enuncia según más y menos, la causa y el principio se predican de la persona del Padre. No será, pues, el Padre más causa por ser engendrador del Hijo que por ser emisor del Espíritu. Pero, sin embargo, no comunica al Hijo la propiedad, es decir, la paternidad, según la cual existe como engendrador del Hijo, para que Él mismo aparezca como Padre y no sea llamado un solo Dios Padre en la Trinidad».

No es, por tanto, en cuanto que es emisor y causa, que el Padre da al Hijo que el Espíritu no sea causa de modo más o menos semejante, ni que Dios Padre aparezca como causa del Hijo más que del Espíritu.

Y a quien todavía con mayor descaro insistiera disputando en sentido contrario, le respondemos:

¿Qué desheredación existe para que Dios y Padre, siendo causa y principio del Hijo y del Espíritu, atribuya a uno la emisión y no le comunique la paternidad?

Ahora bien, si nada de las personas de la divina majestad se dice según más y menos —pues no existe ninguna nueva división en la Trinidad omnipotente y supraesencial—, es manifiesto ciertamente que Dios Padre es causa solamente del Espíritu en cuanto emisor, así como es solamente engendrador del Hijo.

La opinión se engaña más fácilmente que el sentido, por dos causas: o porque el sentido se ocupa de cosas manifiestas y ciertas, mientras que la opinión se ocupa de cosas ocultas; o porque el sentido se aplica casi intemporalmente a las cosas, mientras que la opinión procede por medios.

Además, las cosas que se refieren a Dios son ocultas e inciertas para nosotros; por esto se engaña el ánimo que presume demasiado.

Ciertamente es completamente inconsecuente decir: el Padre no concede al Hijo que Él mismo sea Padre, no le da la paternidad, no le atribuye la emisión del Espíritu; como si el Padre no diera al Espíritu el nacer, no le diera el ser glorificado juntamente con Él, ni el recibir del Hijo y anunciárnoslo.


Además, contempla muy lejos de la verdad quien afirma:

«Si el Padre es solamente causa del Hijo, pero no es solamente causa del Espíritu Santo, el Padre es más causa del Hijo que del Espíritu».

Pues el género más general, que es la sustancia, es causa y principio solamente de su género próximo, pero no solamente de las especies más particulares.

Sin embargo, no creo por ello que el género de las realidades superiores sea llamado más causa que el de las inferiores, ni que contenga más las superiores que las inferiores.

Pues las relaciones pueden ciertamente hacer diferencias, ya sean próximas o remotas, mediatas o inmediatas; pero no producen aumento ni disminución, ni intensidad ni debilitamiento.

Por esto se descubre la falsedad de semejante razonamiento aplicado a la misma Trinidad:

«Si el Padre es solamente causa del Hijo, pero no es solamente causa de la misión del Espíritu Santo».

Por tanto, según esta opinión, sería más causa de uno que de otro, cosa que ningún creyente rectamente instruido acepta.

Por eso es inútil preguntar por qué el Padre dio la emisión sin comunicar la paternidad, cuando la fe de ningún modo admite dos Padres ni dos Hijos en la Trinidad.

No es adecuada una respuesta de este tipo para tales preguntas, como tampoco lo sería para esta otra:

Si el alma es causa y principio de la imaginación y le ha dado la capacidad de representar cualquier cosa, ¿por qué no le concedió también la opinión?

Pues podemos imaginar aquello que queremos: por ejemplo, un hombre no solamente de tres codos, sino de veinte o mil codos.

Podemos también imaginar un macho cabrío-ciervo y un hipocentauro, aunque no podamos opinar aquello que queremos.

Pues podemos decir que dos por dos son ocho, pero no podemos opinar eso, porque la opinión sigue a la creencia, como dice el filósofo:

«No es posible que quien opina no crea aquello que le parece».

Y, sin embargo, el alma no es más causa de la imaginación que de la opinión.

Así pues, del mismo modo que no debe investigarse cómo engendró Dios, tampoco debe examinarse cómo dos pueden ser causa de uno.

Pues si se preguntara el cómo en Dios, necesariamente habría que preguntar también el dónde, como en el lugar; y el cuándo, como en el tiempo; y de igual manera las demás categorías.


Pero si esto resulta inconveniente y absurdo, y si no se debe creer a los santos Padres sino enfrentarse con corazón incircunciso a sus escritos, diciendo:

«¿Quién fue Ambrosio? ¿Quién fue Agustín, que afirman que el Espíritu procede del Hijo?»

Estos y muchos otros ciertamente lo afirmaron, instruidos por el Espíritu.

Y este mismo Espíritu enseñó que el Padre no es el Hijo, sino la virtud del Poderoso, la sabiduría del Sabio, el carácter propio de la hipóstasis y de la sustancia.

Este es el Espíritu que el Señor de todas las cosas llama Espíritu de verdad; imagen del Hijo y dedo de Dios, como Espíritu de su boca; Señor juntamente con Él y con el Padre, y creador.

Y aunque el Apóstol haya referido toda la creación a la persona del Padre diciendo:

«Un solo Dios Padre, de quien proceden todas las cosas, y nosotros en Él»,

sin embargo dice también:

«Un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él».

No son tres creadores, sino un solo Creador.

Pues nadie se atrevería a afirmar que los ángeles cooperan con las tres personas en la creación; pero tampoco debe entenderse una sola persona cuando se dice que el Creador es uno.

De la misma manera, cuando en los profetas se dice:

«Los destruí, como destruyó Dios a Sodoma y Gomorra»,

y en otro lugar:

«Los salvaré en su Dios»,

y el Apóstol, usando la misma figura de expresión, dice:

«Dios los entregó a una mente reprobada».

Son, pues, tres personas y un solo Creador.

Así como hay un solo Dios que, sin movimiento, sin trabajo y sin asumir materia alguna, hizo esta estructura universal, siendo absolutamente impasible y absolutamente inmutable.

Por eso, en la obra propia que realizó, no necesitó instrumentos.

El mismo Creador ha puesto de algún modo un ejemplo de esto en el alma humana.

Pues los movimientos de nuestra alma se consuman sin trabajo, se constituyen sin sustancias externas y casi se producen fuera del tiempo.

Y si no podemos contemplar plenamente la sustancia y las acciones del alma, mucho menos las de los ángeles; ¿cómo conoceremos perfectamente las propiedades de las personas divinas?

Debemos creer ciertamente a los santos varones que confiesan que el Espíritu procede del Hijo, puesto que esto aparece también claramente a quienes desean comprenderlo mediante muchas y necesarias razones.

Pues, dado que el Hijo y el Espíritu tienen solamente su ser del Padre, uno ciertamente sin mediación y el otro mediante mediación, es necesario que o bien el Hijo tenga su ser del Espíritu, o bien el Espíritu del Hijo.

Pero el Hijo no tiene su ser del Espíritu.

Resta, por tanto, que el Espíritu tenga su ser del Hijo, como de una causa inmediata.


CAPÍTULO VII

Pues, como dice el gran Basilio en la carta al canónico:

«Nada existe entre el Padre y el Hijo».

Ahora bien, si el Espíritu no procede de Dios por medio de Cristo, tampoco existe absolutamente; por eso la supresión de este orden respecto de su existencia merece rechazo y constituye completamente una negación de la fe.

Así pues, como procede de una causa inmediata de aquello de lo cual procede, del mismo modo el Espíritu está relacionado con el Hijo como con una causa inmediata; así también el Hijo es imagen del Padre y en Él permanece, aunque según los griegos no proceda de Él.

Pues si el Hijo, por ser imagen del Padre, recibe de Él su existencia, es manifiesto que, siendo el Espíritu imagen del Hijo, recibe de Él su existencia.

Él es quien hace hijos a los santificados, y por quien clamamos:

«¡Abba, Padre!».

Si el Espíritu, cuya imagen es el Hijo, no recibe su ser del Hijo, habría que decir que las imágenes tienen solamente de manera equívoca aquello para lo cual fueron hechas.

Pero si esto es así, la imagen y aquel cuya imagen es no recibirían la misma razón de sustancia.

¿Cómo diremos entonces que el Espíritu es imagen del Hijo, si no posee ninguna relación con Él por razón de la persona?

Toda imagen recibe del modelo original la semejanza, la forma y la figura.

He aquí que el Hijo, siendo imagen del Dios invisible, resplandor de la gloria y figura de la sustancia del Padre, recibe de Él su ser.

Pero el Espíritu es imagen del Hijo, como atestiguan los santos; y no por signos exteriores, como un rey se reconoce por la púrpura, la capa o la diadema, sino por aquello que tiene interiormente y emite, del mismo modo que el Padre.

De esto procede también cierta semejanza, no según figura y color, como ocurre con las imágenes, porque nada de esto existe en aquellas realidades.

La comparación se encuentra en aquello que es eterno, incorpóreo e inmutable según la sustancia; de ahí que no sea pequeña la semejanza por la cual el Espíritu es imagen del Hijo o el Hijo imagen del Padre.

Pues según aquello que es común a las tres personas, no aparece diferencia alguna entre las personas, ni se contempla propiedad personal alguna.

Porque tampoco según la sustancia se diría: este es el Padre, este el Hijo y aquel el Espíritu; pues si se dijera que la imagen existe según la sustancia, el Hijo no sería más imagen del Padre que el Padre imagen del Hijo.

Por tanto, el Espíritu es llamado imagen del Hijo según la propiedad personal, y no según la sustancia, como ocurre con ser eterno, incorpóreo y semejantes atributos.


De aquí procede lo que dice el gran Basilio en el tercer libro contra Eunomio:

«La imagen verdadera y natural del Hijo es el Espíritu, no una imagen de la divinidad como nosotros».

Pues, siendo Él mismo imagen, no tiene imagen; y siendo unción, no tiene unción.

También Gregorio, llamado Taumaturgo por la revelación, dice estas cosas:

«Un solo Espíritu Santo, que recibe su existencia de Dios, imagen perfecta del Hijo perfecto».

Juan Damasceno, siguiendo igualmente las huellas de los Padres, escribe:

«La imagen del Padre es el Hijo, y la del Hijo es el Espíritu».

También el teólogo Gregorio, hablando del Hijo, dice:

«Es imagen porque es consustancial; y esto de tal manera, pero no por esto el Padre es imagen, es decir, por la naturaleza de la imagen, para que sea la imitación del arquetipo y de aquel de quien se dice».

De donde queda claro que, si el Espíritu es imagen del Hijo, debe recibir de Él su ser.

Pero quien dice que no existe ninguna comparación del Espíritu con el Hijo elimina la razón misma de imagen.

Pues no es posible comprender una imagen eliminando la comparación.

Por eso, si el Espíritu existe como imagen del Hijo, es evidente que tiene relación con Él.

Pues ¿qué es una imagen sino existir a partir de una causa, es decir, de aquel cuya imagen es?

Ahora bien, la sustancia, en cuanto sustancia, no se llama imagen, causa, causativo, mayor o menor; ni tampoco el nombre «sustancia» significa imagen.

Pues las personas son consustanciales, pero no son una sola sustancia personal.


CAPÍTULO VIII

Pero Nicetas, según me parece, no lleva su razonamiento hacia lo que ha sido dicho, sino que se precipita hacia el vacío.

Dice, en efecto:

«Si todos los que quieren pensar rectamente deben confesar que el Hijo y el Espíritu Santo proceden del Dios Padre —este por generación y aquel por procesión— según la naturaleza, de la sustancia del Padre, de manera intemporal y eterna juntamente, como brotes surgidos de Dios; y si ninguno procede antes o después, para que uno no sea alcanzado por otro tiempo, pues donde existe antes y después allí existe necesariamente una intercalación del tiempo.

Pero si se concede esto en las personas de la Trinidad que es principio de todas las cosas, habrá algo de las personas divinas bajo el tiempo; y por ello será criatura, recibiendo el ser en el tiempo y no siendo consustancial a su causa.

Esto es la acción y sombra de la herejía arriana, eunomiana y macedoniana.

Pero si es verdadero —más aún, porque es sumamente verdadero— que intemporal y eternamente el Hijo y el Espíritu resplandecen juntamente de la sustancia del Padre, hay que preguntar si se dice que el Espíritu existe simultáneamente de Dios Padre de manera intemporal y eterna, y que naturalmente resplandece de Él como el Hijo, y que del mismo modo procede del Hijo como procede del Padre, o bien posteriormente.

Pero si posteriormente, el Espíritu será anterior y posterior a sí mismo, anterior al tiempo y bajo el tiempo, eterno y no eterno; porque tendrá una existencia que acompaña a la procesión, lo cual está lleno de toda impiedad.

Y si quienes establecen esto evitan decir semejante cosa imposible y profana, necesariamente afirmarán otra cosa: que procede intemporalmente de Dios Padre y eternamente del Hijo.

Pero ¿cómo es posible que exista simultáneamente de manera intemporal y eterna, de modo que reciba el ser de dos causas, si ambas no son causas primeras y principales?

¿O de qué manera una sola cosa puede recibir la existencia de dos causas, cuando una de las causas, juntamente con aquello que emite de sí, recibe su existencia de otra causa?

Esto es más irracional que toda maravilla y ficción demoníaca.

Y si quienes defienden esto dicen que todo cuanto agrada a Dios y al Padre es posible para Él, hay que responderles que Él mismo no puede negarse a sí mismo, y que siendo principio y causa del Hijo y del Espíritu, no puede dejar de ser aquello que es».


Si, pues, a causa de esta abominable opinión que afirma que el Espíritu procede del Hijo siguen muchas consecuencias inconvenientes, queda claro que el Espíritu procede solamente del Padre, como desde antiguo hasta hoy proclama manifiestamente el discurso de la verdad.

Evito responder con una plena reprensión a este vano e impío discurso.

En ninguna parte de la Sagrada Escritura se encuentra que solamente el Padre sea causa y principio del Espíritu, ni que el Espíritu proceda solamente de Él.

Porque la Escritura da testimonio en muchos lugares de que solamente el Padre engendra, y de que solamente Él es causa y principio del Hijo.

Pues solamente Él tiene al Hijo; pero no solamente Él tiene al Espíritu Santo, ya que ni solamente Él lo envía ni solamente Él lo concede, porque el Hijo da y envía el Espíritu, del mismo modo que el Padre.

Por tanto, puesto que el Espíritu es recibido, enviado y concedido igualmente por el Padre y por el Hijo, existen dos causas que tienen, envían y conceden el Espíritu Santo.

Ya se ha dicho anteriormente que el Padre y el Hijo no son llamados simplemente dos.

Cuando se dice que son dos, este es el sentido, según algunos:

El Padre no es solo, ni el Hijo es solo, sino que son el Padre y el Hijo.

Pero según otro modo de considerar la cuestión, no debe aceptarse en ellos el número dual por las razones ya expuestas.

Pues el número dos, como todos los demás números, no se predica propiamente de las personas divinas, sino de aquello que posee cantidad discreta o continua.


Lo continuo, que según los filósofos se dice solamente de las magnitudes, es aquello cuyas partes están unidas por un término común.

Pero entender en el Padre o en el Hijo partes que estén unidas por un término común ni siquiera admite una ficción.

Tampoco les corresponden las tres dimensiones que, aunque sean continuas en sus partes, se llaman determinadas; no porque se corten entre sí, sino porque cada una posee una razón propia.

Lo discreto, en cambio, es aquello cuyas partes se consideran por sí mismas, de modo que no se contraen mutuamente.

Pero aunque el Padre y el Hijo tengan cada uno sus razones propias, de ningún modo deben entenderse como partes.

Por tanto, solamente por sus propiedades se llaman dos personas o dos hipóstasis: el Padre y el Hijo.

Por esto queda claro que no introducen ningún prodigio, ni aportan ningún portento, ni componen ficción satánica aquellos que confiesan que el Espíritu procede del Hijo.

Pues toda impiedad y toda imposibilidad huye de quien afirma tales cosas.

Porque la mano del Padre y del Hijo es una sola y la misma, como Él mismo atestigua diciendo:

«Mi Padre, que me dio las ovejas, es mayor que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre».

Y poco después vuelve a decir:

«Nadie las arrebata de mi mano».

He aquí una sola mano, no dos, del Padre y del Hijo, porque ambos son una sola causa y un solo principio del Espíritu.

De esta mano procede el dedo, es decir, el Espíritu Santo, como atestiguan los evangelistas.

Mateo escribe:

«Si expulso los demonios por el Espíritu de Dios».

Lucas, en cambio:

«Si expulso los demonios por el dedo de Dios».

Llamando indudablemente dedo al Espíritu, para manifestar que, así como el dedo es consustancial con la mano y procede de ella, tomando de ella su sustancia y existencia, así también el Espíritu Santo, siendo consustancial al Padre y al Hijo, aunque procede del Padre mediatamente y del Hijo inmediatamente.

Pues el resplandor se entiende junto con la sustancia, la imagen junto con el arquetipo y el Hijo absolutamente junto con el Padre.

Pero el Espíritu no es imagen ni Hijo del Padre; tampoco tiene una relación tan estrecha con Él como parece que el Padre tiene con el Espíritu.

De donde resulta claro que ni por el modo de entender, ni por el orden de proceder, ni por la Escritura es posible afirmar que el Espíritu proceda inmediatamente del Padre y no por medio del Hijo.

Pues si, porque el Hijo nace inmediatamente del Padre, se nos da también sin mediación, y el Espíritu procede sin mediación del Padre y se nos da inmediatamente; pero, sin embargo, no se nos da sin mediación, entonces no procede inmediatamente del Padre.


CAPÍTULO IX

Por otra parte, el obispo de Nicomedia acusa vehementemente tanto a quienes afirman que el Espíritu procede del Hijo como a quienes profesan que procede del Padre por medio del Hijo, como si procediese a través de un mediador. Dice:

«Es preciso considerar aquí todas las consecuencias inconvenientes que siguen a quienes sostienen que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Pero si escuchamos a algunos que protestan diciendo que no procede del Padre y del Hijo, sino del Padre por medio del Hijo, que eso es lo que afirman los latinos, entonces, evidentemente, mediante el Hijo procedería del Padre; pero el Hijo procede de Él sin mediación. Por tanto, el Espíritu es inferior al Hijo, pues lo que participa de algo mediante un intermediario es menor que aquello que participa de lo mismo inmediatamente. De aquí vuelve a tener lugar el dogma de Macedonio, que disminuye al Espíritu, quitándole igual dignidad y poder.

¿Cómo, pues, diremos que procede del Padre mediante el Hijo? Pues si el Padre es el emisor y el Espíritu Santo es el emitido, estos son nombres de relación, y al mismo tiempo de naturaleza: porque el emisor es emisor del emitido, y el emitido es emitido por el emisor. Pero nada de aquello que es relativo se dice mediante algo. ¿Cómo, entonces, diremos que el Espíritu Santo procede mediante el Hijo? Esto ciertamente es contrario a los razonamientos silogísticos y a las verdaderas demostraciones».

Estas cosas van contra aquellos que son variados en su discurso y que creen debilitar mediante razonamientos lo que entre nosotros resplandece como doctrina. Nosotros, en cambio, si alguien nos pregunta: «¿Cómo son semejantes el Hijo y el Espíritu Santo al Padre?», respondemos: como del sol proceden el rayo, el resplandor, el calor y la luz, aunque también en estas comparaciones hay muchas alteraciones y falta de semejanza. Pues ¿de qué modo podría asemejarse la naturaleza divina a alguna de las cosas inferiores comparadas con ella?

Ahora bien, el latino está de acuerdo con aquel que afirma que el Espíritu tiene su existencia del Hijo como del Padre; pero rechaza al que dice que procede del Padre por medio del Hijo sin entender que procede del Hijo. Ya se mostró anteriormente por qué hace esto, y nuevamente el discurso persistirá sobre lo mismo.

Ahora bien, antes debe examinarse lo que se ha mencionado: es decir, si el Espíritu procede inmediatamente del Hijo o no. Que procede inmediatamente puede demostrarse mediante el siguiente silogismo:

Si el orden verdadero y firme, y la relación de los nombres, son capaces de verdad y estabilidad, también es verdadero y firme el orden y la relación de las personas. Pues los nombres escritos son signos de aquello que se dice; las palabras son signos de los conceptos; y los conceptos tienen como fin la comprensión de las cosas. Y los conceptos son verdaderamente conceptos cuando se ajustan como a las mismas cosas.

Porque los conceptos son imágenes de las cosas en el alma, y las palabras son indicativas de los conceptos. Por eso la naturaleza las ha concedido, para que por medio de ellas signifiquemos mutuamente las concepciones del alma según la disposición de las cosas.

Así pues, el orden y la relación de los tres nombres de las personas divinas, siendo inmutable y capaz de verdad, une el nombre del Paráclito al nombre del Hijo de Dios sin mediación, del mismo modo que el nombre del Verbo de Dios está unido al nombre del Padre ingénito.

En efecto, el Señor Jesucristo, al establecer la tradición del bautismo salvador, cuando mandó a los discípulos bautizar a todas las naciones en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, señaló este orden. En él une consigo y con el Padre al Espíritu, sin duda por alguna comunidad e igualdad.

Pues no es razonable sospechar que semejante orden se refiera a la naturaleza divina en cuanto tal y no a alguna propiedad de las hipóstasis; porque la naturaleza, siendo una, no está sometida a orden ni a número.

Lo que jamás excede la unidad es completamente innumerable. Pues un solo Dios, una sola sustancia y una sola naturaleza se entienden en las tres personas. Estas son ordenadas, estas son numeradas, estas poseen comunidad y unión entre sí.

Pero aquello que procede de la comunidad de naturaleza no requiere ningún orden. Así, ya digamos: «El Hijo y el Espíritu y el Padre son Dios», o «el Espíritu, el Padre y el Hijo», seguimos el camino recto de la fe. Pero la comunidad que existe por razón de la propiedad personal no es así.

En esta debe observarse aquel orden que el Señor transmitió a los discípulos al mandar bautizar a todas las naciones: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», y no «en el nombre del Espíritu, del Hijo y del Padre», ni «del Hijo, del Padre y del Espíritu». Esto es porque el Padre es causa y principio del Hijo, y el Hijo también es causa del Espíritu Santo.

Esto es completamente manifiesto: según la dignidad del bautismo, el Espíritu está unido al Hijo. Por ello no considero conveniente afirmar que el orden de los nombres divinos de las personas, que hemos mencionado, sea pronunciado en vano. Según la relación y el orden de las personas, existe también el orden y disposición de los nombres.

Pero quizá parezca que el orden que aparece en el Apóstol contradice esto, cuando dice:

«Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todas las cosas en todos».

He aquí que primero menciona al Espíritu, en segundo lugar al Hijo y en tercero a Dios y Padre.

Pero no debe pensarse que el Apóstol haya trastornado el orden. Él comenzó desde nuestra propia relación, como atestigua el gran Basilio:

«Porque al recibir los dones, primero invocamos al que distribuye; después al que envía; y finalmente elevamos el pensamiento hacia la fuente y causa de todos los bienes; este fue el orden que empleó el Apóstol».

Y nuevamente, como dice:

«La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros».

Y en todos los casos semejantes la solución es la misma.

Pues no existe entre ellos gloria y orden según el orden o la gloria que ellos mismos reciben, cuando nosotros los pronunciamos de esta manera; porque allí se considera la relación de las personas, mientras que aquí se considera nuestra propia relación, que no establece una ley ni contradice aquel orden o aquella gloria, sino que recuerda el principio del beneficio recibido.

Por tanto, es manifiesto por lo dicho que el orden de los nombres y la relación son capaces de firmeza y verdad. Si esto es verdadero, así como en el orden de los nombres el nombre del Paráclito está unido sin mediación al nombre del Verbo de Dios, así también la persona que es el Espíritu está unida al Padre sin mediación por el Hijo mediante el mismo Hijo.

Por consiguiente, procede inmediatamente de uno y mediatamente del otro. Pues aquello que se llama medio tiene algo diferente a ambos lados. Y donde tres personas son pronunciadas según un orden, ¿cómo no habrá alguna de ellas que sea media?

Respecto a lo que se ha añadido, a saber: «Entonces el Espíritu es inferior al Hijo, pues aquello que participa de algo mediante un intermediario es menor que aquello que participa sin mediación», no hay que temerlo, porque es inconsecuente.

Pues el Espíritu no es menor que el Hijo por proceder del ingénito mediante el mismo Hijo, como es evidente en las cosas sensibles. He aquí que el mar Atlántico participa del mar Póntico mediante el Propóntide; sin embargo, aquel mar es mayor que el Propóntide.

Del mismo modo, el Nilo y otros ríos semejantes participan mediante una fuente, y sin embargo son mucho mayores que la misma fuente. Y el género generalísimo, la sustancia, participa mediante el género racional e irracional, siendo mayor que ambos.

Además, el Verbo de Dios participa del género humano mediante el alma racional; pero ¿quién se atrevería a afirmar que Él es menor que el alma racional o que la Virgen Madre?

Por tanto, no por esto tendrá lugar el dogma de Macedonio.

Ahora bien, debemos pasar ya a la segunda objeción, que dice: «¿Cómo diremos que procede enteramente del Padre, y lo demás?»

A esto debe responderse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen muchas denominaciones comunes y propias, que la Sagrada Escritura manifiesta.

Por ello, algunas de ellas, porque la misma cosa parece exigirlo, deben recordarse aquí brevemente:

El Padre, pues, es llamado ingénito, causa, principio y emisor. Igualmente el Hijo es llamado engendrado, Verbo, principio, causa y emisor, es decir, inmediatamente. El Espíritu Paráclito, en cambio, es llamado Espíritu, causativo y emitido.

Porque, aunque según esta denominación se diga del Padre y del Hijo, sin embargo el Padre y el Hijo no son referidos recíprocamente a Él según estos nombres apelativos. Pues el Espíritu no es llamado Padre ingénito, ni el Hijo es llamado Sabiduría de Dios o Verbo del Espíritu Santo.

Por tanto, si alguien llama al Padre causa mediata del Espíritu, y al Hijo causa inmediata porque ninguna persona intermedia existe entre Él y el Espíritu al emitirlo, no se aparta de la verdad.

Y nuevamente, cuando el Padre y el Hijo son un solo principio y un solo emisor del Espíritu emitido, quien diga que ambos son absolutamente una misma causa no pecará en modo alguno.

La causa es causa de lo causado, y lo causado se refiere a la causa, y el emisor es emisor del emitido.

Pero quizá alguien objete y diga: «¿Cómo es que el Padre existe como causa mediata del Espíritu según lo dicho, mientras que el Hijo es causa inmediata, porque ninguna persona media existe entre Él y el Espíritu? ¿Son entonces dos causas del Espíritu, una mediata y otra inmediata, el Hijo y el Padre?»

Esto no se deduce en absoluto, así como tampoco se sigue que Dios que tiene Hijo y Dios que no tiene Hijo sean dos dioses, o dos señores.

Debe saberse que algunos dicen que el Padre y el Espíritu, o el Hijo y el Espíritu, no son relativos, porque no hay relación desde una expresión que muestra una relación hacia otra expresión que no tenga una relación semejante. Pues no se conoce una cosa por otra, ni todo lo que se dice de otro es inmediatamente relativo a él, como ocurre con el hábito del alma y la virtud. Esto y cosas semejantes solamente exigen pertenecer a algo, como ocurre con el Padre y el Espíritu, y con el Hijo y el Espíritu.

Algunos dicen que en esto y en cosas semejantes, al no existir conversión mediante estos nombres, solamente se exige que pertenezcan a algo.

Sin embargo, estos establecen al Padre como causa inmediata del Espíritu, y al Hijo igualmente como inmediata, aunque la misma causa.

Esto no va contra Aristóteles ni contra otros filósofos, quienes emplean semejantes divisiones para las cosas humanas y no para las divinas. Pues unas causas existen por sí mismas y otras accidentalmente; unas son remotas y otras compuestas; unas en potencia y otras en acto.

Causa por sí misma se llama al fabricante de una estatua; causa accidental, al hombre o simplemente al animal; causa remota, al artesano de la salud; causa próxima, a la material; y nuevamente, mediante una serie, causa próxima es el doble, mientras que causa remota es el número.

Pero no ocurre del mismo modo en las personas divinas. Pues el Padre, en cuanto emisor, es causa mediata del Espíritu emitido; el Hijo, siendo la misma causa, es llamado inmediata.

Debe notarse aquí que algunos colocan al Padre como medio entre el Hijo y el Espíritu Santo. Igualmente otros establecieron al Espíritu como medio entre el Padre y el Hijo, lo cual no creo que deba llevarse hasta sus consecuencias.

Pues según esto, el Padre, por dar la existencia a ambos, es considerado medio y vínculo de los dos; y el Espíritu, porque no se dice propiamente engendrado ni ingénito, es colocado como medio entre el Padre y el Hijo.

Queda solamente que el Hijo sea propiamente medio, como puede observarse de otras cosas, a saber, del género generalísimo. Aunque este da existencia a los géneros subordinados y a las especies inferiores, nadie afirma que el mismo género generalísimo sea medio entre ellos, como tampoco nadie coloca al río como medio entre la fuente y la corriente.

Así pues, puesto que el Hijo está inmediatamente relacionado con el Padre y con el Espíritu, solamente Él es simple y absolutamente medio entre el Padre y el Espíritu.

Pero es muy temible tratar muchas cosas sobre lo divino, algo que incluso Sócrates temía, quien decía:

«Con dificultad emprendo un discurso sobre los dioses, no sea que alguien diga fácilmente que cometo una falta».

Por tanto, Padre, Hijo, emisor y emitido, causa y causado, son términos relativos. Pues en ellos la existencia se manifiesta mediante una relación.

Sin embargo, nosotros, por los beneficios que Dios nos concede, aprendimos a llamarlo benefactor y Padre, y creemos en un solo Dios, un solo benefactor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero el modo de existencia no puede imaginarlo la mente ni describirlo la razón.

Tampoco puede conocerse de otro modo sino mediante la acción, que es absolutamente una y la misma en los tres, la cual es un solo Dios y una sola sustancia. Y esta simplicidad no la abandona, aunque según una cosa se diga Padre, según otra Hijo y según otra Espíritu.

Son absolutamente inseparables, aunque estas tres personas se distingan por sus propiedades. Y si el Hijo no fuese medio, como se dice, en el nombre del Padre y del Hijo, podría decirse ciertamente en el nombre del Padre y del Espíritu, cosa que la tradición eclesiástica no acepta.

Por esto queda claro que ni el Espíritu ni el Padre deben entenderse como medio en la enumeración de los tres. La misma emanación de la procesión afirma que procede del Padre y del Hijo.

Pues la atribución de los principios pasa por lo próximo. Pero el engendrado es próximo al que engendra y es igual a Él. Y si saliera de la igualdad, dejaría de ser Dios, cayendo de la suprema excelencia al tener una potencia infinita, porque es igual al Padre que lo engendra y coeterno con Él.

El Padre subsiste solamente por esto: engendrar; y por ello solo Él engendra. Pero no emite solo al Espíritu, pues no en cuanto Padre, sino en cuanto emisor, es causa y principio mediante el Hijo.

Esto no debe causar admiración, porque muchas cosas semejantes se encuentran en la naturaleza relacionadas mutuamente mediante un medio.

En efecto, Tántalo es llamado antepasado de Agamenón mediante Pélope y Atreo. Igualmente Pélope es llamado abuelo del mismo Agamenón porque Agamenón es llamado su nieto. Por esta razón son considerados Pelópidas y Tantálidas.

Pero también tío y sobrino son cosas relativas que se dicen mediante un medio, y no es posible entenderlas sin mediación. Del mismo modo, yerno, suegro y todo lo semejante.

Si esto no ocurriera, el parentesco no se extendería mediante una larga línea; tampoco en la lógica el género generalísimo sería considerado género de las especies contenidas, ni la especie más especial sería llamada especie de aquello que está antes de ella.

Pues el género generalísimo es llamado género de los inferiores y lo más especial es llamado especie de los superiores.

Por tanto, nada inconveniente hay en decir que el Espíritu procede por medio del Hijo y del Hijo.


CAPÍTULO X

Pero Nicetas, con un discurso demasiado extenso, se lanza nuevamente contra estas cosas con un ímpetu enorme, de este modo:

«Si entre todos aquellos que desean tributar un culto piadoso a lo divino es manifiestamente aceptado que lo divino es incausado, inmutable y que no admite ninguna variación ni sombra de cambio; y además es omnipotente, infinito, y posee todas aquellas denominaciones dignas de Dios que alguien, extrayéndolas de la Sagrada Escritura y de las concepciones comunes acerca de Dios, puede reconocer, en cuanto sea posible, como propias de lo divino; entonces, cualquier cosa que se enuncie de Dios según su existencia, es manifiesto que se extrae sustancialmente, puesto que lo divino es incapaz de recibir accidentes.

»Y puesto que la razón de la piedad divina nos enseña a pensar y hablar así, debe considerarse si lo divino es capaz de recibir la predicación de aquellas cosas que son llamadas opuestas, o no. Quienes tratan estas cuestiones dividen dichas oposiciones en cuatro modos: pues dicen que pueden encontrarse ya sea en el discurso, ya sea en la realidad. Aquellas que están en el discurso, dicen que son la afirmación y la negación; pero aquellas que están en la realidad las consideran ya sea según una relación, ya sea sin relación. Ahora bien, las que están en relación se implican mutuamente y hacen que algo se oponga a otra cosa; mientras que las que existen sin relación son aquellas en las cuales una cosa es apta para cambiar y la otra no, y son opuestos tales como la privación y el hábito.

¿Cómo, pues, lo divino no recibiría en la predicación aquellas oposiciones que se dan según la contrariedad, la privación y el hábito?

»Es manifiesto que esto ocurre porque la naturaleza divina es absolutamente inmutable. Estas cosas, en cambio, manifiestan su existencia en aquellos que tienen aptitud para alterarse y cambiar. Tampoco recibe aquella oposición que se encuentra como contradicción, porque todo cuanto se considera acerca de lo divino existe siempre idéntico y del mismo modo. Y además, puesto que la naturaleza divina es común a las tres personas y creadora de todas las cosas, no permite que se predique de ella ninguna oposición relativa según una misma especie de relación, para que no parezca destruida la unidad absoluta de la relación.

»Habiendo, pues, expuesto estas cosas a partir de nuestras concepciones comunes acerca de Dios, de las razones naturales y demostrativas y de las investigaciones de los filósofos, debe observarse qué sucede con aquellos que confiesan que el Espíritu Santo procede del Hijo del mismo modo que del Padre.

»Porque si esto es así, la emisión será común al Padre y al Hijo, y el Hijo será causa de la existencia del Espíritu, del mismo modo que el Padre, en cuanto que es emisor. Pero el Hijo es engendrado por Dios Padre, y describe la causa misma como generador, según la palabra de la verdad.

»Se concluye, entonces, que el Hijo recibe una oposición de relación entre aquellas cosas que son relativas, y que de igual modo es causa del Espíritu y procede de Dios Padre como de causa. Pero nos ha sido demostrado por la razón universal que es imposible encontrar oposiciones predicadas de la naturaleza divina o de alguna de las tres hipóstasis.

»Por lo tanto, el Espíritu Santo no procede del Hijo, como algunos impía y profanamente opinan».


Pero cuán frívolo es esto resulta suficientemente evidente, pues ni siquiera se deduce, como él afirma, de las concepciones comunes ni de razonamientos filosóficos, ya que esto pertenece únicamente a las propiedades hipostáticas. En efecto, nunca el Padre es el Hijo, ni el Hijo es el Padre o el Espíritu; pero nada impide que una cosa pueda recibir una relación respecto de otra y otra relación respecto de una tercera, aunque nunca pueda recibir relación respecto de una misma cosa idéntica.

Pues no es posible que lo mismo sea causa de sí mismo y causado por sí mismo.

Y que lo que se ha propuesto acerca de las propiedades hipostáticas como algo inconveniente es verdadero, se muestra claramente por la observancia del orden de las mismas personas.

He aquí que la santa y bienaventurada Trinidad tiene muchos nombres, porque son muchos sus beneficios hacia el género humano. Algunos de estos nombres manifiestan la sustancia, otros no. Entre estos últimos no existe ningún orden necesario, ciertamente en los tres nombres —como se explicó anteriormente— que son Padre, Hijo y Espíritu, y en cualesquiera otros semejantes. Pero la Sagrada Escritura conserva un orden cuando se trata de estos nombres.

Si este orden no imitara a las personas, sería una glorificación falsa, indecorosa y semejante a un sueño, que ciertamente es algo, pero no posee ninguna de las cosas cuya imagen representa. Así, tal orden sería la representación de aquello que no es un verdadero orden.

Por consiguiente, el orden de los nombres imita a las mismas personas; y mediante el Hijo, el Espíritu procede del Padre. El Hijo existe ciertamente desde una causa, a saber, el Padre, de quien ha sido engendrado; y el mismo Espíritu es causa en cuanto que es su emisor.


Esto quiso mostrar ciertamente el Salvador cuando, al ordenar a sus discípulos bautizar, les transmitió el orden mencionado de los tres nombres. De ningún modo debe pensarse que lo hizo sin motivo.

El mismo Salvador lo afirma cuando dice al Padre: «Todas mis cosas son tuyas»; pues a Él, como principio, refiere la emisión del Espíritu e incluso la creación del universo. Y también: «Las tuyas son mis cosas», porque aunque tengo de ti el Espíritu, lo emito como tú, y creo juntamente todas las cosas, sin necesitar ayuda alguna; pues esto pertenece a los ministros y está lejos de la dignidad del Hijo.

Por lo tanto, no hay inconveniente alguno en llamar a la misma persona causa y causada, del mismo modo que se dice que es quien envía y quien es enviado, quien glorifica y quien es glorificado, quien es predicado y quien predica, tomándose en un sentido respecto de una cosa y en otro sentido respecto de otra.

Pues en el monte Tabor el Padre ciertamente predicaba, el Hijo era predicado, y la nube cubría, es decir, el Espíritu Santo, de modo que no era necesario un tabernáculo hecho por manos humanas.


De estas cosas que han sido dichas queda manifiestamente refutado aquello que algunos presentan como algo irrebatible.

Dicen ellos:

«Una sola causa de existencia produce muchos efectos en las cosas naturales, artificiales, voluntarias y casi en todas las cosas. Así, Adán, aunque fue un solo hombre, fue causa de muchos efectos provenientes de él, como padre. Del mismo modo, Beseleel, el artesano, aunque era uno solo, fue causa de muchas obras diferentes. Lo mismo se encuentra en aquellas cosas que se hacen voluntariamente: pues Pedro y Pablo, mediante la doctrina de la predicación evangélica, llevaron a muchos a la fe, y cada uno de ellos, siendo uno solo, se convirtió en reconciliador de la salvación de muchos, engendrando voluntariamente a muchos en la fe.

»Pero, inversamente, ocurre con los efectos. Pues existiendo un solo efecto, necesariamente existe una sola causa próxima, salvo que, por defecto o debilidad de esa misma causa, tome consigo alguna causa auxiliar, como claramente se ve en las mismas cosas.

»Si esto es así, la procesión del Espíritu desde el Hijo junto con el Padre indicaría defecto y debilidad, lo cual de ningún modo se sigue».

Pues si queremos seguir este razonamiento, el mundo, puesto que es causado, no tendría ni al Hijo ni al Espíritu como causa próxima, sino solamente por debilidad e impotencia del Padre. Pero cada una de las tres personas existe igualmente como hacedora del mundo y creadora.

Pues, como se dijo anteriormente, el Padre solo engendra, pero no solo crea ni solo constituye.



CAPÍTULO XI

Pero el obispo de Methone todavía replica contra estas cosas:

«Si todo cuanto tiene el Hijo lo tiene recibiéndolo del Padre, sin duda también tiene del Padre la emisión del Espíritu. Por lo tanto, esta liberalidad tan diversa es una sola: según ella, el Hijo ciertamente recibió del Padre el ser él mismo causa del Espíritu; pero el Espíritu, aunque tenga el mismo honor y proceda de la causa de la misma sustancia, sin embargo queda privado de igual honor, puesto que de ningún modo recibe del Padre el ser causa del Hijo o de otro semejante a él, a menos que alguien se atreva a imputar al Padre el crimen de injuria».

Pero este hombre puede ser igualmente apremiado por la misma dificultad. Pues si el Hijo recibió del Padre todo cuanto tiene, también recibió de él la misión del Espíritu, ya que ciertamente el Hijo envía al Espíritu. Pues dice: «Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, lo enviaré a vosotros»; y nuevamente: «Esto no os lo dije desde el principio, porque estaba con vosotros; pero ahora voy al que me envió».

He aquí que es evidente que el Hijo envía al Espíritu Santo y que el mismo Espíritu es enviado por el Padre. ¿Cómo, entonces, si el Hijo recibe del Padre la emisión del Espíritu —pues es quien envía y quien es enviado—, el Espíritu no recibió la misión ni del Hijo ni de otro semejante a él? Por lo tanto, esta liberalidad quedaría privada de igual honor.

Sin embargo, esta objeción puede resolverse fácilmente, pues puede responderse convenientemente:

El Espíritu no recibió el ser causa del Hijo porque el Hijo es causa del mismo Espíritu; pero nunca se encuentra que el Espíritu sea causa de aquel, ni de otro semejante a él, para que no se introduzca así una cuarta persona en la Trinidad.


Además:

¿Cómo recibe el Hijo todo juicio del Padre y no se lo comunica al Espíritu? Pues está escrito: «Todo juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre».

Sospecho, más aún, creo firmemente, que si la emisión del Espíritu pertenece al honor del Padre, debe referirse también al honor del Hijo. Pues así como el Hijo tiene la vida del Padre y tiene el juicio, así también tiene la emisión del Espíritu. Y así como la capacidad de ser engendrado no impide al Hijo tener la naturaleza del Padre, sino que más bien se prueba que la tiene precisamente por esto, del mismo modo la emisión del Espíritu desde el Padre y el Hijo no impide al Espíritu tener la naturaleza del Padre y del Hijo.

De otro modo, el Espíritu y el Hijo no serían de la misma naturaleza que el Padre, puesto que el Padre solo engendraría y, según la opinión griega, solo él emitiría al Espíritu; mientras que el Espíritu y el Hijo de ningún modo lo harían.

Pero aún insiste este mismo hombre diciendo que el Espíritu no es uno y simple, porque no procede de uno solo, sino de dos: uno de los cuales es causa sin proceder de causa alguna; el otro, en cambio, procede de causa y al mismo tiempo existe como causa.


Pero si por el hecho de proceder de dos el Espíritu fuese divisible, que alguien diga del mismo modo que el Padre sería divisible, puesto que de sí mismo engendra al Hijo y emite al Espíritu.

Pues ¿cómo de lo indivisible proceden dos cosas como distintas, el Hijo mediante generación y el Espíritu mediante procesión?

Ciertamente hay aquí una falacia, al pensar que de las relaciones se produce una composición. Pues las cosas relativas no muestran nada más que sus propios sujetos sustanciales. De ahí que con frecuencia suceda que, sin que se produzca ningún cambio en la sustancia, cambie la relación: como aquel que antes estaba a la derecha, sin alterarse él mismo en nada, al cambiar otro de posición se convierte en izquierdo, modificándose solamente la relación.

Por esto los filósofos llaman al predicamento de relación como una especie de «retoño» entre los nueve predicamentos; porque en él se considera algo leve y accidental, ya que muchas veces está presente o ausente sin ninguna mutación o alteración de la sustancia.

De donde queda claro que de ningún modo se concluye que, si el Hijo es causa y procede de causa, no sea completamente causa ni completamente procedente de causa, sino que esté compuesto de ambas cosas imperfectas.

Por el contrario, indudablemente es totalmente causa y totalmente procedente de causa, puesto que es indivisible e incorpóreo.

Que causa y causado introducen composición es manifiesto: he aquí que el Hijo y el Espíritu, junto con el Padre, son principio y causa creadora del universo. Pero proceden del Padre como causa el Hijo y el Espíritu Santo según especies distintas de relación, algo en lo cual se manifiesta más claramente que en cualquier otra cosa compuesta.

Pues en las criaturas uno u otro es llamado causa, como causa eficiente y creadora, según aquella especie de relación; pero de ningún modo el Espíritu o el Hijo proceden del Padre bajo esta relación, porque cada uno de ellos es creador, no criatura.


Debe notarse que aquí queda manifiestamente resuelta la objeción de Nicetas acerca de los opuestos.

Así pues, si causa y causado, según una relación diferente, cuando se aplican al Espíritu y al Hijo, no producen composición alguna en ellos, es manifiesto que tampoco el Hijo tiene composición por el hecho de ser llamado causa del Espíritu del mismo modo que el Padre.

Además, el mismo obispo argumenta de este modo:

«Si el Hijo nace inmediatamente del Padre, y mediante el Hijo el Espíritu procede del mismo Padre, entonces el mismo Padre es considerado causa próxima y remota».

Pero esto, como ya se dijo anteriormente, quizá tiene lugar en aquellas cosas donde existe anterioridad y posterioridad. Por ejemplo, el mismo hombre puede ser causa de una estatua por sí mismo en cuanto que es escultor; pero en cuanto que es artista en general, es causa accidental, por lo cual se llama causa próxima y remota.

En las personas divinas, en cambio, puede decirse ciertamente medio, inmediato y próximo; pero no creo que deba decirse remoto. Pues lo divino no está sometido a la naturaleza creada.

De donde resulta que la emisión del Espíritu no es una propiedad personal del Padre, ni en esto se distingue del Hijo.

Porque si la emisión del Espíritu fuese propiedad personal del Padre, nunca ni en algún momento se diría que es causa mediata del Espíritu, sino siempre inmediata, como se dice respecto del Hijo.

Pero siendo el Padre causa del Espíritu mediante el Hijo, no es propiedad personal ser emisor, ni del Padre ni del Hijo.


Y puesto que el Espíritu procede mediante el Hijo y desde el Hijo, esto es manifiesto (pues el Hijo siempre está unido a su Padre sin mediación), ya que el Padre ciertamente engendra sin mediador, pero emite mediante el Hijo; y por eso tiene al Espíritu como Padre mismo atestigua: «El Padre no me ha dejado solo».

Pero si el Espíritu pertenece igualmente y del mismo modo al Hijo que al Padre, y el Padre lo emite sin que el Hijo lo emita, se sigue que el Padre abandona al Hijo únicamente en esto, lo cual supera toda impiedad que pueda imaginarse.

Pero quizá alguien diga:

«Si el Hijo no existe por sí mismo, ni tiene por sí mismo al Espíritu; y si no lo tiene por sí mismo, tampoco lo envía ni lo emite de modo semejante e igual al Padre».

Pero el Hijo no existe por sí mismo, como él mismo declara diciendo: «Yo no he venido por mí mismo», lo cual ya fue suficientemente resuelto anteriormente.

Pues si se admite esto, de ninguna manera el Hijo tendría la vida de modo igual y semejante al Padre, cosa que ninguna confesión de un hombre entendido admite.

Y debe observarse que no dijo estas cosas disminuyendo su poder, sino destruyendo algo extraño y contrario.

Pues si el hombre tiene naturalmente libre albedrío, y es superior a todo lo que la tierra contiene, cuánto más el Hijo unigénito de Dios, que se anonadó a sí mismo y se entregó por nosotros, tiene el Espíritu y la vida, como claramente aparece.

Así lo afirma él mismo diciendo:

«Como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener vida en sí mismo».

¿Y cómo no le habría dado tener y emitir el Espíritu del mismo modo que él lo tiene y lo emite?

El Hijo no tiene el Espíritu por participación, pues él es vida por sí mismo, luz por sí mismo y verdad por sí mismo; ni recibe del Espíritu alguna pequeña parte, de modo que por ello fuese incapaz de emitirlo, mientras el Padre pudiera hacerlo plenamente.

Lo que siempre tuvo, ¿cómo lo recibió de otro?

¿Qué tendría de superior un apóstol si, al invocar al Padre, enviase el Espíritu sin tenerlo por sí mismo ni procediendo de él?

Por lo tanto, el Hijo envía y emite al Espíritu como también el Padre; y el Espíritu no sufre ningún daño al ser enviado y proceder, pues aunque es enviado, está presente en todas partes, distribuyendo a cada uno según quiere.


Es propio de Dios no solamente conocer de antemano las cosas futuras, sino también hacer cuanto quiere. Pues, como dice el Apóstol:

«A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para utilidad».

Además, los fieles son guiados por el Espíritu y son hechos hijos de Dios; también son santificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios, como dice el mismo Apóstol.

Este es el Espíritu que conoce las profundidades de Dios, que llena el orbe de la tierra, que conduce a toda verdad, que está presente en todas partes y que no necesita de nadie; nada tiene añadido ni adventicio.

Por esto queda manifiesto que cuando el Hijo dice: «Yo no he venido por mí mismo», y del Espíritu dice: «Yo lo enviaré, y recibirá de lo mío y me glorificará», y todas las expresiones semejantes, únicamente muestran la distinción de las personas, la cual era completamente desconocida para los hombres.

Este es el Espíritu que hablaba en los apóstoles, pues los apóstoles hablaban según el Espíritu les concedía expresarse; y nuevamente:

«No sois vosotros quienes habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre, que está en los cielos, habla en vosotros».

Este mismo Espíritu habló también en los profetas.

«¿Quién dará —dice Moisés— que todo este pueblo profetizara, cuando el Señor dé su Espíritu sobre ellos?»

Y el nuevo profeta del Nuevo Testamento, Ágabo, clamaba diciendo:

«Esto dice el Espíritu Santo».

Así pues, en los profetas, en los apóstoles y en Cristo hablaba un mismo Espíritu Santo; pero, sin embargo, era poseído por ellos de manera distinta que por Cristo.

Pues Cristo tenía el Espíritu por sí mismo; ellos, en cambio, lo tenían por Cristo.

Por consiguiente, si el Verbo del Altísimo tiene por sí mismo el Espíritu y da por sí mismo el Espíritu, es evidente que lo emite por sí mismo y que el Espíritu procede de él.


Además:

Los signos que eran realizados por los apóstoles no eran propios de ellos, sino de Dios, que obraba mediante ellos.

Pero los que eran realizados por el Hijo de Dios eran propios de él mismo, quien nada puede tener añadido en cuanto Dios.

Pues lo divino, siendo simplemente ser, es bueno por sí mismo, suficiente en sí mismo y contiene en sí su propia plenitud; aunque algunos admitan que aquello que es simplemente suficiente por sí mismo es inferior al bien.

Pues dicen:

«¿Qué otra cosa es ser suficiente por sí mismo sino aquello que posee el bien desde sí y en sí mismo?»

Pero de este modo se dividen ocultándose a sí mismos, separando mediante participación aquello que no admite división.

Por lo tanto, el Hijo emite al Espíritu, pero no sin el Padre; del mismo modo que tampoco el Padre sin el Hijo.

Porque así como el Espíritu es del Padre, así también es del Hijo.

Por esto el Hijo de Dios es Verbo de Dios; y el Espíritu del Hijo es el Paráclito. De ahí que diga:

«El Padre enviará en mi nombre».

Lo cual no significa otra cosa sino: en mi virtud y en mi poder.

Pues yo soy emisor, como también el Padre, porque el Espíritu procede de mí.

Yo estoy unido al Padre sin mediación; yo soy la vida y la verdad, y el camino hacia él.

«Nadie viene al Padre sino por mí».

Y en otro lugar dice que el Padre lo atrae hacia sí:

«Nadie puede venir a mí si mi Padre no lo atrae».

Queda claro, por tanto, que el Hijo ofrece al Padre y el Padre atrae al Hijo; pues el Hijo está unido inmediatamente al Padre y existe en todo igual a él.

De ahí:

«Quien me ve a mí, ve al Padre».

Y:

«El Padre, permaneciendo en mí, hace las obras».

No tengo nada singular ni separado del Padre; como tampoco el Padre tiene algo que esté separado de mí, sino que todo es común.

Por lo tanto, si el Hijo está totalmente en el Padre, el Padre no emite solo al Espíritu.

Pues si solo emitiera al Espíritu, el Hijo no estaría totalmente en el Padre sin mediación.


CAPÍTULO XII.

Ahora bien, el obispo de Metona sostiene que el Espíritu no sería igual al Hijo si procediese de Él, empleando el siguiente silogismo: «Lo que procede de dos no es jamás igual a aquello que procede solamente de uno; y el Espíritu procede de dos, mientras que el Hijo tiene su nacimiento solamente del Padre; por tanto, el Espíritu no es igual al Hijo, sino que es o mayor o menor».

¿Qué considero que debe responderse a esto, sino mostrar un inconveniente semejante mediante una composición parecida? De este modo: «Lo que procede de uno no es jamás igual a aquello que procede de ninguno; pero el Hijo procede solamente de uno, es decir, del Padre, que tiene existencia sin proceder de nadie: por consiguiente, el Padre y el Hijo son desiguales». Tales cosas no pertenecen a las propiedades de la cantidad, porque en lo divino no existe ni medida ni cantidad. Por esta razón, propiamente hablando, el Padre y el Hijo no son dos, como si de dos seres diferentes el Espíritu recibiera su existencia, pues Dios Padre es tan grande como el Padre con el Hijo.

Pero este hombre intenta nuevamente engañar, razonando de este modo: «Si el Espíritu procede del Padre y del Hijo, entonces ya no será solamente el Padre Padre; ni tampoco toda la unidad será la Deidad». Y, en consecuencia, ¿cómo no ocurrirá también que, al compartir el Hijo la causa paterna, ya no será solamente el Hijo Hijo? Pues ¿cómo, siendo el Padre una parte del Espíritu, no dejará de ser el único Espíritu? ¿Cómo, si no procede de uno solo ni de uno? Este hombre entrelaza estas cosas y muchas otras para parecer que refuta; pues, como dice Aristóteles, los hombres desean sobre todo parecer que refutan. Pero como mezcla falsedades con verdades, no concluye nada.

¿Qué fuerza puede tener esta consecuencia: si el Espíritu procede del Padre y del Hijo, el Padre no es Padre, ni el Hijo Hijo, ni la unidad Deidad? Pues de igual modo podría alguien concluir: si el Espíritu es recibido por naturaleza del Padre y del Hijo, el Padre es Hijo y el Hijo es Padre. O también: si el Hijo y el Espíritu reciben del Padre la existencia de modo diferente, ya no será Dios uno y simple el Padre; lo cual quizá sucedería si se dijera que el Espíritu y el Hijo son dos por naturaleza y no solamente por propiedades, y que la unidad no corresponde a las tres personas juntas según la naturaleza, sino separadamente.

Por esta razón, ni el Padre y el Hijo son dos unidades, ni el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres unidades. Al contrario: las tres personas son una unidad, así como un solo Dios y toda la unidad; y toda la Trinidad es Deidad. Sin embargo, así como no existe una trinidad de personas, tampoco puede considerarse propiamente, como se mostró antes, una unidad de ellas.

Uno solo, ciertamente, y solamente el Padre es Padre; uno solo y solamente el Hijo es Hijo; y uno solo y solamente el Espíritu es Espíritu Santo. La Trinidad entera es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; la unidad es Trinidad y la Trinidad es unidad: pues este tres es un solo Dios, y Dios es este tres, y Dios solamente es uno.

Por eso no se entiende una dualidad o una trinidad de unidades, sino que el Padre es fuente de las dos personas que proceden de Él, y de aquello de lo cual no procede ninguna unidad, sino personas. Por eso no se creen dos padres, ni dos hijos, ni dos espíritus: ni tres dioses, sino un solo y único Dios entero, que existe antes de todas las cosas, sobre todas las cosas y como causa de todas.

Es evidente, por tanto, que lo que se ha concluido es inconsecuente. Pues todo aquello que se deduce de la naturaleza hacia las propiedades, o de las propiedades hacia la naturaleza, es inconsecuente, como puede verse en este ejemplo: «Un Dios es tres personas». Luego, o el Dios no engendrado, o el engendrado, o el que procede, es tres personas. Esto carece de silogismo, porque «uno» se dice según la naturaleza, mientras que «no engendrado», «engendrado» y «procedente» no se dicen así. Por eso nada puede concluirse a partir de estas cosas.

Además, la unidad, en cuanto unidad, es inmóvil, puesto que no tiene ninguna causa de su existencia. Pues todo aquello que no es precedido por otra cosa merece ser considerado inmóvil. Pero ninguna causa puede ser considerada anterior a Dios; de esto da testimonio el gran Dionisio. Dice:

«En casi todo el tratado de la teología contemplamos la Tearquía santísima como unidad, a causa de la simplicidad de su indivisible naturaleza sobrenatural; por la cual comprendemos en Dios una concordia digna de Él, como virtud unificadora. Y como Trinidad, por la manifestación de la fecundidad supraesencial de las tres personas».

Por esto, la unidad pertenece a la naturaleza, mientras que la Trinidad pertenece a las personas. Por tanto, cuando los santos Padres dicen que la unidad se mueve, no debe atribuirse movimiento a la misma unidad, sino a nuestra mente, que se mueve al contemplar a Dios uno en tres personas, teniendo exactamente la misma naturaleza. Esto es lo que Dionisio dice nuevamente:

«La Deidad fontal es el Padre; el Hijo y el Espíritu son, si es oportuno decirlo así, brotes plantados por Dios de la fecunda Deidad».

Llama «Deidad fontal», es decir, fuente en la Deidad, al Padre, solamente porque el Padre existe sin principio y concede el ser a los otros dos. Al Hijo y al Espíritu los llama «brotes plantados por Dios», porque ambos reciben el ser del Padre. Pero como impropiamente se llama Deidad al Padre, añadió: «si es oportuno decirlo así».

De ningún modo con estas palabras niega que el Espíritu sea del Hijo; más bien parece afirmar que el Espíritu es del Hijo, al decir: «el Hijo y el Espíritu», y no «el Espíritu y el Hijo», como si por medio del Hijo procediera el Espíritu del Padre. Pero el modo de proceder no puede expresarse ni comprenderse, pues es absolutamente inefable.

Queda claro, por tanto, por lo dicho, que ni el Hijo ni el Espíritu son llamados unidad. El Padre, sin embargo, según algunos, es llamado alguna vez con el término de unidad, como cuando Gregorio el Teólogo disputa así:

«La unidad, movida desde el principio hasta la dualidad, permaneció hasta la Trinidad».

Pero parece que este santo varón usa aquí de manera figurada la unidad por el Padre, la dualidad por el Hijo y la Trinidad por el Espíritu Santo. Esto se debe tanto a que el nombre de unidad significa la naturaleza y no la persona, como a que el Verbo de Dios no es llamado Hijo de la unidad, pues de ningún modo se considera que su unidad sea el Padre.

El sentido de estas palabras es, pues, el siguiente: el Padre, rechazando la esterilidad, se movió hacia la dualidad, es decir, engendró al Hijo; y permaneció hasta la Trinidad, es decir, mediante el Espíritu, emitió al Espíritu; y no avanzó más, ni engendrando ni emitiendo.

Algunos, sin embargo, quieren interpretar este pasaje de otro modo, diciendo que la unidad se mueve hacia la dualidad y hacia la Trinidad sin intermediario; pensando que así como el Padre se mueve sin intermediario en la generación del Hijo, también lo hace en la emisión del Espíritu Santo. Pero si esto fuese verdadero, el Padre no se movería desde el principio hacia la dualidad, sino hacia la Trinidad, generando inmediatamente de sí al Hijo y emitiendo inmediatamente al Espíritu, porque ciertamente esto estaría en contra del orden establecido en el mandato de Cristo dado a sus discípulos sobre el bautismo.

Del mismo modo estaría en contra del orden de la glorificación ya mencionado, pues también allí se engendra en verdad al Hijo sin mediador, pero se emite al Espíritu por medio del Hijo.

Además, es imposible pasar a la Trinidad sin pasar por la dualidad. Pues si por naturaleza y dignidad el dos es anterior al tres, no es posible comprender que haya llegado a la Trinidad sin avanzar mediante la dualidad. Y ciertamente el dos es anterior al tres en naturaleza y dignidad.

La unidad es anterior a la dualidad porque no se convierte según la consecuencia de la subsistencia. Pues, como dice Aristóteles, cuando existen dos, inmediatamente se sigue que existe uno; pero existiendo uno, no es necesario que existan dos. Así, existiendo la Trinidad, se sigue inmediatamente la dualidad; pero existiendo la dualidad, no se sigue necesariamente la Trinidad, porque el tercero se refiere al segundo, mientras que el segundo no se refiere al tercero, sino al primero.

De esto aparece clarísimamente que el Padre y el Hijo conceden igualmente el ser al Espíritu Santo. Por lo cual también el Hijo es llamado principio en la santa Trinidad, como se ha discutido anteriormente. Solamente el Padre, por tanto, existe sin principio y sin causa. Pero no es causa y principio solamente.

Se dice que se mueve, como la disciplina mueve a los indisciplinados instruyéndolos, permaneciendo ella misma inmóvil; o como Aristóteles dice que el sol hace ponerse el día y que las estrellas fijas se mueven: no porque se muevan según sí mismas, sino según la ausencia de nuestra visión. Dice:

«Nuestra vista, extendida a lo lejos, vacila por su debilidad, lo cual quizá es causa de que parezcan vibrar las estrellas que están fijas; mientras que los planetas no vibran, porque hasta ellos llega nuestra visión».

Y que el ocaso del sol parezca producirse por su movimiento de oriente a occidente no pertenece al mismo sol, sino a nuestra visión. Así también lo divino, siendo inmóvil, se dice que se mueve absolutamente según nuestra naturaleza y sustancia, cuando mueve nuestra inteligencia a contemplarlo y a realizar diversas investigaciones sobre la Trinidad, la unidad y las propiedades de las personas.

También se dice que la unidad se mueve hacia la dualidad hasta la Trinidad, pero no más allá, porque este número posee eternidad e identidad: tiene el mismo principio, el mismo medio y el mismo fin, cosa que ningún otro número ha alcanzado. Pues la unidad es principio, la unidad es medio y la unidad es fin.

«Todo es uno y tres son todas las cosas», como afirma Aristóteles. Dice:

«El cuerpo es la única magnitud perfecta, pues solamente él es definido por tres dimensiones; y se dice que lo contiene todo porque tiene principio, medio y fin, y porque no existe magnitud que tenga más de tres dimensiones».

Así como, por tanto, en las tres personas lo divino tiene perfección, del mismo modo todo cuerpo tiene perfección en sus tres distancias, como enseñó Ptolomeo:

«Es necesario que haya tres distancias definidas, y tomarlas según líneas rectas perpendiculares; pues solamente es posible tomar tres líneas rectas entre sí: dos mediante las cuales se define la superficie y una tercera que mide la profundidad».

Pero la unión de las tres personas supera toda serie del pensamiento, toda fuerza de los razonamientos y está colocada por encima de toda naturaleza, porque las tres personas divinas son un solo principio sin tiempo. Pues aunque el Hijo sea del Padre y el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sin embargo el Hijo no comenzó a existir después del Padre, ni el Espíritu después de estos dos.

No debe concederse absolutamente ningún instante ni punto en el que el Padre haya precedido al Hijo o al Espíritu, del mismo modo que el sol no existió antes que su propia luz, ni la luz precedió a sus rayos. Por esta razón no se llama absolutamente causa aquello que parece anterior por ser causa.

Pero el obispo de Metona dice:

«Debe investigarse cómo piensan quienes confiesan que el Espíritu procede del Hijo: si porque se dice que es del Hijo, o porque universalmente parece que todo aquello que se dice ser de alguien procede de ese mismo».

Si esto fuese así, porque Dios es llamado Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, entonces procedería de ellos; y también todo el mundo procedería de ellos. Y añade:

«Más aún, para usar ejemplos familiares, puesto que el Padre mismo es llamado Dios y Padre de Cristo, procedería de Él, de modo que la blasfemia pasaría del Hijo al Padre y a toda la Deidad».


CAPÍTULO XIII

También Teofilacto, arzobispo de Bulgaria, discute sobre el mismo capítulo de este modo:

«No es inoportuno decir en este lugar, ofreciéndose la ocasión por el mismo asunto: ¿de qué modo tiene el Hijo al Espíritu, y de qué modo el Espíritu es del Hijo? Pues dice el Apóstol: “Envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba, Padre”; y en otro lugar: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, éste no es de Él”.

Pero los latinos, aceptando esto y desatinando, confiesan que el Espíritu procede del Hijo. Nosotros, en cambio, primeramente les decimos esto: que una cosa es ser de alguien y otra cosa es ser desde alguien; como, por ejemplo, que el Espíritu sea del Hijo es indudable y está confirmado por el testimonio de la Escritura; pero que sea desde el Hijo ninguna Escritura lo atestigua, para que no introduzcamos dos causas del Espíritu: al Padre y al Hijo».

Pero [dicen]: «Insufló sobre los discípulos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. ¡Oh insensatez! Si cuando insufló les dio el Espíritu Santo, ¿cómo decía: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, no muchos días después”? ¿O cómo creemos que el Espíritu vino en Pentecostés, si verdaderamente lo había dado el día de la resurrección, puesto que insufló tres veces?»

Pero aquí ciertamente hay abundante motivo para reírse. Es manifiesto que no les dio tres veces el Espíritu Santo, sino uno de los dones del Espíritu Santo, a saber, el de perdonar los pecados.

Y nuevamente: «El Hijo tiene al Espíritu sustancialmente, como consustancial a Él, no como alguien poseído por el Espíritu. Pues los profetas son movidos [por el Espíritu], y de igual modo se dice que el Espíritu es Espíritu del Hijo, según que el Hijo es unidad, fuerza y sabiduría; pero el Espíritu Santo es descrito por Isaías como Espíritu de unidad, de fortaleza y de sabiduría. Se dice Espíritu del Hijo porque por medio del Hijo es dado a los hombres».

Ambos varones, para decir la verdad, beben de la tierra y de ningún modo alcanzan la criatura de Dios, e implican muchísimos inconvenientes; pero puesto que las cosas increíbles e inciertas carecen de demostración, ya que semejantes argumentaciones no han sido iluminadas ni por las concepciones comunes ni por las autoridades de los santos, por ello intentaré, cuanto el Señor concede, descubrir y manifestar la verdad, para que la falsedad no sea recibida como verdadera y la lámpara de la verdad no parezca apagarse bajo el ataque de semejantes tempestades.

Primeramente, pues, debe decirse que, así como el Espíritu Santo es llamado especialmente Espíritu, así también el Hijo es llamado sabiduría, virtud y unidad. Sin embargo, el Padre y el Espíritu Santo también son llamados así cuando se usan esas mismas denominaciones.

Pues no puede entenderse sabio sin sabiduría, ni poderoso sin poder, como tampoco amante sin amor. Es sabio el Padre, sabio el Hijo y sabio el Espíritu Santo. Igualmente verdadero y poderoso. Pero el Padre confiere al Espíritu el ser, y el Hijo también lo confiere juntamente con Él. Pues el Espíritu del Padre y del Hijo es amor, igualmente y sustancialmente y según la naturaleza.

Quizá los varones antes mencionados negaron que el Espíritu sea del Hijo por esto: porque según ninguno de los modos que los filósofos acostumbran decir que algo es de algo, el Espíritu procede del mismo Hijo.

Ahora bien, los modos acostumbrados de decir que algo es de algo son éstos: ciertamente se dice que algo es de algo cuando consta de materia y forma. Pues de la materia se dicen las cosas materiales, y de la forma lo que está formado en ellas.

Según este modo, no se dice que el Espíritu sea del Hijo. También se dice que algo es de algo como de una causa eficiente, y lo perfecto de lo imperfecto, como acostumbramos decir del niño que llega a ser joven.

También de las partes se forma el todo, y de los contrarios los contrarios; y ciertamente lo posterior se hace de lo anterior, como del hebreo el griego y del griego el latín.

Pero según ninguno de los modos dichos es el Espíritu del Hijo; ni tampoco del Padre. Pues el Padre no es ni materia ni especie del Espíritu Santo, ni parte, ni aquello que procede de un contrario permaneciendo el mismo sujeto para la mutación hacia el contrario, lo cual sucede por pasión y corrupción de otro.

Pero toda corrupción está ausente del Espíritu Santo, y toda alteración completamente, pues no cambia por los tiempos, como si antes hubiera existido pequeño y después, como el niño en hombre, llegara al crecimiento mediante momentos temporales.

Ciertamente hay otro modo de existencia, según el cual el Espíritu es considerado del Padre y del Hijo: un modo inefable e investigable, aunque el Espíritu prometió enseñar a toda criatura.

Sin embargo, entre todos los latinos es manifiesto por la fe que el Espíritu [Santo] es del Padre y del Hijo sustancialmente, y según la naturaleza, e igualmente; porque no aparece ser menos del Hijo, sino más bien que es del Padre, es decir, existe absolutamente por igual de ambos.

Por esta razón, no es según abundancia o defecto de uno u otro, porque de tantos modos como es del Padre, de otros tantos existe del Hijo según la naturaleza, sustancialmente según la causa; y según la emisión, es decir, la procesión.

Además, aquello que anteriormente se presentó como opuesto, a saber, que una cosa es ser de algo y otra cosa ser de alguien, se encuentra que conviene a una misma cosa en muchos casos. Pues la parte ciertamente es del todo, y procede del todo; el fruto es de un árbol, y procede del árbol; y la espuma es del mar, y procede del mar.

Y así como es imposible que el agua sea del manantial y no proceda del manantial, así es imposible que el Espíritu sea del Hijo y no proceda del Hijo; o que sea del Padre y que el Hijo y el Espíritu no procedan del Padre. Pero el Padre no [es de otro], porque no es de alguien como procedente de algo, sino que se dice [Padre] en cuanto que engendra a su Hijo.

Por tanto, no es conveniente la comparación entre Abraham y el Espíritu. Pues Abraham es llamado Dios en cuanto creador, y Señor de Abraham; quizá también como amigo suyo. Y el entendimiento, la fortaleza y cosas semejantes son llamados [de Dios] como causa eficiente.

Pero el Espíritu es llamado del Hijo y del Padre en cuanto que existe desde Dios y Él mismo es Dios; no como algo adventicio que sobreviene exteriormente (pues ¿quién se atrevería a afirmar esto?), sino como plenitud de Él.

Ciertamente, éste no puede ser comprendido por un entendimiento sano de otro modo sino según que, como antes se dijo, siendo llamado tercero desde el Padre, se entienda y considere que tiene su sustancia desde el Hijo. Este Espíritu, ciertamente, según la palabra de verdad del Señor, es Espíritu de la verdad, porque es llamado Espíritu de verdad.

Y ciertamente, en cuanto es de la verdad, en tanto existe del Hijo y recibe de Él su existencia. Esto quizá podrá hacerse más claro de este modo: si es Espíritu de la verdad, pero no tiene su ser desde la verdad, sino que el mismo Espíritu es verdadero accidentalmente, como el movimiento se llama caliente accidentalmente porque produce calor; pero no es verdadero accidentalmente, por consiguiente tiene el ser desde la verdad.

Una multitud de ejemplos confirma este silogismo: he aquí que el alma humana, porque no tiene su ser desde la unidad, es llamada verdadera accidentalmente, así como se reconoce que posee otras virtudes.

Pues la virtud y el vicio no están naturalmente en ella, como aparece por la fácil mutación de éstos. Pero ella, puesto que tiene el ser desde la razón, no es racional accidentalmente.

El cuerpo, en cambio, porque no tiene el ser desde el color, está coloreado accidentalmente.

Así, ciertamente, si el Espíritu Santo no tiene su ser desde la unidad, su verdad sería algo añadido y adventicio, puesto que Él mismo es predicado como verdad y se dice que pertenece a ella.

Por tanto, así como es de la verdad, así también tiene de aquella verdad el ser y el subsistir, y procede de ella, es decir, del Hijo, según el orden de las personas.

Pues no existe orden de verdad, ni uno es causa del otro.

Si esto queda establecido, no podría encontrarse ni principio ni causa en la Trinidad.


Además, según los filósofos, hay tres órdenes de los seres existentes.

Pues algunos de ellos son absolutamente separables, es decir, subsistencia e inteligencia, como los seres divinos; otros son completamente inseparables en todos los sentidos, tanto en el ser como en el entendimiento, como los naturales; otros, finalmente, son separables en cierto aspecto e inseparables en cierto aspecto, como los matemáticos, los cuales ocupan un lugar intermedio entre los anteriores: participan ciertamente de los divinos en cuanto son separables, y de los naturales en cuanto no se separan.

Del mismo modo, en los términos de los silogismos que poseen el orden recto de la figura perfecta, el término medio siempre comunica con los extremos; y según la relación siempre mira alternativamente a uno y otro, unas veces como predicado y otras como sujeto.


Además: los filósofos dividen el alma racional en tres partes: proponiendo que tiene la parte irascible, la racional y la concupiscible.

Pero dicen que la racional procede de ella, la concupiscible está sometida, y la irascible unas veces desempeña una función semejante a la divina y otras veces permanece unida a la subordinación.

Es manifiesto, pues, según pienso, que en la naturaleza única y en el orden inefable de las tres personas, así como el Hijo nace de quien no tiene principio, del mismo modo el Espíritu procede del Hijo.

Pero puesto que esto ya se hará plenamente claro, debemos pasar después a la otra parte de la objeción, a saber: si Cristo, insuflando en el rostro de los discípulos, les dio el Espíritu Santo; o si los discípulos recibieron sin el Espíritu el don, es decir, la virtud de obrar milagros.

Quizá el discurso no se debilitaría tampoco al resolver esto, pero puesto que Gregorio, llamado el Teólogo, discute sobre estas cosas, conviene guardar silencio por un momento.

Éste ciertamente discute sobre el Espíritu dado a los discípulos de este modo:

El Espíritu Santo obraba en los discípulos de Cristo de tres maneras, primero y en tres tiempos: antes de que Cristo fuera glorificado por la pasión; después de la glorificación, en la resurrección; y finalmente después de la ascensión a los cielos.

Y primero [obraba] suavemente; en segundo lugar, con mayor fuerza; y en tercero, de manera más perfecta, ya no actuando como antes por una presencia exterior, sino sustancialmente, de modo que alguno pueda confesar que estaba conviviendo y permaneciendo con ellos.

Pero insufla para demostrar que Él es quien desde el principio creó nuestra naturaleza. Pues Moisés dice en cierto lugar:

«Y Dios formó al hombre, tomando barro de la tierra, y sopló en su rostro aliento de vida».

Puesto que por la desobediencia fue llevado a la muerte y cayó de aquel antiguo honor, Cristo lo renovó nuevamente por la muerte de su carne, destruyendo la muerte y devolviéndolo al honor primitivo; restituyéndonos nuevamente el Espíritu mediante el soplo que se había apartado y alejado de nosotros.

Pero también Apolinar afirma cosas semejantes:

«Pues insufló —dice— en el rostro de Adán el aliento de vida, y después de que volvió de entre los muertos, insufló en el rostro de los discípulos, para que, reformados según la antigua imagen, aparezcan conformes a su Creador mediante la participación del Espíritu».

El mismo ilustre papa de Roma, Gregorio, afirma esto en el Diálogo, diciendo que mediante aquel soplo Cristo dio el Espíritu Santo a los discípulos:

«En la tierra —dice— se da el Espíritu para que sea amado el prójimo; desde los cielos se da para que sea amado Dios».


CAPÍTULO XV

Sin embargo, parece que Juan Crisóstomo sostiene una opinión contraria a ésta, y él solo dice:

«¿Cómo, pues, si yo no me voy, aquél no vendrá, si no le dio el Espíritu? No dio entonces el Espíritu, sino que por medio de la insuflación los hizo aptos para recibirlo».

Y poco después dice lo mismo:

«De ningún modo pecará quien diga que entonces recibieron alguna potestad espiritual y alguna gracia».

Pero no la de resucitar muertos y realizar milagros, sino la de perdonar los pecados. Pues ciertamente los dones del Espíritu Santo son diversos; y por esto añadió:

«A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y a quienes los retengáis, les son retenidos»,

mostrando qué clase de operación les concede.

Pero después de cuarenta días recibieron la eficacia de los signos; por eso también dice:

«Recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros».

Porque justamente se interpreta a sí mismo: cuando dice que entonces no dio el Espíritu, es decir, que no concedía entonces perfectamente toda la plenitud de la operación del Espíritu, concuerda con el Teólogo Gregorio, quien dice:

«Primero, ciertamente, suavemente; segundo, de manera más formativa; tercero, más perfectamente».

Pues el mismo Jesús da testimonio de que los discípulos recibieron el Espíritu mediante la insuflación, cuando dice:

«Recibid el Espíritu Santo».

Pues nadie que no entregue nada, a menos que sea engañador, dice: «Recibid». Pero Jesús les dijo: «Recibid».

Por esta razón es manifiesto que les concedió algo. Y si les dio algo, o bien estaba en la palabra, o bien aquello no era significado por la palabra.

Pero nadie, entregando una piedra y habiendo mentido después, dice deliberadamente: «Recibid pan». Por consiguiente, aquello que era significado por la palabra lo concedió, a saber, el Espíritu Santo.

Y si alguno, reduciendo aún más el fin de la disputa, dice que entonces no dio el Espíritu, sino uno de los dones del Espíritu Santo, es decir, el de perdonar los pecados, considere si semejante virtud es separable.

Pero es evidente que no es separable, puesto que nada accidental existe en las hipóstasis divinas.

Por tanto, al dar el Espíritu, concede todo, no una parte; pues sabemos que el Espíritu Santo no se divide: en Él no hay partes que recibir, porque Él es todo lo que es indivisible.

Así pues, dio simultáneamente a los discípulos todo el Espíritu.

Pero algunos preguntan: si entonces dio el Espíritu, ¿por qué dijo:

«Si yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»?

Y nuevamente dicen: si entonces, mediante la insuflación, dio el Espíritu Santo, ¿cómo lo dio otra vez en el día de Pentecostés?

A esto debe responderse que en el día de la resurrección ciertamente dio el Espíritu, pero no según toda especie de acto de operación; en el día de Pentecostés, en cambio, les dio el Espíritu según toda especie de operación en ellos.


Además, pregúnteseles también:

¿Acaso el Espíritu Santo es Dios? Si ciertamente es Dios, ¿acaso no es también ciertamente Espíritu Santo?

Y si lo es, es manifiesto que entonces existió en los apóstoles. ¿Cómo, pues, en el día quincuagésimo envió el Espíritu Santo a los discípulos, con quienes el mismo Espíritu estaba presente?

Ciertamente, semejantes distinciones se hacen por la distinción de las personas y por la eficacia de las operaciones en los mismos apóstoles.

A esto: Cristo insufló como emisor, en cuanto Dios, sobre el rostro de los discípulos; se cree esto primero para que por ello entendiéramos que el Espíritu procede verdaderamente de Él, pues aquel soplo salía sensiblemente de lo profundo de su cuerpo; y también porque se lo daba para que ellos tuvieran y como poseyeran el Espíritu.

Pero se dice que en el día de Pentecostés les envió el mismo Espíritu desde los cielos para la fortaleza, la operación y la manifestación de los signos.

Esto aparece claramente por lo siguiente: estando presente Cristo, raramente hacían signos sus discípulos; pero al subir Él al cielo y enviar el Espíritu, por las manos de los apóstoles se realizaban signos.

Por eso se dice que fue enviado bajo la forma de fuego, para fortalecer y confirmar a quienes todavía eran como barro, siendo flexibles.

¿Acaso anteriormente Pedro, el primero de los discípulos, no se había atemorizado ante la voz de una criada? Pero éste, fortalecido después en el tiempo posterior, despreció la tiranía de los príncipes del mundo.

Por estas cosas puede quedar manifiesto que no es insensatez ni imprudencia si alguien dice que Cristo dio entonces el Espíritu a los discípulos, cuando después de la resurrección les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo»,

puesto que los hombres más sabios y al mismo tiempo santísimos de los griegos lo aprobaron, como ha sido demostrado.

Sin embargo, los hombres de nuestro tiempo consideran esto un error y una locura únicamente porque intentan abolir la procesión del Espíritu desde el Hijo, la cual tiene testimonio del mismo Salvador, cuando dijo a la mujer que padecía flujo de sangre y tocaba el borde de su vestido:

«¿Quién me ha tocado? Pues sé que ha salido virtud de mí».

Pues soy Dios y tengo el Espíritu, dador de las sanidades, coigual a mí.

Porque que la virtud salga de dentro y de la propia naturaleza pertenece solamente a Dios, y es propiedad exclusiva de aquel que por la recta fe se cree que está sobre toda criatura.

Ciertamente los profetas no tenían virtudes que salieran de ellos mismos; ellos, que solamente por la gracia de Dios resplandecían con milagros, brillaban por sus enseñanzas y manifestaban los designios de Dios.

Pero Cristo, fuente de todo bien y de toda potencia, tiene de sí mismo al Espíritu que sale de Él, aunque no transmigrando localmente, como una enseñanza que permanece junto a los maestros y es atribuida a los discípulos.

«Sé —dice— que ha salido virtud de mí», en cuanto que soy Dios.

Pues en cuanto hombre no tiene al Espíritu Santo consustancial a sí mismo ni que salga de sí, sino que permanece sobre Él.

Por tanto, al mostrar que la virtud salía de sí mismo, enseñó evidentísimamente que el Espíritu procede de sí.

Pero cuando resucitó a la hija del jefe de la sinagoga, queriendo no mostrar algo semejante, tomó la mano de la niña y gritó diciendo:

«Niña, levántate».

No significando con esto ninguna debilidad del Espíritu Santo, ni que el Espíritu fuera insuficiente para devolver a la mujer la vida, sino mostrando solamente que en medio de esto su carne, la misma que el Espíritu, realizaba las obras que destruyen la muerte y la corrupción, puesto que todas las obras vivificantes del Verbo se realizan por Él mismo.

Tampoco debe creerse que hizo esto aparte del Espíritu, por quien renovó al hombre y, insuflando en el rostro de los discípulos, restituyó la gracia perdida, y toda esta administración por la fe.

De aquí que Juan el Teólogo anuncie en cierta epístola diciendo:

«Esto os he escrito acerca de los que os engañan; pero la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, sino que la misma unción os enseña todas las cosas; es verdadera y no es mentira».

He aquí que llama unción al Espíritu Santo que recibieron de Cristo; y quienes lo conservan constantemente consigo no tienen necesidad de que alguien les enseñe.


Lucas también, hablando de Cristo, dice:

«En aquella hora Jesús se alegró en el Espíritu Santo y dijo: Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes».

«Se alegró en el Espíritu Santo», es decir, mostró que el Espíritu procede de Él mismo, como del Padre, el Espíritu que revela semejantes misterios a los pequeños y a los limpios de corazón.

Los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, pero no del mismo modo que Cristo.

Pues ellos no lo tenían desde sí mismos, sino que lo recibieron exteriormente.

Pero Jesús no por venida, no por adición ni exteriormente, sino desde sí mismo tiene y tuvo la plenitud del Espíritu como Hijo de Dios.

Esto lo declara manifiestamente el gran Cirilo en el nuevo capítulo contra Nestorio y sus cómplices, diciendo:

«Si alguno dice que el único Señor Jesucristo, glorificado por el Padre, como quien usa una virtud ajena por medio de Él y que recibe de Él, puede actuar contra los espíritus impuros y realizar milagros divinos en los hombres, y no dice más bien que es su propio Espíritu aquel por quien realizó los milagros celestiales: sea anatema».

El mismo santo interpreta esto así:

«El Verbo unigénito de Dios, hecho hombre, permaneció siendo lo que era, y así, siendo Dios en todo cuanto el Padre es —excepto solamente que Él es Padre— y teniendo desde sí mismo, propia y naturalmente, el Espíritu Santo sustancial, realizó los milagros divinos; por lo cual, aunque hecho hombre permaneció Dios, de modo que con su propia virtud, por el Espíritu, realizara los milagros.

Pero quienes dicen que, como un hombre semejante a nosotros, es decir, uno de los santos glorificados, y que él mismo mediante la operación del Espíritu, no como propia sino como ajena y no digna de Dios, y como recibido en la parte de la gracia aquello por lo cual ascendió a los cielos, justamente quedarán sometidos al poder del anatema».



CAPÍTULO XV.

Por otra parte, contra esta doctrina parece manifestarse en sentido contrario Teodoreto, obispo de Ciro, en el undécimo capítulo, combatiéndola con una confianza insensata y contra todo derecho, despreciando cosas que son dignísimas y teniendo por grandes las que son impías. Él mismo escribió estas palabras de Cirilo: «Si, ciertamente, afirmó que [el Espíritu] es semejante y que procede del Padre, responderemos y aceptaremos como piadosa esa expresión; pero si [afirma] que existe a partir del Hijo, o que tiene su existencia por medio del Hijo, lo rechazaremos como blasfemo e impío. Pues creemos al Señor que dice: “El Espíritu que procede del Padre”; y al bienaventurado Pablo que igualmente declara: “Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios”».

Pero cuando este mismo Teodoreto fue plenamente convencido por los escritos del gran Cirilo de que, al dogmatizar juntamente con los latinos sobre la procesión del Espíritu Santo, se expresaba de la siguiente manera, dijo lo que sigue: «Blasfema también contra el Espíritu Santo, puesto que no afirma que procede solamente del Padre, conforme a la palabra del Señor, sino que sostiene que tiene su existencia del Hijo: estos son engendros egipcios, semillas peores nacidas de un mal padre».

Ciertamente habría que responder a este injuriador; pero como el mismo gran varón justo es quien debe responder, y hacer por sí mismo la respuesta a su acusador, yo callo mientras él responde estas cosas:

«Sabemos ciertamente —dice el santo— que Cristo destruyó las malas e impuras potestades por la operación del Espíritu Santo; pero no afirmamos que Él, como cualquiera de los santos, use el Espíritu como una fuerza ajena. Pues era y es su Espíritu, como ciertamente también [es el Espíritu] del Padre; y esto nos lo hace evidentemente claro san Pablo, donde escribió: “Los que están en la carne no pueden agradar a Dios; pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, este no es suyo”.

»El Espíritu Santo procede ciertamente del Padre, conforme a la palabra del Salvador, pero no es extraño al Hijo; pues todo lo tiene juntamente con el Padre, y Él mismo enseñó esto diciendo acerca del Espíritu Santo: “Todas las cosas que tiene el Padre son mías; por eso os dije que tomará de lo mío y os lo anunciará”.

»Así pues, el Espíritu Santo glorificó a Jesús, obrando cosas inesperadas; pero como su Espíritu, y no como una fuerza ajena y superior a Él, según aquello por lo cual se entiende que es Dios. Por tanto, no hemos blasfemado contra los santos ángeles ni contra los profetas, como se atrevió a decir aquel que solamente sabe injuriar. Pues la intención de él y de quienes están con él consiste en dividir en dos Cristos: decir que uno es el glorificado y el que recibe energía, y otro el que glorifica y obra. Vituperan insensatamente toda palabra piadosa, y aquello que, por semejante opinión perversa, les impide apartarse de ella».

Y nuevamente en la carta contra el impío Nestorio:

«Pues aunque el Espíritu tenga una persona propia y sea entendido por sí mismo, según aquello por lo cual es Espíritu y no Hijo, sin embargo no es extraño a Él; pues es llamado Espíritu de la verdad, y Cristo es la verdad, de quien emana, como ciertamente [emana] de Dios y Padre».

Por lo cual queda claro que aquí Teodoreto, interpretando que el Espíritu tiene su existencia del Hijo, afirma que el Espíritu procede del Hijo, lo cual posee la verdad; y que se opone al gran Cirilo, puesto que sostiene que el Espíritu tiene existencia a partir del Hijo. A este Cirilo, ciertamente, incluso un griego confiesa que debe creérsele sobre todo, salvo quizá aquel que sigue las huellas de Focio, patriarca de Constantinopla.

Cuyas trampas sofísticas y sus tristes y atroces injurias contra los latinos deben ser expresadas brevemente aquí, puesto que el discurso lo exige. Pues este es aquel que, después de Teodoreto, cavando un pozo en arena movediza, sepultando no semillas sino venenos de Cienea, llegó a ser causa de una terrible enfermedad para la fe de los cristianos. Ciertamente Isaías lo lamenta a él y a sus cómplices diciendo:

«¡Ay de los que son sabios ante sí mismos y prudentes a sus propios ojos!»

Pero ahora debe exponerse la contradicción arrogante y el lenguaje vergonzoso de este patriarca extraño, amante de la mentira.

«Existe —dice— contra los latinos un arma aguda e inevitable, y antes que todas las demás la palabra del Señor, que, dejando atónita y destruyendo a toda fiera y a toda zorra, la extermina y la derriba. ¿Cuál es esta? Aquella que dice que el Espíritu procede del Padre. Pues afirma que del Padre procede el Espíritu del Hijo; y, si buscas un autor mediante el cual hagas —más aún, completes— la impiedad, mientras inventas que el Espíritu procede del Hijo: si no temiste atacar los dogmas del común Salvador, creador y legislador, para que sean vencidos por tu insensatez, ¿qué otra cosa podría alguien buscar mediante la cual refute completamente tu impío empeño? Si desprecias las leyes del Señor, ¿qué hombre religioso no aborrecerá tu opinión? ¿Qué otra medicina podría levantarte de la ruina? ¿Qué artificio curativo puede sanar una herida que ocupa todo el cuerpo? No aquella que el discurso saludable produjo, sino aquella enfermedad que voluntariamente introdujo, la cual transforma el remedio de la doctrina del Señor, por medio de la incredulidad y la disputa, en una cosa que no puede ayudar, sino que es mortal; más aún, mientras arrebata la espada que derrota a los enemigos, busca ser contado entre su parte».

Por esto, estando tú caído en tierra bajo la espada doble del espíritu, nosotros, sin embargo, mostrando por el Señor común amor y disposición pronta, [tomamos] cuantos guijarros de nuestra sagrada armadura nos impulsan a combatir. Pero tampoco haremos que huyas del cuidado de las heridas que de esto resultan.

Pues si de una sola causa, el Padre, proceden el Hijo y el Espíritu, aunque uno mediante generación y el otro mediante procesión; y además el Hijo es productor del Espíritu, como proclama la blasfemia:

¿Cómo podrá soportarlo la razón de la consecuencia, que el Espíritu del Hijo no sea productor? Puesto que ambos proceden igualmente de una sola causa: si uno recibe del otro el uso de una causa, pero el otro no recibe del uno lo mismo, ¿acaso la observancia del orden inmutable no exige que el Espíritu sea causa para compensar una gracia igual?

He aquí, después de la primera vanagloria y de las seducciones apoyadas en defensas y en el autor de todo el cisma, ¡cuánta blasfemia ha concebido y dado a luz una lengua desvergonzada y una conciencia negadora! Se atrevió a escribir lo que ningún otro escribió, y a componer silogismos superfluos con extrema arrogancia.

Una interrogación semejante pesa también sobre él: pues si de una sola causa, el Padre, proceden el Hijo y el Espíritu, pero nuevamente el Hijo envía al Espíritu, como Él mismo afirma:

¿Cómo podrá soportarlo la razón de la consecuencia, que el Hijo no sea engendrado o enviado por el Espíritu?

Puesto que ambos proceden igualmente de una sola causa, cuanto recibe el Hijo del Padre, tanto debe recibir el Espíritu. Por lo cual, si el Hijo envía al Espíritu y el Espíritu engendra al Hijo, para que, así como el Hijo desde el Padre envía al Espíritu, así también el Espíritu, devolviendo la gracia, engendre al Hijo desde el Padre.

Además: el Hijo recibe del Padre ser su Paráclito; ¿por qué entonces no recibe igualmente el Espíritu ser llamado su Verbo? ¿Por qué, ciertamente, no se establece aquí la compensación y la igualdad, de modo que así como el Hijo recibe del Padre ser causa del Espíritu, así también el Espíritu reciba del mismo Padre ser causativo del Hijo? En esto no se corrompe la razón de la fe, conservándose mutuamente las propiedades, igualmente y del mismo modo.

Y nuevamente este mismo hereje y creador de una nueva filosofía no se avergüenza de atribuir un principio impúdico a su discurso:

«¡Oh entendimiento embriagado por la falta de moderación y la impiedad! ¡Oh lengua audaz por la impiedad! ¿Quién de los sacerdotes o de nuestros Padres dijo que el Espíritu procede del Hijo? ¿Qué concilio confirmado y adornado por decretos universales? Más aún, ¿qué colegio de pontífices reunido por disposición divina no condenó esta sentencia antes de que apareciera, mediante la inspiración del Espíritu Santo? Por ellos se manifiesta que el Espíritu Santo es del Padre conforme a la institución del Señor. ¿Desde cuándo, pues, proclamaron con grandes voces que procede [del Hijo]? Y ciertamente quienes no pensaban así, como despreciadores de la Iglesia universal y apostólica, fueron sometidos al anatema. Pues desde tiempos antiguos condenaron la impiedad surgida recientemente, con ojos previsores de providencia, y a ella misma, junto con su separación anticipada y múltiple, por escrito, palabra y sentencia».

La segunda de los santos y universales concilios dogmatizó inmediatamente que el Espíritu Santo procede del Padre; la tercera lo aceptó; la cuarta lo confirmó; la quinta prestó su consentimiento; la sexta lo declaró; la séptima lo selló con gloriosos combates. En cada uno de ellos puede verse claramente que la piedad actuó con confianza, y que anunció divinamente que el Espíritu procede del Padre, pero no del Hijo.

Pero a ti, ¿qué rebaño impío te instruyó? ¿Quién, poniendo leyes contrarias a las leyes del Señor, te introdujo para caer en sectas impías? Este hereje intenta conducir por este medio y con semejanza de verdad al error invencible, no solamente a los ignorantes, sino también a los entendidos; pues, dado que habla desde sus propias opiniones, convierte el discurso en obra de falsedad, esparce palabras y busca testimonios propios, mientras pregunta qué concilio decretó que el Espíritu procede del Hijo.

Por lo cual ahora puedo, sin culpa, servirme de las mismas palabras de este maldiciente y expresarme así:

«¡Oh entendimiento harto por la falta de dominio propio y la impiedad!»

Omito las demás cosas, que casi no tienen número cierto, y llego a los grandes artículos de la fe.

¿Qué concilio determinó ofrecer fermentado [el pan] y golpearlo con la balanza? El pan era ciertamente ázimo aquel que, tomándolo, el Señor dijo: «Esto es mi cuerpo». Pues primero consumó la Pascua legal; después realizó aquella cena mística en la misma mesa.

En efecto, Crisóstomo refiere, donde trata sobre la entrega de Judas y la Pascua:

«¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua?» No era esta nuestra Pascua, sino la judía; pues aquella la prepararon los discípulos, pero la nuestra Él mismo la preparó. Y nuevamente, en la misma mesa, ambas pascuas se realizan: la que era figura y la que era verdad.

También el gran Cirilo, en el sexto discurso de Sobre la adoración en espíritu y en verdad, habla así:

«El día ciertamente salvador y deseado de esta inmolación, según la luna decimocuarta; así la ley había anunciado manifiestamente el tiempo de la muerte de nuestro Salvador, pues decimos que Él mismo soportó esto por la vida del mundo. “El día décimo —dice— del primer mes, tome cada uno un cordero por casa según el número de almas; y lo guardaréis hasta el día decimocuarto de este mes, y lo inmolará toda la multitud de los hijos de Israel al atardecer”.

Escuchas cómo desde el décimo día era tomado y hasta el decimocuarto era conservado, siendo víctima, para que entiendas el quinto tiempo, en el cual, hecho hombre por nosotros, soportó la muerte, comenzando ya a disminuir la luna, que está consagrada al principio de la noche».


CAPÍTULO XVI.

Pero ciertamente Epifanio, arzobispo de Chipre, en el libro llamado Panarion, contra los ebionitas que prohibían comer carne, dice:

«¿Cómo no queda inmediatamente refutada su locura, en primer lugar, por el hecho de que el Señor comió la Pascua de los judíos? Pues la Pascua de los judíos era el cordero y los panes ácimos, las carnes del cordero asadas al fuego; y lo que se comía, según le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que preparemos?”, etc. Y nuevamente: “Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros”.

No dijo simplemente “Pascua”, sino “esta Pascua”. Pero la Pascua era, como dije, las carnes asadas al fuego y lo demás; y nuevamente el mismo santo decía verdaderamente: “Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros”, es decir, las carnes.

Claramente muestra que también cumplió la Pascua y comió las carnes, como se ha dicho. Pero también dice la Ley:

“Guardaréis este día como memorial y lo celebraréis como solemnidad para el Señor, con culto perpetuo: durante siete días comeréis panes ácimos; en el primer día no habrá fermento en vuestras casas; cualquiera que coma fermentado, aquella alma será exterminada de Israel, desde el primer día hasta el séptimo. En el primer mes, el día catorce del mes, por la tarde, comeréis panes ácimos. Hasta el día veintiuno del mismo mes, por la tarde, no se encontrará fermento durante siete días en vuestras casas; todo aquel que coma fermentado será exterminado de la congregación de Israel, tanto de los extranjeros como de los naturales de la tierra”.

Pero Cristo de ningún modo fue transgresor de la Ley; de otro modo, justamente lo habrían matado. Por esta razón, bendiciendo el pan ácimo, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo:

“Tomad, comed; esto es mi cuerpo”.

Por eso la santa Iglesia de los latinos ofrece y sacrifica eternamente pan ácimo, sin judaizar en esto de ninguna manera, puesto que entre ellos aquello se hacía una sola vez al año y no con una intención semejante, mientras que esto se hace perpetuamente según la tradición de Cristo.

Ciertamente, si esto fuese judaizar, entonces quienes usan templo, altar, óleo, agua, luz, incensario e imágenes de los ángeles, y no se afeitan las barbas, consentirían ciertamente con los judíos.

Ahora bien, que tuvieron imágenes de ángeles es evidente por aquello que el Señor dijo a Moisés:

“Hazme dos querubines de oro labrado, y los pondrás a ambos lados del propiciatorio, extendiendo sus alas sobre el propiciatorio y mirándose mutuamente”.

Es evidente, pues, que entre los judíos existía el uso de imágenes.


Además: ¿Qué colegio de pontífices transmitió que los bautizados fueran ungidos previamente con óleo, cuando el Señor enseñó que fueran bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sin añadir nada más?

Además: ¿Qué sínodo estableció mezclar agua caliente con la sangre del Señor? Esto ciertamente hace aparecer más bien una recepción carnal del Hijo, por causa de la salud del cuerpo, que una recepción racional, viva o espiritual.

Pues nunca está escrito que el Señor pusiera agua caliente en el cáliz cuando en la cena dijo a sus discípulos:

“Bebed de él todos; éste es mi sangre”.

Pero tampoco debe creerse que el maestro de la sobriedad y de toda continencia entregó vino sin agua cuando transmitió a los mismos discípulos el sacramento del misterio.

Y nuevamente: ¿qué sínodo estableció que en los oficios de las Iglesias se cantara solamente Kyrie eleison y no se entonara juntamente con éste Christe eleison?

El Señor dijo:

“El Espíritu que procede del Padre”.

Esto lo confirmaron también los santos sínodos y todo el colegio de los latinos; no solamente no lo rechazaron, sino que con toda diligencia y de todo corazón creen, dicen, confiesan y proclaman que procede también del Hijo.

Pues aunque solamente se nombre al Padre, se entiende absolutamente también al Hijo, porque no procede del Padre sin mediación; y puesto que en ninguna parte se encuentra que el Padre haya dicho:

“Yo solo envío el Espíritu”;

ni tampoco ningún profeta o alguno de los otros Padres pronunció jamás:

“Sólo el Padre envía el Espíritu”.

Pero tampoco esto va contra los decretos de los santos Padres que se reunieron en Nicea, Constantinopla, Calcedonia o en cualquier otro lugar para confirmar la fe.

Pues dice lo mismo, aunque de otro modo, explicando e interpretando aquello que debe entenderse piadosamente: que el Espíritu procede del Padre, entendiendo implícitamente, es decir, al Hijo; tanto porque es verdaderísimo que el Espíritu procede del Hijo, como porque muchos lo separaban del Hijo.

En efecto, así como se entiende que el Hijo es Espíritu cuando se dice que es del Padre, del mismo modo debe entenderse que procede del Hijo cuando Dios procede del Padre.

Pues si el Espíritu, por aquello que posee, no indica lo propio del Padre, tampoco por aquello de lo cual procede; pero ciertamente por aquello que posee no lo indica.

Porque el Espíritu es propio del Hijo, ya que no lo es por el hecho de que el Padre tenga Espíritu, pues el Espíritu tampoco es poseído como engendrado.

Pero el buen pastor aparta de sus falsas opiniones aquello que es consistente y recto, y condena con sus propias fuerzas a la santa Iglesia de los latinos sin sínodo, y miente contra los santos sínodos y contra los hombres de santidad apostólica, al afirmar que ellos establecieron que el Espíritu procede del Padre, pero no del Hijo.

Claramente calumnia a los santos Padres al afirmar que ellos declararon aquello que no pronunciaron, y que enseñaron tal sentido, porque la oración no significa para él que ellos hayan enseñado eso.

El Salvador ciertamente dijo:

“El que procede del Padre”.


Los mismos santos concilios, los mismos venerables Padres lo confesaron; pero este injuriador afirma que ellos enseñaron aquello que él cree que indica la expresión, a saber: “el que procede solamente del Padre”.

Por tanto, se alegra como si fuese establecido aquello que no pronunciaron, mientras enseña que el Espíritu procede del Padre solo, acusando así al Salvador, a los santos sínodos y a los venerables Padres.

Pues ciertamente estas dos expresiones no significan lo mismo:

“el que procede del Padre”

y

“el que procede solamente del Padre”;

ni entre los griegos, ni entre los latinos, ni entre los oradores, ni entre los filósofos.

En efecto, es necesario investigar no solamente la expresión, sino también la intención de la expresión.

Ciertamente, las cosas dudosas se manifiestan a veces mediante otras cosas, y por aquello que está escrito en otros lugares.

Parece ciertamente conocido para los latinos aquello de “del Padre solo”, y conocido para los griegos aquello de “del Padre y del Hijo”, porque ninguna de las dos expresiones se encuentra escrita en los Evangelios; pero están colocadas de tal modo como opuestas que necesariamente una de las dos es verdadera y la otra no.

Ahora bien, que procede del Hijo está de acuerdo y en armonía con las Escrituras, y no se encuentra nada contrario o repugnante a ello, aunque no haya sido expresado por los sínodos.

Pues cada uno de los pontífices romanos que santificaron y confirmaron los sínodos siempre dijo esto y lo enseñó como doctrina.

A ellos ciertamente siguieron manifiestamente Atanasio, Basilio, Cirilo y los demás santos; por eso es necesario pensar y decir que procede del Hijo.

En todas aquellas cosas en las que no se entiende que el Espíritu tenga algo común ni con el Hijo ni con otro, solamente se entiende al Padre, como cuando se dice “ingénito”, “sin causa” y “sin principio”, y cualquier cosa semejante.

Pero en todas aquellas cosas en las que tiene algo común con ambos, o solamente con uno de ellos, aunque sea nombrado solo, no se entiende solo.

Ahora bien, el Padre tiene en común con el Hijo el Espíritu.

Por tanto, cuando se dice “procede del Padre”, debe entenderse también “procede del Hijo”.


Pero quien dice “solamente del Padre” incurre en muchas consecuencias inconvenientes, de las cuales menciono aquí muy pocas:

Pues si el Espíritu procede solamente del Padre, Él no es imagen del Hijo, sino del Padre, como resplandeciendo de Él sin mediación.

Pero esto no es así, puesto que el Espíritu es imagen del Hijo y resplandece inmediatamente desde Él.

Por tanto, si el Hijo procede del Padre porque existe como su imagen, y el Espíritu tiene su existencia del Hijo porque es su imagen.

Además: será más cercano al Padre que al Hijo, y más del Padre que del Hijo.

Además: si procede solamente del Padre, el Padre da al Hijo el Espíritu según medida, puesto que le atribuye solamente el envío y no la emisión.

En esto, ciertamente, no parece corresponder a la excelencia paterna ni tener íntegramente el Espíritu con todas las cosas que se consideran respecto de Él, como lo tiene el Padre.


Pues dice el gran Cirilo:

«El Hijo no da el Espíritu según medida, conforme a la palabra de Juan, sino que Él mismo lo emite desde sí, como ciertamente también el Padre».

Por consiguiente, quien transforma la expresión:

“el que procede del Padre”

en aquella que dice:

“del Padre solo”,

debilita la palabra del Salvador, que es la fuente eterna de la verdad.

Pero la boca que miente no quedará impune, como dice Salomón.

El buen pastor vomitó algo oscuro y negro, como el pez llamado sepia.

Pues ni el sínodo ni alguno de los santos Padres dijo que el Espíritu no proceda del Hijo, o que proceda solamente del Padre.

Queda, pues, que el hereje Focio fue después de Teodoreto pregonero de este dogma, el cual se esforzó en mostrar mediante demostraciones fangosas e inútiles, de las cuales una es ésta:

Si todas las cosas comunes del Padre y del Hijo existen también como comunes al Espíritu, como Dios, rey, creador, omnipotente, simple, incorpóreo y absolutamente todas las demás cosas; y si lo común del Padre y del Hijo es la procesión del Espíritu desde ellos, entonces también el Espíritu procederá de sí mismo, y será principio de sí mismo, y causa al mismo tiempo, y causativo.

Lo cual ni siquiera las fábulas de los paganos imaginaron.


CAPÍTULO XVII.

La construcción del sofista agudo y del artífice experto, según parece, no conserva inviolada la fe, al proferir palabras con engaño y astucia; y se hizo a sí mismo merecedor de ataques por el veneno de la impiedad herética, aunque no lo quiera, al no tener a la Escritura divina como defensora. Mezcla cosas que no deben mezclarse y compara cosas que no deben compararse; y porque no distingue las cualidades naturales de las propiedades, se precipita en la laguna del Aqueronte. Pues no es lo mismo la propiedad natural que la igualdad de sustancia.

En efecto, cualesquiera cualidades naturales tiene el Padre y el Hijo, las tiene también el Espíritu. Pero cuando cualesquiera propiedades las tienen dos, también las tiene el tercero, como se demostró anteriormente. Por eso precisamente este mismo sofista se contradice a sí mismo, cuando dice: «Lo común del Espíritu y del Hijo es tener una procedencia de una sola causa e indivisible». Esto de ningún modo conviene al Padre, que no tiene causa; pero tampoco el teólogo Gregorio está de acuerdo con esta sentencia, en cierto discurso dirigido al filósofo Herón.

«Lo común —dice— al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo no es la divinidad; pero lo que corresponde al Hijo y al Espíritu Santo, que procede del Padre, es lo siguiente: así como la procedencia del Espíritu desde el Padre y el Hijo es una propiedad, no hay razón alguna que obligue a que los tres tengan lo que es propiedad de dos».

Ciertamente, lo incorpóreo, lo suprasustancial y cosas semejantes, que se refieren a la naturaleza, son comunes igualmente a los tres, como ha quedado establecido muchas veces. Y de nuevo, lleno de impugnación contra lo divino, dice:

«Pero el Espíritu procede del Hijo, recibiendo algo que no tenía al proceder del Padre. Pues si hay algo que recibe, y se dice que aquel que procede lo ha recibido, ¿cómo no será imperfecto sin esa adquisición? Pero si nada recibió, de aquí surgen otras dificultades: a saber, algo doble y compuesto, que viola la simplicidad de una naturaleza que no admite composición».

Este razonamiento no puede demostrar nada acerca de la procesión. Pero tampoco se sigue la propiedad de la conclusión que introduce. La mentira es una enfermedad, como dicen algunos, más bien un engaño del que habla que del que escucha.

El Padre obra por medio del Hijo, recibiendo algo sin lo cual era incapaz de crear, Él que obra todas las cosas en todos. ¿Acaso es imperfecta la operación del Padre, o del Hijo, o del Espíritu? El Padre no necesita de nada, puesto que es perfecto y suficiente en sí mismo. Sin embargo, crea todas las cosas por medio del Hijo, sin recibir nada que antes no tuviera.

Y también el Espíritu procede del Hijo y por medio del Hijo, sin tomar nada de Él, sino únicamente aquello que recibe del Padre. Pues aunque el Padre es Dios perfecto y no necesita de nada, engendra, sin embargo, de su sustancia al Hijo, por medio del cual crea todas las cosas, igualmente poderoso que Él.

Tampoco la procesión del Espíritu desde ambos implica una superabundancia, pues no muestra ni un Espíritu imperfecto, ni un Padre o un Hijo impotentes, ni introduce composición alguna. Si una parte de la sustancia fuese causa y causativo, entonces tendría lugar ciertamente el argumento de la composición. Pero ahora el Hijo es llamado naturaleza, mientras que el Espíritu es llamado enviado. No porque uno sea sustancia y otro no, sino porque uno es engendrado y el otro procede; pero esto no pertenece a la naturaleza de la divinidad.

Además: el Verbo de Dios, siendo perfecto y no necesitando de nada, ¿qué recibió del Espíritu Santo cuando asumió la carne unida a sí mismo, y se realizó aquella unción suya, según está escrito: «A Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder»?

Por tanto, el Hijo no tiene al Espíritu como emisor para suplir alguna necesidad o alguna imperfección. Pero Dios, junto con el Padre, es quien emite el Espíritu, tanto porque el Espíritu es indiferentemente de ambos, como porque el Hijo procede del Padre sin mediación alguna. Por eso el Espíritu no procede solamente del Padre, sino también del Hijo, quien es el único fruto del Padre, según la misma relación por la cual procede del Padre.

Además, el mismo calumniador dice: «Si el Padre es causa de aquellos que proceden de Él, no por razón de naturaleza sino por razón de persona, entonces la razón de la persona paterna, que hasta ahora no incluye la persona del Hijo, ha sido impíamente expresada. Por tanto, de ningún modo puede el Hijo ser causa de alguno de los que están en la Trinidad».

Pero tampoco conviene pasar por alto esto: que la impiedad dividió también la misma persona del Padre en dos, o afirma absolutamente que la persona del Hijo debe ser recibida como una parte de la persona paterna. Y ciertamente muchas otras multitudes de cizañas brotan de aquella mala dispersión que fue sembrada desde el principio.

Estas cosas no parecen proceder de quienes duermen, sino de insensatos que, estando vigilantes en el alma y buscando la muerte, desean convertir la semilla suprema, noble y saludable en algo degenerado. El enemigo del género humano, viniendo sobre ellos, siembra cizaña en sus miserables almas.

¿A quién debe responderse: a las blasfemias o a los paralogismos? Este amante de disputas reprende a la santa Iglesia de Dios, afligiéndola con un reproche espinoso, y no se avergüenza, siendo una contienda torcida, de disponer mal la unión de los profetas. Porque se suele decir: «Quien carece de templanza, no posee virtud; quien no posee virtud, está bajo mancha».

Este calumniador busca una victoria mediante injurias e ignominia, como quien sale vencedor de la conducta de un ladrón. Pero vano e ineficaz es el discurso que, por causa y causativo, como resulta evidente de lo anterior, divide la persona del Padre, o hace de la persona del Hijo una persona paterna del Padre.

Pues la causa y el causativo no saben dividir la persona, ni siquiera en las cosas inferiores. Por tanto, el Espíritu, al ser causa junto con el Padre, no divide la persona paterna. Por eso es completamente inútil el paralogismo mencionado, como también este:

«Si el Padre envía al Hijo y al Espíritu, no por razón de naturaleza sino por razón de persona; pero la razón de la persona del Padre no incluye la persona del Hijo. Por tanto, ninguno de los que están en la Trinidad envía al Hijo».

Y nuevamente el buen pastor dice:

«También —dice—, pero el Salvador dijo instruyendo a los discípulos: “Porque el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará”».

Y para que no te escondas: tú que recurres a la voz del Salvador, no la tomas como defensora, sino que allí mismo lo acusas mediante una discordancia. Así, en efecto, tu lengua es audaz e impúdica, que en aquellas cosas que son incomprensibles inventa ocasiones y añade interpretaciones.

¿Cómo no reprimiste tu discordancia contra la ley, que destruye la verdad inmutable e inalterable, cuando mereces castigo? Precisamente por esto la temeridad te privó de conocer aquellas cosas que son imposibles para los niños, al intentar alcanzarlas.

Pero vamos: ahora debes comprender, aunque antes no lo hayas hecho, que nada se opone tan claramente a tu insolencia como esta voz dominical y salvadora. Pues si hubiese dicho: «De mí recibirá», ni siquiera así tu invención habría encontrado límite; habría tenido, ciertamente, alguna ocasión aparente para el error. Por eso el Salvador, previendo una impiedad tan grande, no pronunció semejante expresión, para que quizá la astucia del diablo no devorase a muchos por medio de ti.

Y poco después: el Salvador no dijo «de mí», sino «de lo mío recibirá». Aunque sea breve la diferencia expresada por una palabra pequeña, existe una gran diferencia entre «de mí» y «de lo mío». Pues «de mí» introduce a la misma persona que pronuncia la palabra; pero «de lo mío» indica absolutamente otra persona distinta de quien habla.

Y después de poco: ¿quién es, pues, aquel de quien recibe el Espíritu, sino el Padre? Porque quienes luchan contra el Señor no pueden inventar otra cosa; pues no procede de otro Hijo, ni tampoco del que recibe el Espíritu.

Al decir que recibirá, muestra claramente también para qué recibe: no para proceder o subsistir. Atiende a las palabras del Señor, oh hombre: ¿por qué recibirá? «Para que anuncie las cosas futuras a vosotros».

Y aclarando más plenamente qué es aquello que dice: «Tomará de lo mío», añade inmediatamente: «Todo cuanto tiene el Padre es mío».

Por tanto, siendo mío, recibe de mi parte; y por eso dijo: «Tomará de lo mío», porque lo mío está en parte. El Espíritu recibe del Padre. Pues lo que es del Padre es mío.

Por eso, cuando dice «de lo mío», es necesario dirigir la intención hacia el Padre y no desviarla hacia otro.



CAPÍTULO XVIII.

Las injurias de este hombre, como un abismo o un tártaro, no tienen fondo, pues de su boca fluyen los ríos del Averno, cuyos nombres, según le pareció a Sócrates, son estos: Aqueronte, Piriflegetonte, Cocito; de ellos nace la laguna Estigia y la corriente desagradable, que recibe el nombre de Aquerusia. ¡Ojalá este hubiera bebido el agua del olvido y hubiera perdido toda memoria de sus injurias!

El mismo príncipe de los apóstoles nos mandó estar preparados para dar satisfacción a todo aquel que nos pida razón de la fe que hay en nosotros, pero con mansedumbre y temor, teniendo una buena conciencia. Pero este no busca con mansedumbre y temor, conforme a la enseñanza apostólica; por eso la verdad no se le manifestó, puesto que no busca rectamente.

Así, en efecto, debe buscarse la verdad como si Dios estuviera presente. Si hubiera tenido aquí presente a Dios, de ningún modo habría derramado tantas injurias contra la Iglesia de Dios. Pues ningún siervo prudente, estando presente su señor, actúa desvergonzadamente despreciando el honor de su propio señor.

Pero debe considerarse que las palabras mencionadas de Pedro se refieren tanto a la enseñanza como a la investigación acerca de Cristo. Cuando, en cambio, ordenó: «Cuando estéis delante de reyes y gobernadores, no penséis cómo o qué habéis de hablar y responderles»; esto se refiere a la gloria del testimonio y a la presencia del Espíritu Santo. Pues muchas veces alguien tiene esta sabiduría y esta audacia en las disputas, pero como fácilmente se turba en los tumultos, queda confundido al terminar su discurso. Los apóstoles, en cambio, recibieron la gracia en ambas cosas; por eso los gobernadores se admiraban y ellos mismos estaban seguros de tener consigo la presencia del Espíritu.

Este hombre se esfuerza mucho, según la regla de los gramáticos, en mostrar que «mío» y «de mí» difieren muchísimo en significado. Pues «mío», como todo pronombre posesivo, significa dos personas: una interior, es decir, la del poseedor; y otra exterior, es decir, la de la posesión. Por tanto, cuando Cristo es entendido como poseedor al decir: «Tomará de lo mío», y el Espíritu es quien recibe, sin duda el Padre es la persona que es llamada posesión.

Pero la verdad no parece estar obligada por nada cierto, como es evidente. Pues el mismo Salvador dice: «No puedo hacer nada por mí mismo; según oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad»; y nuevamente: «Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió»; y también: «Mi doctrina no es mía».

Ahora bien, si según la posición del patriarca Focio el pronombre «mío» significa siempre dos personas, entonces la voluntad del Hijo sería una persona distinta del Hijo. De donde resulta que no podrían entenderse cuatro o cinco personas en la Trinidad, sino cien o más.

Por tanto, no es necesario que el pronombre «mío» signifique siempre dos personas, puesto que también puede decirse figuradamente de una misma persona, como dice Persio: «Después que me aparté de mi pretor para vengarme»; y Eurípides: «Pero yo soy mío». Este hombre debería haber atendido a que de un modo se entiende «persona» entre los gramáticos y de otro entre los teólogos.

En efecto, en la gramática cualquier cosa puede llamarse persona: ya subsista por sí misma o por otro, ya sea sustancia o accidente.

Por eso, según esta disciplina, cuando el Hijo dice: «mi voluntad», «mi juicio», «mi doctrina», «mi generación» y cualquier cosa semejante en cada expresión, se entiende una persona distinta, a semejanza de las posesiones.

Pero en la teología, dejando de lado las propiedades, de todos aquellos que son llamados según la sustancia solamente se distinguen tres personas, ninguna de las cuales parece entenderse expresamente cuando el Salvador dice: «Tomará de lo mío y os lo anunciará».

Y que esto es así lo demuestra diciendo: «Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo anunciará».

Si el Espíritu recibe de las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene, recibe de las cosas que son del Padre y que el Padre tiene. Asimismo, si recibe de las cosas que son del Padre y que el Padre tiene, recibe de las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene.

Pues todo cuanto tiene el Padre es del Hijo, y cuanto tiene el Hijo es del Padre. Ahora bien, el Espíritu recibe de las cosas que son del Padre y que el Padre tiene; por tanto, recibe de las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene.

Pero si al recibir de las cosas que son del Padre y que el Padre tiene recibe del Padre, y al recibir de las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene recibe del Hijo, es manifiesto que el Espíritu no recibe solamente del Padre, como afirma Focio.


Además: en las cosas que son del Padre y que el Padre tiene, no parece que deba comunicarse absolutamente al Padre mismo; ni en las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene. Pues ni el Padre es Padre de sí mismo ni tiene Padre; ni el Hijo es Hijo de sí mismo ni tiene Hijo.

Sin embargo, al recibir de las cosas que son del Padre y que el Padre tiene, y de las cosas que son del Hijo y que el Hijo tiene, indudablemente se dice que recibe de ambos, porque la causa de la emisión y de la procesión, según las cuales el Espíritu recibe el ser, pertenece al tesoro del Padre y del Hijo. Aunque ambos lo emiten, no lo hacen según aquello por lo cual son Padre o Hijo, ni le conceden el ser ni lo producen en ese sentido.

Por eso, «Tomará de lo mío» debe entenderse, según creo, así: «De lo mío», es decir, del tesoro del Padre y mío, recibe su esencia; y «os anunciará las cosas futuras», es decir, por aquello que os enseñará comprenderéis que Él mismo es Dios, como nosotros somos Dios.

Pues tiene sustancialmente la misma ciencia que nosotros, y según la naturaleza. Y aquello que participa de una misma naturaleza se conoce mutuamente desde sí mismo.

Así, por un solo hombre puede contemplarse todo el género humano; y por un solo buey toda la generación de los bueyes; pero no por un buey las ovejas, ni por los hombres los ángeles. Pues las cosas que son de naturaleza diferente no pueden conocerse mutuamente desde sí mismas.

Además: si el emisor del Espíritu no es Padre en cuanto que engendra según la naturaleza, y el Hijo no lo es en absoluto, ¿cómo será verdadero el Salvador al afirmar: «Por eso dije que tomará de lo mío, porque todo cuanto tiene el Padre es mío»?

Pues o bien tendrá según la naturaleza, para ser emisor, aquello que corresponde al Padre no como engendrador; o bien, si no es así, las cosas que existen del Padre pertenecen al Hijo, y las cosas que son del Padre no pertenecen al Hijo.

Por tanto, si todo cuanto es del Padre no lo tiene el Hijo como engendrador, pero emitir el Espíritu es algo del Padre no como engendrador, esto no puede estar ausente del Hijo. Pues cuando dice: «Todo cuanto es del Padre», no deja fuera nada que no sea del Hijo.

Y por eso tampoco queda fuera emitir el Espíritu, lo cual pertenece al Padre, no como engendrador.


Además: el gran Atanasio escribe en una de sus cartas a Serapión de este modo:

«Así como el Hijo es el engendrado unigénito, así también el Espíritu, que es dado y enviado por el Hijo, es uno solo, y no muchos, ni uno compuesto de muchos, sino únicamente Él mismo es Espíritu.

Pues siendo uno el Hijo viviente de Dios, también debe haber un único Verbo, y una vida plena santificadora e iluminadora, que es su operación y su don; la cual se dice proceder del Padre porque resplandece manifiestamente, es enviada y dada por el Hijo, que procede del Padre».

Así pues, el Hijo es enviado por el Padre. Pues dice: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito». El Hijo, en cambio, envía al Espíritu. Pues dice: «Si me voy, os lo enviaré».

Y el Hijo ciertamente glorifica al Padre, diciendo: «Padre, yo te he glorificado». También el Espíritu glorifica al Hijo: «Él me glorificará».

Y el Hijo dice: «Lo que he oído de mi Padre, eso hablo en el mundo». El Espíritu, en cambio, recibe del Hijo: «Tomará de lo mío y os lo anunciará».

También el gran Basilio, en el tercer discurso sobre el Espíritu, afirma:

«En dignidad es segundo al Hijo, teniendo el ser desde Él; y recibiendo de Él nos anuncia, y la doctrina de la piedad transmite que sale absolutamente de aquella causa».

Pero también el gran Cirilo, en el sexto discurso a Hermias, dice cosas semejantes:

«¿Cómo, pues —dice—, dicen que aquel es santificado por el Espíritu, cuando él mismo manifiestamente dice acerca del Espíritu: “Porque tomará de lo mío y os lo anunciará”?»

Y esto lo dice el Señor no porque creyéramos que el Espíritu Santo existe por participación, puesto que Él mismo es absolutamente perfecto y sin necesidad alguna, según su propia naturaleza y existencia; sino significando más bien que procede de la sustancia de Dios y Padre, y que el Espíritu existe del Verbo mismo según su propia naturaleza, desde Él y manifestándose en Él.

Pero tampoco parece que Crisóstomo, en su comentario al Evangelio de Juan, refiera «tomará de lo mío» al Padre, cuando explica:

«Tomará de lo mío, es decir, dirá las cosas que yo dije; o bien: de lo mío, es decir, de aquello que yo conozco, y de mi conocimiento».

Y nuevamente:

«De lo mío, es decir, anunciará cosas conformes con las mías. Todo cuanto tiene el Padre es mío. Él mismo hablará de las cosas que son del Padre y hablará de las mías; anunciará las cosas futuras a vosotros».

Decir las cosas futuras es principalmente propio de Dios. Pues si Él aprende de otro, no tendría nada más que los profetas.

Verdaderamente, en este lugar este santo muestra una ciencia muy cuidadosa acerca de Dios. ¿Qué cosa podría decirse más conveniente que esta ciencia perfectísima, sino la sabiduría del Padre, que es Cristo, y de la cual recibe el Espíritu, como resulta evidente por el hecho de que no dijo como indigno: «y aprendiendo de otro», sino para mostrar que el Hijo es causa de Él, como también lo es el Padre?


CAPÍTULO XIX

Has escuchado, Focio, a estos hombres gloriosos, me refiero a Atanasio, Basilio y Cirilo: ellos disuelven tu argumento. Has escuchado cómo ellos afirman: «El Espíritu recibirá del Hijo y os lo anunciará»; y no guardaste inmediatamente silencio, obedeciendo a sus doctrinas mostradas por Dios, con las cuales ciertamente todo sabio concuerda y que confirma con la más elevada aprobación. No devuelves un buen reconocimiento a tus padres, a quienes proscribes para que aparezcan como testigos de la falsedad. Ciertamente, cuánto mejor y más conveniente para ti habría sido sentir y decir lo que aquellos varones célibes sintieron y escribieron, antes que deshonrar e injuriar a la Iglesia de Dios, mientras afirmas incluso que el santo símbolo intentó ser desaprobado mediante razonamientos adulterados y fáciles de conducir al engaño, con exceso de confianza.

Por eso también clamas, ¡oh maquinaciones de malicia!, que en vano profesa que el Espíritu Santo no procede solamente del Padre, sino también del Hijo. ¿Quién ha oído alguna vez, incluso de los más impíos, que brotara una voz semejante? ¿Qué serpiente perversa infundió tales cosas en sus corazones?

Pero además confiesas que santísimamente profesas que el Espíritu es del Padre y del Hijo, aunque aplicas a ambos solamente de palabra el término «sustancial», hablando de este modo: «Sabemos que el Espíritu es ciertamente consustancial al Padre, porque procede de Él; pero consustancial al Hijo no porque proceda de Él, ¡lejos de eso!, porque ni aquel procede de este por generación, sino porque la procesión procede igualmente de una única e indivisible causa antes de los siglos».

Pero a mí me parece que no se dice correctamente que «consustancial» se predique equívocamente de las tres personas. Pues de ello se siguen inconvenientes e imposibles, aunque sean muchos. En efecto, si el Espíritu es consustancial al Padre porque proceder de Él es algo sustancial al Espíritu, entonces, si Sócrates es consustancial a Platón porque es racional, sucede que lo racional existe sustancialmente en ambos; pero proceder no es algo sustancial ni al Padre ni al Hijo. Por tanto, el Hijo y el Espíritu no son de la misma naturaleza que el Padre.

Y si esto se mantiene como verdadero, no son un solo Dios, puesto que «consustancial» no se predica igualmente y unívocamente de las tres personas, cosa que también parece afirmar Focio cuando dice que «consustancial» lo atribuimos enteramente a ambos por las palabras y no por el significado; pero esto no es correcto.

Pues los términos sustanciales pertenecen a una misma sustancia y naturaleza. Y aquello que es de una misma sustancia y naturaleza recibe la misma razón de sustancia. Aquellos que son todos consustanciales reciben la misma razón de sustancia. De ahí resulta que «consustancial» se enuncia de todos los consustanciales de manera semejante y del mismo modo.

Ciertamente, así como la especie más particular se predica de sus individuos, así también Dios y sustancia se dicen de las tres personas. Y del mismo modo que todas las cosas que participan de una especie son consideradas de la misma naturaleza y consustanciales, así también el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son llamados igualmente de la misma naturaleza y consustanciales, según el nombre de sustancia, y no equívocamente.

Por tanto, del mismo modo en que se dice que el Espíritu es consustancial al Padre, del mismo modo es consustancial al Hijo. Y así como el Hijo es consustancial al Espíritu, así también el Espíritu lo es al Hijo y al Padre.

Pues no poseen diferencia alguna en cuanto a que son consustanciales. Por consiguiente, el Espíritu no es consustancial al Padre porque procede de Él.

Además: porque el Espíritu es consustancial al Padre, no difiere del Padre. Pero porque procede, difiere del Padre. Por tanto, porque procede, no es consustancial a Él.

Además: lo consustancial reúne la multiplicidad en uno; pues por la participación de la especie, como dice el filósofo, muchos hombres son un solo hombre. En efecto, aunque Sócrates y Alcibíades sean dos, al reducirse al concepto de hombre quedan comprendidos y se hacen uno según la especie. Y aquello común que reúne y une es la causa por la que todos los hombres son consustanciales entre sí; pero ningún hombre es llamado ser de otro hombre en cuanto que es hombre.

Además: aquello que se dice sustancialmente respecto de proceder, o respecto de alguna de aquellas cosas que se llaman propias, es incomparable e incomunicable. Pues no se separa de la naturaleza, ya que ninguna diversidad existe en las personas según la sustancia; pero la naturaleza de las propiedades solamente manifiesta alteridad dentro de la identidad de la sustancia.

Por esta razón, entre «consustancial» y «sustancial» no hay ningún cambio, ni según la expresión ni según el sentido.

Además: si la procesión es la sustancia del Espíritu, la naturaleza del Espíritu es procesiva. Si el Espíritu procede según la naturaleza, pero el Padre no, entonces el Padre y el Espíritu no son de la misma sustancia. Por tanto, el Espíritu no es consustancial al Padre porque procede de Él.

Además: tampoco parece verdadero decir que el Espíritu sea del Hijo porque la procesión procede igualmente de una única causa indivisible antes de los siglos. Pues se siguen inconvenientes también de quien afirma esto: a saber, que ambos se unen porque proceden de una única causa indivisible. No se muestran tantos, sino tales precisamente porque en la unión no interviene número.

Es imposible numerar aquellas cosas en las que nada difiere, pues solamente reciben número según la distancia; pero en cuanto el Espíritu es del Hijo, se muestra diferente de Él y como otra persona. Pues nada puede ser de sí mismo.

Por tanto, el Espíritu no es del Hijo ni consustancial a Él por el hecho de que la procesión proceda igualmente de una única causa indivisible antes de los siglos.

Además: no se dice que el Espíritu sea del Hijo como consustancial y como enviado por medio de Él, según muestra la descripción de Focio. Pues o bien existe eternamente del Hijo y eternamente es enviado por medio de Él, o bien el Espíritu pertenecía al Hijo antes de ser enviado por medio de Él.

Pero si antes de ser enviado el Espíritu era del Hijo, entonces, porque es enviado por medio de Él, existe de Él. Y nuevamente, si el Espíritu es enviado eternamente por medio del Hijo, o bien es enviado al Hijo juntamente con el Padre que lo envía, o bien es enviado por medio del Hijo como por un instrumento, del mismo modo que una flecha es enviada por medio de un arco.

Pero esto es imposible, porque una es la naturaleza de la causa y otra la del instrumento; el Hijo sería ajeno al Padre como el instrumento lo es al artífice.

Por tanto, el Hijo envía y posee absolutamente el Espíritu, del mismo modo que el Padre; y este Espíritu, ciertamente, no es consustancial en cuanto que es enviado. Pues aquello que no pertenece sustancialmente no puede ser sustancial.

¿Cómo, en efecto, sería posible trasladar el razonamiento desde las propiedades hacia las cualidades sustanciales, es decir, hacia diferencias sustanciales? Creo que no es correcto. Pues una propiedad no es lo mismo que una cualidad sustancial; por eso no puede trasladarse lo consustancial a la comunidad de las propiedades.

Por tanto, el Hijo de Dios es el dador del Espíritu y su emisor, como de su propia plenitud; pues su plenitud es el Espíritu Santo, como dice Juan: «Nosotros —dice— recibimos todos de su plenitud», es decir, de su Espíritu.

Pero si el Espíritu, en cuanto que es persona, no comunica con el Hijo, tampoco la plenitud del Hijo comunica con el Hijo.

Además, si el Espíritu no procede del Hijo, la plenitud del Hijo no procede del Hijo; lo cual es inconveniente. Por tanto, puesto que procede del Hijo, procede también de Él.

Quienes niegan esto parecen afirmar que Cristo no realizó milagros por su propia virtud mediante el Espíritu. Pero sabiendo que el Hijo posee todo lo que posee el Padre, excepto aquello que el Padre no es, añaden cosas adventicias.

Por tanto, el Hijo es causa del Espíritu y emisor de Él, como lo es el mismo Padre, de quien sale y procede; como atestigua Lucas diciendo: «Toda la multitud buscaba tocarlo, porque salía de Él una virtud y sanaba a todos».

¿Qué es esta virtud sino aquella de la que dije: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros»? Esta virtud tiene a Cristo como causa y fuente, del mismo modo que el Padre, porque sana, fortalece, hace sabios y concede infinitos beneficios.

También por medio de Mateo habla Cristo: «Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis; pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros».

Y nuevamente por medio de Lucas expresa: «Poned en vuestros corazones no pensar previamente cómo responderéis, pues yo os daré boca y sabiduría».

Marcos también afirma lo mismo diciendo: «Cuando os lleven para entregaros, no penséis anticipadamente ni meditéis qué hablaréis; pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo».

Sabemos ciertamente con indudable firmeza que las palabras de Cristo están llenas de verdad, y que quien hablaba en los apóstoles era Él mismo quien había dado y que era el Espíritu Santo.

De esto se concluye aquella verdadera afirmación: Cristo da y envía el Espíritu, de este modo: Cristo da al que hablaba en los apóstoles; y esta proposición es verdadera por el testimonio del mismo Salvador: «Yo os daré boca y sabiduría». Pero quien hablaba en los apóstoles era el Espíritu Santo, como el mismo Salvador atestigua.

Por tanto, Cristo da el Espíritu según sí mismo, como el Padre. Pues no dice: «El Padre dará por medio de mí», sino: «Como el Padre, yo daré».

Queda claro, pues, por lo dicho anteriormente, que así como el Hijo da el Espíritu, así también lo envía, siendo el Espíritu del Hijo y existiendo del Hijo.

Por tanto, ¿por qué no entiendes que el Espíritu es llamado del Hijo del mismo modo que se dice que es Espíritu de consejo, de fortaleza, de temor, de sabiduría, de adopción y simplemente de todos los beneficios, dones y gracias?

De ningún modo se llama Espíritu del Hijo en este sentido; ciertamente es Espíritu del Hijo cuando se considera igualmente e indistintamente Espíritu del Padre. Pero se llama Espíritu de los dones y gracias como dador y causa eficiente de ellos.

Él mismo, así como es llamado Espíritu de Dios, también es llamado Espíritu del Señor, pero no se invierte la afirmación.

Pues aunque Dios Padre sea llamado Espíritu según la palabra del Señor: «Dios es Espíritu»; también el Espíritu y el Hijo de Dios son llamados Espíritu según aquello: «El Espíritu ante vuestro rostro es Cristo Señor»; sin embargo, ni el Padre ni el Hijo son llamados Espíritu de Dios.

Así pues, como es común al Padre y al Hijo no ser Espíritu de alguien, así es propio que el Espíritu sea Espíritu de ambos.

Además: así como entre aquellos que nacen de Dios solamente el Verbo de Dios es declarado engendrado de su seno, así también entre los Espíritus de Dios solamente el Espíritu Santo se cree que procede de la boca del Hijo.

Pues «por la palabra del Señor fueron afirmados los cielos, y por el Espíritu de su boca», es decir, del Verbo, según el Apóstol, toda su virtud.

Por este Espíritu será destruido aquel inicuo Anticristo, porque «el Señor Jesús lo matará con el Espíritu de su boca y lo destruirá con el resplandor de su venida», como dice Pablo. Pues nadie debe atreverse a entender esto acerca del alma de Cristo; porque ella, en cuanto alma, ni mata ni destruye cosa alguna.

Queda, por tanto, que esto se atribuya únicamente al Espíritu Santo.

De donde es manifiesto que, así como el Hijo existe del Padre por nacimiento, así también el Espíritu existe del Padre y del Hijo por procesión.

Esto puede mostrarse nuevamente de este modo: el Espíritu de la boca de Cristo procede de Cristo, cuyo signo es la insuflación hecha en el rostro de los discípulos; es decir, el Espíritu de la boca de Cristo es el Espíritu Santo. Pues el Hijo de Dios tiene un solo Espíritu consustancialmente, no muchos.

Así pues, el Espíritu Santo procede de Cristo, el Hijo de Dios.

Pero quizá diga el adversario: la insuflación, la donación, la procesión o el envío del Espíritu a los apóstoles o profetas, realizado por Cristo, existe sin duda temporalmente.

Pero aquella consideración por la cual se contempla la existencia del Espíritu en sí misma no se entiende respecto de algo, sino respecto de aquel de quien procede. Pues esta es la que el griego entiende cuando afirma que el Espíritu procede solamente del Padre. Pero lo anteriormente dicho, siendo temporal y dirigido a los hombres, no es eterno: ni produce ambigüedad en el dogma, ni pertenece mucho al cisma divulgado.

Por eso, con los argumentos puestos anteriormente, parece que quien disputa en contra no queda obligado por la dificultad de esta objeción, aunque por lo dicho anteriormente por el gran Cirilo contra Nestorio, y por el hecho de que una relación de este tipo conviene más a las criaturas que al Creador, queda manifiesto.

Sin embargo, esto será explicado más convenientemente en lo que sigue, porque la extensión del presente volumen exige un final.

Ya, según creo, han sido resueltas casi todas las objeciones de los griegos: pues se ha demostrado de qué modo, procediendo el Espíritu del Padre y del Hijo, no procede de dos principios ni de dos causas.

Se ha mostrado cómo la causa, el principio y lo ingénito no son propiedades personales, puesto que el engendrador no emite el Espíritu por ser Padre, ni solamente por eso.

También se ha demostrado que ninguna propiedad es una persona, y cómo una propiedad cualquiera no pertenece solamente a una persona, pues una cosa es tener una propiedad y otra estar distinguido por una propiedad.

Igualmente se ha mostrado que, según ninguna de las causas de las que hablan los filósofos, el Padre o el Hijo son causa del Espíritu del modo indicado, ni que el Espíritu sea causativo de ambos, pues es el amor de ambos.

También se ha explicado que no aparece desigualdad alguna entre las personas por causa de las propiedades, existiendo el Espíritu igualmente de ambos.

Se ha aclarado también que el Espíritu y el Hijo y el Padre, y el Padre junto con el Espíritu, poseen mutuamente ciertas cosas de modo singular.

Y que el Padre es igualmente causa del Hijo, no por cuanto es Padre junto con el Hijo.

Se ha explicado que es perfecta la emisión del Espíritu por el Padre y perfecta la emisión del Espíritu por el Hijo, y que ninguna supera a la otra, siendo una misma y única.

También que el Hijo, siendo principio en la Trinidad, emite el Espíritu sin mediación, no según la naturaleza ni según la persona, sino según la razón de causa y principio; procediendo de ambos, y sin ser doble ni compuesto por proceder de dos, así como tampoco el Hijo queda compuesto por ser causa y causado.

El discurso también ha explicado que el primer hombre no fue semejante a Dios y al Padre según lo ingénito, y de cuántos modos se entiende lo ingénito.

Además, que el Espíritu es imagen del Hijo, estando el Padre como mediador; y que el Espíritu según el orden y la unidad se refiere a la naturaleza, pero no a la persona.

También que el Espíritu es Espíritu del Hijo, no como el entendimiento, ni como el consejo, ni como el temor, ni como la adopción de hijos, ni como alguna cosa semejante; mediante lo cual se mostró que Cristo, insuflando en el rostro de los discípulos, les dio el Espíritu.

Además, se hizo evidente por argumentos necesarios que lo dicho por Focio es inválido, y que el Espíritu es la plenitud del Hijo, procedente de Él, conforme al testimonio de los evangelistas.

Este Espíritu de la boca de Cristo es llamado así por autoridad de Pablo.

Por tanto, en adelante, con vuestro favor y exhortación (ánimo, hermano mío, queridísimo León), debe pasarse al género de tales demostraciones, de las cuales participa la sublimidad de este asunto; para que, después de trabajos prolongados bajo lámparas encendidas, y habiendo examinado muchos volúmenes de santos y filósofos, latinos y griegos, encuentre aquello que el tercer libro presente primero para vuestra diligencia y para la de otros a fin de ser leído.

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